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Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta - José Luis Ferris

Siempre he pensado que los poetas miran el mundo con ojos de niño. Mi primer conocimiento de Miguel Hernández, sin embargo, no fue como poeta ni como niño; ni siquiera como hombre. Conocí al de Orihuela como padre. No recuerdo cómo o cuándo —pues hace ya mucho tiempo de ello— llegó por primera vez a mí su Nanas de la cebolla . Ese poema dedicado a su hijo nunca ha dejado de conmoverme por más veces que lo haya leído. Y es que a ver quién —más conociendo cual era la condición de Hernández en el momento en que lo escribió— puede leer lo siguiente y no inmutarse: «Tu risa me hace libre, / me pone alas. / Soledades me quita, / cárcel me arranca. / Boca que vuela, / corazón que en tus labios / relampaguea». Sí recuerdo en qué momento llegó a mis manos este libro que os traigo hoy. Fue en la pasada Feria del Libro de Gijón. Ahí me crucé con ese alambre de espino cruzando ese rostro y esa mirada. Nunca me había propuesto indagar en la biografía de Miguel Hernández más allá de lo poco que sabí

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