La Antártica empieza aquí - Benjamín Labatut


Libro leído y reseña escrita en junio de 2026.


Llevaba tiempo esperándolo. Sí, llevaba tiempo esperando este libro. No me malinterpretéis; no tengo una bola de cristal que me ilumine acerca de los libros que se van a publicar en un futuro ni conozco a ningún topo editorial que pueda chivarme algo al respecto. Pero no sería la primera vez que Anagrama lo hace. No sería la primera vez que recupera libros publicados por sus autores antes de que estos formaran parte de su catálogo. A bote pronto se me ocurren, por ejemplo, Un incendio invisible de Sara Mesa, Amor fou y La lección de anatomía de Marta Sanz o No y yo de Delphine de Vigan. Llevaba tiempo esperándolo, sí, o, mejor dicho, llevaba tiempo deseándolo. La Antártica empieza aquí o Después de la luz, por favor, señores (y señoras) de Anagrama. Y hete aquí que mis deseos se hicieron realidad.

Me valía cualquiera de los dos títulos. Me flipa Labatut. También me deja siempre con la sensación de que es un embaucador. Así que ansiaba leer algo completamente diferente a lo que son Un verdor terrible y Maniac (como sospechaba que serían los cuentos de La Antártica empieza aquí) o al menos un germen más tosco y menos pulido que el leitmotiv de esos dos libros que tanto me fascinaron —y me siguen fascinando con su recuerdo— (como me da que será Después de la luz).

Me lié. Me confundí. De «colección de cuentos que contenía, en estado larvario, las obsesiones que iban a marcar su literatura posterior» califica Anagrama este libro que os traigo hoy, y, dado que ya no recordaba a que título correspondía cada una de las dos primeras obras del chileno, tomé La Antártica empieza aquí por Después de la luz. Así que empiezo a leer esperando encontrar algo muy Labatut. Así que empiezo a leer y lo que me encuentro, en cambio, es algo muy Bolaño. Y es que qué hay más Bolaño que la búsqueda infructuosa de un escritor del que apenas hay rastro vital ni literario. Qué más Bolaño que el irrisorio sufrimiento juvenil por la ampulosa idea de la literatura verdadera.

«Su autor, Sebastián Rodríguez, era periodista, y todo lo que escribía llevaba la marca de esa deformación profesional: el estilo era seco y directo; el tono, descriptivo y documental». Esto leo en Deseo, quinto de los relatos de La Antártica empieza aquí y en el que dos jóvenes que no se conocen de nada escriben la misma historia. No es, sin embargo, por esto por lo que lo menciono, sino por el tono periodístico de este libro. Es curioso, el joven Labatut —no sé si así el verdadero— reconvertido en protagonista y narrador del primer relato de título homónimo de este libro trabaja de periodista. Sí, es curioso, porque el caso es que por momentos la narración de este libro me ha parecido documental, como si fuera una crónica. Y no lo comento como algo negativo, para nada. Cierto es que leer al Labatut de La Antártica empieza aquí no ha sido para mí el flipe de leer al de Un verdor terrible o al de Maniac, pero no es menos cierto que me ha agarrado de la mano en cada uno de estos cuentos y, gustándome más o menos, no me ha soltado en ninguno de ellos hasta el final.

Labatut dedica este libro a Samir Nazal. Parece ser que fue un poeta chileno al que el autor de estos relatos admiraba. En La Antártica empieza aquí aparece de viejo librero como un brevísimo cameo literario. Si googleo su nombre, es poca la información que obtengo. La leo y más me parece una ficción que una historia real. Sigo sin despejar la nebulosa en torno a Samir Nazal, pero pienso que bien podría ser un escritor de culto cuyo rastro se siguiera en la ficción de algún joven escritor influenciado por Bolaño.

Karol Vasek. Tal es el nombre del poeta cuyo rastro sigue el alter ego de Labatut en el relato inaugural y homónimo de La Antártica empieza aquí. De él os debería haber hablado y no de Samir Nazal. De él o del coronel Pablo Riquelme. De él o de Fede, el chico deforme de los recados al que todos esquivan en la redacción.

El joven y ficticio Labatut visita a Riquelme en busca de información sobre Karol Vasek y se lleva unas carpetas. Un periodista visita al Alfredo en cama que cierra este libro, le dice que ya se habían visto con anterioridad y al marcharse le deja unos casetes que eran del tal Alfredo. Un cierre de círculo, no solo esta escena, sino el último relato en sí.

Alfredo fue músico de jazz. No es la primera vez que se hace alusión al jazz en este libro. Hay detalles y elementos recurrentes en varios de sus relatos: el fascismo y el nacismo, el sexo como vía de escape, cierta fricción entre chilenos y argentinos,... No es la única ocasión en que se hace referencia al jazz, pero sí que en este último cuento tiene cierto protagonismo. Y yo, qué le voy a hacer, me acuerdo de El perseguidor. Aunque el relato de Labatut no sea el de Cortázar. Aunque ningún cuento de ningún escritor sea ése de Cortázar. Aunque nada tenga que ver Alfredo en cama con El perseguidor. Bueno, tal vez sí tengan que ver.

«Las cosas suceden de golpe. De improviso, como en las películas, como en las obras de teatro. De eso estaba hablando Bebo. Del satori. De la iluminación. Del despertar instantáneo. El problema es que me tomó años comprenderlo. No lograba ver, no podía metérmelo en la cabeza, y solo ahora, que dicen que estoy loco, entiendo.
No sirve de mucho, eh. Lo juro. Ver la realidad tal como es no sirve de nada. Es casi lo mismo que estar loco. Pero más sutil. No es como si te apagaran las luces de un zuácate. Es como si te cambiaran la mano derecha por la izquierda, sin que te des cuenta. Te levantas y hay algo diferente. Algo raro está pasando. Pero no sabes bien qué. Y nadie te cree, por supuesto, aunque uno hace el intento, trata de explicarlo. La locura, les dices, es una jauría de perros invisibles que te sigue a todas partes; es un laberinto transparente sin Minotauro; es un agujero que te sostiene. Volverte loco, insistes, es como llegar de un viaje y encontrar tu casa vacía, la despensa saqueada y las camas deshechas, pero sin haber salido de viaje».

Por cierto que el tal Bebo es Bebo Valdés, que en el último relato hace un cameo más reconocible y algo menos breve que el de Samir Nazal en el primero. Ambos músicos coinciden guareciéndose de una tormenta de nieve en un hotel de Reikiavik. No me preguntéis por qué en mi mente ese hotel es tal y como me imaginé el de la novela de Peter Cameron Lo que pasa de noche. Ya siento estar interrumpiendo otra reseña más con mis desvaríos literarios mentales, pero, si bien al hablaros del relato La Antártica empieza aquí, me he resistido a mencionar a la gemela ficticia de Rosa Montero o a Hermanos de alma de David Diop (al que, por cierto, me llevó otro escritor influenciado por Bolaño como es Mohamed Mbougar Sarr), la imagen de ese hotel ha vuelto a mi mente de forma tan nítida que no he podido contenerme.

Hablábamos de iluminación. Hablábamos de locura. O de la locura como lucidez repentina y no como enfermedad.

En La cura de Ana, segundo de los seis cuentos contenidos en este libro, la enfermedad es la vida. Así es como lo he sentido. A Ana la internan en una especie de sanatorio. Todos los allí recluidos —así como el personal— padecen la misma afección cutánea que, desde que cumplió los dieciocho, sufre ella. Ana quiere «Escapar, escapar hacia adentro». Es como si quisiera anularse para no sufrir. Porque, como he dicho, la enfermedad es la vida, la enfermedad es sentir. Cuando tiene ocasión de volver a vivir, «Se dio vuelta y regresó al Centro, con el calzado en la mano. No tenía sentido volver al mundo. La jaula sigue al pájaro, pensó».

Creo que el protagonista de Países Bajos, relato que sigue a La cura de Ana, también quiere dejar de sentir. Creo que quiere desligarse de lo colectivo, de los grupos humanos y sociales como masa. Creo que vivir anestesiado es la única forma que ha encontrado de evitar el dolor que causa el aislamiento, la escisión. Creo que el arrastre hacia el rebaño y la euforia de volver a formar parte de la manada lo hacen volver a sentirse vivo. Creo que no sé cómo conciliar eso con el hecho de que ello supone la renuncia del yo (es decir, de él). Creo que la renuncia es una muerte chiquita y no sé cómo ese hombre va a poder escucharse a sí mismo entre tanto ruido. Creo que el final de este cuento es fantástico. Creo que es el cuento que más me ha gustado de este libro. Creo que está en pugna con el primero. Creo que quizás también con el último. Creo que no sé si el último me hubiera gustado tanto de no suponer una vuelta al inicio del libro. 

En ese último cuento un periodista regresa a visitar a Alfredo. Vuelve y me cuenta los cuentos de Labatut. «Me habló de un niño deforme al que tenía que rescatar de las manos de un falso profeta, de un viaje a la Antártica y de militares chilenos que jugaban a ser ocultistas pero que en realidad traficaban obras de arte robadas por los nazis; me habló de una montaña sumergida debajo de Chile, una cordillera que crecía hacia el centro del planeta y que podía acabar con la humanidad; me habló de una mujer con piel de cocodrilo y de un santo chileno –el primer santo hermafrodita– que hacía milagros de los que nadie se enteraba porque iban a ocurrir en el futuro, el día antes de que Cristo volviera al mundo. Después me mostró la mano y vi que le faltaban dedos. Le dije que se quedara un ratito, que nos tomáramos una cerveza, pero sabía que íbamos en direcciones opuestas: a él lo tironeaba el porvenir y a mí me comía el pasado». Me comían las ganas de volver a lo leído, de seguir, sabedora de que ha habido más dedos mutilados en estos relatos, las pistas en pos de falanges cortadas, como si fuera a resolver algo, como si, vieja perra lectora como soy, no supiera que un libro circular no es un libro cerrado, como si, tal y como le advirtió Riquelme al joven periodista del primer relato, «Lo que hay que evitar si uno quiere ser libre, [...], es la repetición. El movimiento es la única certeza que tenemos. Porque todo se mueve, segundo a segundo, todo está vibrando. ¡Ni las piedras están quietas!» Como si no entendiera perfectamente eso que leo en Club de campo de que «Me duele el paso del tiempo» o aquello otro en Deseo de que «El tiempo es el asesino». Como si no supiera que no se pueden asir los dedos fantasmas ni intuyera el reencuentro con el fantasma de esta lectura en el porvenir de otras futuras. Como si la lectura no fuera tiempo detenido en el que pasado, presente y futuro es uno. Como si no fuera espera, deseo. Como si no fuera a seguir esperando (deseando), Labatut, otro próximo libro tuyo. Como si no me diera igual que este me llegue del pasado o del porvenir.

Os dejo un fragmento de Países Bajos como regalo:

«Una vez al mes, Constantino tomaba un tren desde la estación de Mariahoeve hasta la provincia de Zeeland para visitar la barrera de Oosterschelde, una gigantesca barricada antitempestades que se extiende entre las islas de Schouwen-Duiveland y NoordBeveland. Formada por sesenta y seis pilares de cincuenta metros de alto y dieciocho mil toneladas de peso cada uno, es la pieza central del Plan Delta, la mayor obra de ingeniería hidráulica realizada por la humanidad. Su propósito es resguardar el tercio de Holanda que se encuentra por debajo del nivel del mar, y comprende una red de diques, muros, canales y compuertas que atraviesan cientos de kilómetros y crean una frontera artificial que defiende al país de las olas del mar del Norte.
De pie sobre la carretera que corre por encima de los pilares, Constantino enfocaba la vista en el horizonte e imaginaba futuras tormentas. Porque la barrera no sería eterna: la habían diseñado para resistir diez mil años. Cien siglos. Diez milenos. Sobre su cama, como si se tratara de una oración, Constantino había enmarcado una fotografía de la inscripción tallada en la placa de bronce que se encuentra en uno de los extremos de la gran muralla, sobre la isla artificial de Neeltje-Jans: HIER GAAN OVER HET TIJ, DE WIND, DE MAAN EN WIJ.
Aquí la marea la rige el viento, la luna y nosotros.

Muy de vez en cuando, Constantino pensaba en Chile. No recordaba nada en particular. Ni las calles del puerto ni las caras de sus amigos, ni siquiera a sus viejos compañeros del Wanderers. Todo se le había mezclado en la memoria, como una capa de polvo que cae sobre otra. Extrañar, pensaba, era lo correcto, lo que haría cualquiera, pero al imaginar su país lo único que se le venía a la cabeza era la cordillera. La cordillera de los Andes como un enorme guardián de piedra. Como el muro de una cárcel. La cordillera atravesando el alma de Chile como una espada. Se sentía incapaz de volver. Tampoco le encontraba sentido. La única persona con la que mantenía algún contacto era la hermana de su madre, quien lo había cuidado desde niño. A ella le enviaba largas cartas sin remitente en las que hablaba de los canales holandeses, de las ardillas matonas en los árboles y de los perros que llenaban las calles con mierda. Le describía sus dulces favoritos (negros, largos, amargos y enroscados como gusanos de tierra) y se quejaba de la absoluta ausencia de montañas. No hay un solo cerro en este país, le decía. Ni una colina ni una loma ni un montículo. ¡Qué hablar de una cordillera! Holanda es un hoyo inmenso, un lugar sin límites ni horizonte. Por mucho que lo intentara, Constantino era incapaz de orientarse en la planicie neerlandesa. Y esa sensación de estar perpetuamente perdido lo obligaba a realizar siempre la misma caminata, un circuito que comenzaba en su casa y que estaba delimitado por el parque en el que veía a las señoras, el supermercado donde hacía sus compras y las líneas del tren. Más allá de esos límites, la realidad se le escapaba por todos lados. En sus cartas, Constantino se quejaba del idioma, del racismo apenas disimulado de los holandeses y de la soledad que le crecía encima como si fuese una segunda piel. Si no trabajaba por las noches apenas dormía y si lograba conciliar el sueño tenía pesadillas. En la más común de ellas, el suelo cedía bajo sus pies y una ola enorme rompía las represas e inundaba el país para recuperar lo que el hombre le había arrebatado al océano, sepultando los molinos, los tulipanes, las vacas, los museos, los parques y millones de millones de bicicletas. Lo único que sobrevivía al cataclismo eran los canales, que seguían allí, corriendo por debajo de las olas, pero sin llegar a ninguna parte».





Ficha del libro:
Título: La Antártica empieza aquí
Autor: Benjamín Labatut
Editorial: Anagrama
Año de publicación: 2026 (2010)
Nº de páginas: 168
ISBN: 978-84-339-4920-2
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