Un detalle menor - Adanía Shibli


Novela leída y reseña escrita en abril de 2026.


A veces pienso que es un perro fantasma. Han debido de transcurrir al menos cincuenta años entre la primera parte de esta novela y la segunda, probablemente más. Un perro no puede vivir tanto, me digo. Pero quién me dice a mí que se trata del mismo perro. Ha de ser así cuando su aullido me persigue a través de las páginas de este libro, pienso. O es que todos los perros y todos los aullidos se parecen. O es que todos los perros y todos los aullidos son el mismo perro y el mismo aullido. Un aullido que no es lamento. Un aullido que es insistente, que es perseverante. Es alerta, es reclamo, es aviso, increpación. Sopla como el viento a través del desierto. Trae las voces de los sepultados, el testimonio de los inaudibles. Un desierto puede ser un espacio estéril o puede ser una cacofonía subterránea, eso me lo enseñó Valeria Luiselli en Desierto Sonoro. Un desierto puede ser un viaje en el que buscarse y perderse, eso me lo mostró Roberto Bolaño. Tal vez eso me haya intentado decir el perro. Que no hay nada que encontrar. Que no hay respuesta. Que la respuesta es la que es. Que para qué me quiero encontrar de cara (o de espalda) con ella. A ver si va a resultar que son dos perros, pues uno se dirige a un hombre y el otro a una mujer. Entonces por qué su aullido me persigue. Qué es lo que me quiere decir A MÍ.

«Pero una madrugada, a eso del alba, me despertó el ladrido de un perro, con el que competía el aullido de un viento furioso. A toda prisa fui cerrando las ventanas, hasta que llegué a la mayor, a través de la cual se hizo aún más patente lo arrasador del viento, que se agarraba a los arbustos y a los árboles, sin rumbo fijo, forzando a inclinarse en todas direcciones a las ramas, que se retorcían temblorosas, ahora hacia delante, ahora hacia atrás, a punto siempre de desgarrarse por efecto de los golpes brutales de las tornadizas rachas. Y es que las plantas, dicho en pocas palabras, no resisten. Sencillamente se rinden ante la realidad de que son delicadas, de que el viento puede hacer con ellas lo que le venga en gana: traspasarlas, jugar con ellas y con sus hojas, abrirse camino entre sus ramas, y asimismo traer consigo el ladrido de un perro alborotado para hacerlo llegar a todas partes».

La mujer es como una planta. Se rinde ante la realidad de que se puede hacer con ella lo que se venga en gana. No me refiero a la mujer de la segunda parte, esa a la que aúlla el viento. No, esta de la que ahora hablo aparece en la primera. No sé si su rendición es una decisión voluntaria, siquiera consciente. No tengo acceso a sus pensamientos ni sentimientos; tan solo puedo imaginarlos. Pero no soy tan ingenua como para pensar que acaso tenía otra opción.

Escucho su voz tan solo una vez. Sale de un cobertizo. «[...] venía llorando y farfullando unas palabras entrecortadas e incomprensibles, que se confundían con los continuos ladridos del perro. Y en ese momento, después del crepúsculo, muy poco antes de que cayera la noche por completo, en cuanto ella comenzó a articular palabras en un idioma distinto, volvió a ser ajena a ellos, por más que su aspecto se pareciese tanto al de los soldados del campamento».

Ellos son los soldados. La habían vestido con la camisa y los pantalones cortos de uno de ellos. Le habían cortado el cabello. Pero el espejismo de fraternidad se desvanece en cuanto un sonido gutural tan indescifrable como el aullido de un perro salvaje cruza el viento.

El campamento está en el desierto del Néguev. Es 1948. Se encuentran ahí porque están llamados «a desempeñar un papel fundamental en el dominio sobre la zona y el establecimiento de una nueva frontera con Egipto, que había de resultar invulnerable a cualquier intento de intrusión. Ellos eran el primer y único destacamento que llegaba hasta aquel punto extremo del sur desde que se anunció la tregua, y a ellos se les había confiado la total responsabilidad de mantenerlo seguro». «Porque el sur sigue en peligro, y a nosotros nos corresponde hacer cuanto podamos por mostrar nuestra firmeza y nuestro aguante; pues, de no ser así, lo perderemos. No podemos flaquear ni un instante en nuestro deber de consagrar fuerza y celo a la construcción de este flanco de nuestro naciente Estado, a su defensa, a su conservación para las futuras generaciones. Y esto nos exige que seamos nosotros quienes salgamos en busca del enemigo en lugar de quedarnos quietos a la espera de que aparezca. Como alguien dijo, empieza tú matando a quien tiene intención de matarte».

Así es como los arenga el comandante. Se trata, pues, de un punto de control.

Un punto de control. Un comandante. Imposible no acordarme de Punto de control, de David Albahari. Pero este comandante es diferente.

Lo conozco en cuanto comienza la primera parte. Son sus pasos los que sigo. Son sus acciones las que me hace conocer la tercera persona de la narración de esta casi mitad de esta novela. Es a él a quien parecen increpar los aullidos del perro.

Hace un calor sofocante en el Néguev. El sol es un astro todopoderoso e inclemente. No hay tregua. No hay descanso. Tan solo un ligero alivio al atardecer. 

Conozco ese ambiente opresivo. Ghassan Kanafani me lo hizo padecer en Una trilogía palestina. Adanía Shibli me vuelve a sumergir en el mismo agobio, no por su prosa, sino por su lograda ambientación.

Pero ni siquiera el ligero alivio nocturno deja dormir al comandante la primera noche en el campamento. Lo despierta una sensación de cosquilleo en una pierna. Algún insecto o araña, algún pequeño invertebrado se desliza sibilinamente por ella. 

Y por qué sibilinamente. Qué saben los pequeños habitantes del desierto de tiendas y cobertizos pertrechados donde antes había vía libre al paso.

El comandante hace un ademán. Es un gesto impulsivo, quizás defensivo. Pero llega tarde. Algo se le ha inoculado bajo la piel. Algún tipo de ponzoña infecciosa y putrefacta. Su actitud se va tornando febril. Su delirio no sé si es consecuencia del extremo calor o de la picadura. Se aplica a la búsqueda y aniquilación de los insectos de su cobertizo con el mismo ahínco con el que busca intrusos tras las dunas del desierto. Lo suyo es un afán por desprenderse de lo que molesta como quien aplasta de un manotazo a un insecto o ahuyenta de un puntapié a un perro.

Es una araña. Estoy segura de que es una araña lo que le ha picado. Lo sé porque la mujer también tiene una. No una picadura, sino una araña. No la mujer de la primera parte, sino la de la segunda, esa a la que también van a perseguir los ladridos del perro. Y sé que lo suyo es una araña porque es ella misma quien me lo cuenta, porque por esta segunda parte es su voz quien me lleva. La segunda parte de Un detalle menor es la voz de esa mujer en busca de la voz de la mujer de la primera parte.

«En pocas palabras, de nada sirve que me sienta responsable de ella; es una figurante, y como tal quedará, sin que nadie llegue a oír su voz. Y habrá que decirlo una vez más: hay, en el tiempo presente, una medida de sufrimiento insoportable para el ser humano que lo afronta, de modo que no es preciso esforzarse por buscar más aún en el pasado. Sin embargo, apenas se extiende la oscuridad por los rincones de la casa, vuelven a asaltarme los aullidos del perro, que no me permiten pegar ojo hasta altas horas de la madrugada, cuando por fin me quedo dormida».

«El hecho tuvo lugar cierta mañana, que vendría a coincidir, transcurrido un cuarto de siglo con exactitud, con la mañana de mi nacimiento». Ese es el detalle menor que, entre el sufrimiento insoportable del tiempo presente, se abre paso desde el pasado hasta la mujer: lo acontecido en la primera parte de esta novela ocurrió exactamente veinticinco años antes de su nacimiento. Ese detalle, menor por anecdótico y narcisista, es lo que la pone en marcha hacia un viaje cuya crónica es el road-book (si no existe el término, como ya he comentado en otra reseña, lo acuño yo) que es la segunda parte de esta novela.

«El coche sigue atravesando el paisaje a gran velocidad, por una carretera que es casi completamente recta. Pero yo no dejo de mirar el mapa israelí, que llevo extendido sobre el asiento del copiloto. Temo perderme en este escenario que me hace sentir ajena después de tan larga ausencia, con todos los cambios que ha sufrido y la confirmación, una y otra vez repetida, de que nada palestino queda en él. Ni en los nombres de las ciudades y pueblos que aparecen escritos en las señales, ni en las vallas publicitarias, donde todos los mensajes están en hebreo, ni en los edificios de reciente construcción, ni en las mismas extensiones inabarcables de tierras de labranza, que ponen límite al horizonte tanto a mi derecha como a mi izquierda».

No viaja sola. La acompaña la araña que vive agazapada en ella y que de tanto en tanto la atenaza con sus quelíceros y la oprime con sus patas. Su araña se llama miedo. Miedo a ser descubierta. Miedo a no pasar el próximo punto de control. Su araña es una vieja conocida.

«A propósito, espero sinceramente no haber sido causa de enojo al recordar la anécdota del soldado y el punto de control, o cuando, al hablar, dejo ver sin ambages que aquí vivimos bajo una ocupación». Así, casi con desenfado y despreocupación, se expresa la mujer al poco del comienzo de esa segunda parte. Y así nos muestra Adanía Shibli en ella la cotidianeidad de la ocupación, dos palabras —cotidianeidad y ocupación— que nunca deberían ser juntadas en un mismo sintagma.

Diría que la prosa de Adanía Shibli parece no tener nada de especial. Diría que ni las acciones del hombre de la primera parte de su novela ni los pensamientos de la mujer de la segunda me dicen mucho en un primer momento. Sin embargo, cuando me quiero dar cuenta, estoy entregada a la narración. Ya no leo solo por responsabilidad hacia esa otra mujer sin voz —sí, leer puede ser un ejercicio de responsabilidad—. Leo porque aunque, el sudor impregna mi piel, mi boca seca masculla arena y llevo una araña dentro, las plantas quemadas de mis pies caminan hipnóticas por un desierto azotado por un viento que trae aullidos de perro. Leo y llego al final de esta novela, que me deja como me deja.

Poco antes de ese final, otra mujer.

Es una anciana. Es silencio. Su aparición es muy breve. Su camino y el de la mujer de la segunda parte se cruzan momentáneamente. No sé qué le pesa más a la mujer de la segunda parte, si la presencia o la posterior ausencia de la anciana. Quizás sea otro fantasma, algo así como la chica de la curva (me río sola mientras escribo esto. Cosas de la araña-parásita, que a veces suelta y hace cosquillas —sí, la risa puede ser un acto de supervivencia—). Los fantasmas es lo que tienen, que cuanta más ausencia representan más presentes se vuelven. Quizás ella sabe interpretar el aullido del perro.

En un muro semiderruido del campamento de la primera parte puede leerse: «No es el cañón el que vence, sino el ser humano». Es como un lema para el destacamento y sigue ahí incólume cuando la mujer de la segunda parte visita el lugar. No puedo evitar desear cada vez que leo esa frase en esta novela que venza ya por fin y de una vez el ser humano para al instante caer una y otra vez en que es precisamente el ser humano quien crea, arma y dispara el cañón. Es el ser humano quien deja la tierra desierta de vida y poblada de fantasmas. Quien hace caso omiso de un aullido que no, claro que ya no, es lamento, sino impotencia. Como si el desgarro del dolor no se expresara igual en todas las lenguas.





Ficha del libro:

Título: Un detalle menor
Autora: Adanía Shibli
Traductor: Salvador Peña Martín
Editorial: Hoja de Lata
Año de publicación: 2019 (2017)
Nº de páginas: 160
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