Como si existiese el perdón y Quebrada - Mariana Travacio
Novelas leídas en mayo de 2026. Reseña escrita en junio de ese mismo año.
No sé quién me habla. No sé quién me cuenta. Lo iré descubriendo de a poco. Supongo que está bien así. Una no llega a la vida sabiendo, así que debería llegar a los libros igual de desubicada. Pero no ando perdida en Como si existiese el perdón. Tampoco lo estoy en Quebrada. La prosa de ambas novelas me lleva. Sus diferentes voces no me dejan desviarme. Y eso que leo y voy hacia adelante y atrás. Porque eso somos: hijos del pretérito. Nuestro presente lo escribe el pasado. Nuestro futuro lo trunca el presente. Y cuando empiezo a saber quién me empieza a contar esta historia es precisamente cuando empiezo a saber algo de su pasado y presente, a intuir —siguiendo la máxima de que lo que mal empieza, mal acaba— un futuro aciago. Ya no me preguntaré más por quién me sigue contando la historia en una u otra novela. Una historia que es una confluencia de historias y un discurrir por efecto dominó.
De Mariana Travacio ya sabía. De Mariana Travacio recuerdo mucho y recuerdo bien. Con Mariana Travacio no tengo dudas. A Mariana Travacio la quería volver a leer.
Dice de ella la editorial las afueras en la sinopsis de Quebrada que «la escritora argentina vuelve a sumergirnos en un mundo ancestral para entregarnos una novela de aire clásico, violenta y poética a un mismo tiempo, en la que nada falta y nada sobra». Y aquí sí he dudado. No sabía si terminar la cita tras la palabra tiempo o seguirla hasta el final. Porque si bien es verdad que no se me ocurre mejor manera para hablaros de estas dos novelas que hacer referencia a un mundo ancestral y violento con mimbres de historia clásica narrada con sencilla y sentida poeticidad; si bien es verdad que, probablemente, nada les sobre a estas dos novelas, a mí, personalmente, me ha faltado algo. Me ha faltado algo de la Mariana Travacio que me deslumbró, convenció rotundamente y me puso a sus pies con Me verás caer. La Mariana Travacio de Como si existiese el perdón y de Quebrada me ha gustado, me ha dejado buen sabor de boca, pero no me ha parecido tan magnífica.
«Esa noche comimos con culpa. Nunca me había pasado. Comer con culpa es comer sin hambre, por pura necesidad, y masticar lento, con rabia, y tragar pensando que hay otros que ya no tragan, ni sienten hambre, aunque estén ahí, al lado del arroyo». Como si existiese el perdón
«El Tala siempre tenía cajones a medio terminar, por si acaso alguno se moría. Y siempre nos decía que los cajones nunca se hacen de a uno: que cuando alguien muere siempre arrastra a otro. Eso lo había aprendido en la selva. Dice que allá nunca morían de a uno: que si uno moría, enseguida salían otros dos a acompañarlo en el viaje. Por eso él siempre hacía los cajones de a tres». Quebrada
Y, sin embargo, en ambas novelas también hay inocencia, hay delicadeza, hay lo pequeñito, hay silencios elocuentes. Sus personajes son primigenios, seres que bajo su tosquedad guardan la desnudez de las emociones más elementales.
«Desde ese incendio, Anselmo me oficia de padre. Es que a Anselmo se le fueron los hijos y le debe haber quedado ese hueco. Así armamos las familias acá. Con lo que tenemos a mano». Quebrada
En la sinopsis de Como si existiese el perdón se evoca a Juan Rulfo para hablar del mundo creado por Mariana Travacio. No he leído al mexicano, así que no puedo opinar de lo acertado de la comparación. Sí puedo decir que, leyendo Quebrada, a ratitos me he acordado de La marca del agua de Montserrat Iglesias (será por lo de no abandonar a los muertos y por emprender camino (en este caso hacia el agua)). Que también me he acordado del universo propio de Jon Bilbao iniciado con Basilisco, aunque especialmente de Araña (será por la locura, será por la casa (no a la que quiero volver, sino la otra)).
Un breve capítulo de Como si existiese el perdón para terminar:
«Una noche me animé. Estábamos sentados en el patio. Ya habíamos cenado y Luisa se había ido a dormir. Solíamos acostarnos temprano, pero esa noche el sueño venía demorado. Quizás la cercanía del viaje nos mantuviera la cabeza entretenida. Y así estábamos, esperando a que llegara el sueño, cuando me animé a preguntarle si conocía el nombre del Loprete que había ayudado a matar a mi padre. Luis, me dijo. Así le contó el peón al viejo Antonio: que se llamaba Luis. Y que era el mayor.Me quedé con ese nombre dando vueltas en la cama, toda la noche, preguntándome si estaría vivo, y si lo encontraríamos en esos campos de agua. Tenía mucha curiosidad por esas tierras. Se me había dado por dibujarlas, en un cuaderno. A veces las dibujaba enormes, llenas de pastos, rodeadas de colinas, donde se perdían las cabras, y algunos caballos, allá lejos, sobre el monte. Otras veces dibujaba las caballerizas, y a los peones limpiándolas. A los peones los dibujaba parecidos a mí, porque así pensaba que sería mi padre, parecido a mí. O dibujaba una casa como la de Miranda, porque no conocía otra más grande, y lo dibujaba a Loprete padre, y ocho Lopretes más, todos iguales, altos y flacos, de pie, con su sombrero, al lado de la casa, esperándonos. Y dibujaba los sepulcros de mi padre y de mi madre, uno al lado del otro, al pie de un cerro, cubiertos de pastos, y de una lluvia finita, para que los rodeara el olor de la tierra mojada.A la hermana del Tano le gustaba ver mi cuaderno. Me preguntaba dónde había aprendido a dibujar así. Yo le decía que había aprendido acá, en el pueblo suyo, por la pura necesidad de tocar esas tierras, de tocar a esos hermanos, de volverlos concretos aunque fuera en el papel. Me pedía siempre que la dibujara a ella. Pero yo le explicaba que no. No, Luisa, no puedo dibujarte. Solo dibujo el rencor».
Ficha de los libros:
Título: Como si existiese el perdón / Quebrada
Autora: Mariana Travacio
Editorial: las afueras
Año de publicación: 2020 (2016) / 2022
Nº de páginas: 144 / 166
ISBN: 978-84-121457-0-0 / 978-84-124081-8-8
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