Memorias de abajo - Leonora Carrington


Libro leído entre enero y febrero de 2026. Reseña escrita en febrero de 2026.


Es cierto que recuerda a Unica Zürn. Me he acordado a menudo de la artista alemana leyendo a la pintora británica. Hay situaciones y detalles en Memorias de abajo —estos últimos nimios y casuales— que son guiños constantes a El hombre del jazmín y también a La casa de las enfermedades. Los ojos; esa sensación de superpoder, de hipersensibilidad e hiperrecepción y a la vez de alerta, de angustia, de confusión y duda acerca del propio discernimiento; el dibujo-plano del conjunto arquitectónico prisión. No es menos cierto que también han acudido a mi mente lecturas como El descenso de Anna Kavan (por el pabellón reservado a las enfermas más graves) o Las caras de Tove Ditlevsen (por la relación de la protagonista de esta novela con el personal del hospital en el que la ingresan). Es algo normal, supongo, pues todas ellas pertenecen a una misma miríada de autoras que para mí se hermanan. Miríada. No sé por qué se me ha ocurrido esa palabra. Alude a una cantidad ingente y, en realidad, aun siendo más de las aquí nombradas, no son tantas esas para mí hermanas en la lucidez y la locura, en la creatividad y el dolor. Pero miríada también remite a un número indefinido, e intuyo —sé— que hay más, que aún me quedan más guías (en la doble acepción del término) por descubrir, que son más las estrellas que iluminan la noche oscura y que pertenecen a esa constelación de escritoras tan queridas para mí que las que ahora mismo conozco.

En cualquier caso, es de Unica Zürn de quien más me he acordado en este primer encuentro literario con Leonora Carrington. A ver, no es que lo haya hecho todo el tiempo, pues autora y libro protagonistas de esta reseña tienen suficiente entidad propia para así serlo, pero sí que ha sido una bendición hacerlo. No es fácil transitar por terrenos tan inhóspitos por desconocidos; no sólo por desconocidos sino también por parecer de otro mundo (me acuerdo ahora de Rosa Montero explicando en El peligro de estar cuerda que estar loco es sentirse como un alienígena ajeno a la especie humana), un mundo en el que, afortunadamente, nunca he estado y espero no visitar jamás. Así que el esfuerzo inicial realizado en la lectura de alguno de los textos de Unica Zürn me ha facilitado una más cómoda inmersión en el desequilibrio mental de Leonora Carrington. Amén de que, de algún modo, fue Zürn quien me llevó a Carrington. Creo que fue en una nota a pie de página de El hombre del jazmín escrita por su traductora donde leí que esa obra le había recordado a Memorias de abajo. Creía que había sido así. Lo hubiera jurado hasta hace un rato, cuando he cogido mi ejemplar del libro de la alemana en busca de la nota de marras sin conseguir encontrarla. Así que tal vez lo leyera en otra parte. No importa. Lo importante es que alguien se acordó de Memorias de abajo al leer El hombre del jazmín. Lo importante es que yo supe de esa conexión, rescaté este librito de Leonora Carrington de un lugar muy hondo de mi lista de pendientes y, poco más de un año después, lo leí.

Leonora es joven en este libro. También es pareja de Max Ernst cuando, en 1939, en el contexto de —en palabras de la escritora Elena Poniatowska en el prólogo a Memorias de abajo«una Europa cruel y enloquecida», este es arrestado. El suceso desequilibra profundamente a la artista. Debido al avance nazi, se traslada con unos amigos desde Francia a España. «Me adoraba a mí misma porque me veía completa: yo era todas las cosas, y todas las cosas eran en mí», escribe sobre sus primeros momentos en Madrid, si bien también alude de manera recurrente a la sensación de agarrotamiento que continuamente la asaltaba. Sin embargo, «En Madrid, aún no había conocido el sufrimiento «en su esencia»: vagaba por lo desconocido con el abandono y el valor de la ignorancia».

Me gustaría pensar que el doctor Mariano Morales también vagaba por lo desconocido de la mente de sus pacientes con el abandono y el valor de la ignorancia. Que fue la ignorancia de la psiquiatría de la época la causante de tanto dolor. Que nada tuvo que ver en ello la España de un recién estrenado franquismo ni la represión ejercida en los seres libres que vivían contracorriente. No lo sé muy bien. Sigo hurtando tiempo a esas investigaciones extraliterarias de amateur que tantas veces contextualizan y retroalimentan mis lecturas. En todo caso Memorias de abajo no es la historia de Mariano Morales ni de su clínica. Es la historia de un trocito de la vida de Leonora Carrigton. Un trocito que la hirió profundamente y que me imagino debió de escocerle de por vida.

De Madrid la autora surrealista es llevada a Santander y allí, por mediación de sus padres, la ingresan en la clínica del doctor Morales, donde, actualmente, a falta del sanatorio, hay un parque con el nombre del psiquiatra. Tal vez llevar es un verbo con una connotación demasiado suave para hacer justicia a la situación. Tal vez debería haber optado por secuestrar. Es más acorde para describir el traslado de alguien cuando no se da por su propia voluntad, cuando ni siquiera sabe a dónde y con qué finalidad. Puede parecer un término demasiado violento para el caso, pero la violencia se manifiesta más a menudo de lo deseado de manera sibilina. No niego que Leonora Carrington no necesitara ayuda. No estoy diciendo que no precisara de atención médica especializada. No dudo de que no estuviera en condiciones de decidir qué era mejor para ella ni que no estuviera sedienta de alivio. Pero nada de esto encontró allí. En su lugar, fue tratada con varias inyecciones de Cardiazol, un fármaco que provoca convulsiones, algo así como un episodio epiléptico. Fue utilizado en la primera mitad del siglo XX como terapia de choque en pacientes esquizofrénicos, como si de una especie de electroshock químico se tratase.

Memorias de abajo es un libro muy breve. Leonora Carrington lo escribió muy pocos años después de su estancia en la clínica del doctor Morales. Huyó de ella —y aquí no dudo en que verbo utilizar, pues se trató claramente de una huida— y emprendió una nueva vida en México. «Le pedí que dejara en paz mi cerebro, reivindiqué la libertad de mi mente», releo al volver sobre mis subrayados en este libro para escribir esta reseña, y no se me ocurre mejor epitafio para dar sepultura a su estancia en un país en el que «No sé cuánto tiempo permanecí atada y desnuda. Yací varios días y noches sobre mis propios excrementos, orina y sudor, torturada por los mosquitos, cuyas picaduras me dejaron un cuerpo horrible: creí que eran los espíritus de todos los españoles aplastados, que me echaban en cara mi internamiento, mi falta de inteligencia y mi sumisión. La magnitud de mi remordimiento hacía soportables sus ataques. No me molestaba demasiado la suciedad».

Las escasas páginas de estas memorias del descenso a la inhumanidad narran la llegada de Leonora Carrington a España y su estancia en el sanatorio de Santander. La narración de la brutal experiencia no me ha ahorrado los delirios y la confusión que asolaban a la artista. Su lectura ha sido para mí una negra pincelada rica en matices de la obra que fue la vida de la autora. Ha sido un aperitivo al que espero que sea una salpimentada y deliciosa degustación. Quedo con ganas de conocer su infancia y la relación con esos padres que «intentaban todavía tirar de mí», «esa succión de la voluntad de ellos»; de saber de sus años en Londres y París previos a su paso por España; de disfrutar de sus muchos y profusos años mexicanos. Rescato para ello de mi lista de pendientes Leonora, de Elena Poniatowska, y añado la recién descubierta Leonora Carrington, una vida surrealista, de su pariente lejana Joanna Moorhead. Convocados quedan para un futuro lector incierto en el que espero descubrir los tiempos más felices de la pintora. Con los más oscuros despido esta reseña.

«Una nueva época empezó con el día más negro y terrible de mi vida. ¿Cómo puedo hablar ahora de esto, cuando me da miedo solo pensarlo? Siento una angustia terrible, aunque no puedo seguir viviendo sola con ese recuerdo… Sé que una vez lo haya escrito me liberaré. Pero ¿podré expresar con meras palabras el horror de aquel día?
A la mañana siguiente, entró un desconocido en mi habitación. Llevaba en la mano un maletín de médico, de piel negra. Me dijo que había venido a sacarme sangre para un análisis y que debía ayudarle don Luis. Yo le contesté que estaba dispuesta a recibir a uno, pero solo a uno cada vez; que había observado que la presencia de más de una persona en mi habitación me traía desgracia; que, además, iba a marcharme a Abajo y que no consentiría que me pusieran ninguna inyección bajo ningún pretexto. La discusión duró bastante. Acabé insultándole, y se marchó. Luego entró don Luis, y le anuncié mi marcha. Suave e insinuante, empezó a hablar de la extracción de sangre. Yo hablé largo y tendido de mi mudanza, de Alberto, y de otras cosas que no recuerdo. Hablamos en perfecta armonía: él me tenía cogida la mano izquierda. De repente, entraron José, Santos, Mercedes, Asegurado y Piadosa en mi habitación. Cada uno agarró una parte de mi cuerpo y vi el centro de todos los ojos fijos en mí con una mirada espantosa. Los ojos de don Luis me arrancaban el cerebro, y me fui hundiendo en un pozo… muy lejos… El fondo de ese pozo era la detención de mi mente, por toda la eternidad, en la esencia de la angustia absoluta.
Con una convulsión de mi centro vital, salí a la superficie con tal rapidez que sentí vértigo. Vi otra vez los ojos espantosos y fijos, y aullé: «¡No quiero… no quiero esa fuerza impura! Me gustaría liberaros; pero no puedo hacerlo, porque esta fuerza astronómica me destruirá si no os aplasto a todos… a todos… a todos. Debo destruiros junto con el mundo, porque está aumentando… aumentando; y el universo no es lo bastante grande para tal necesidad de destrucción. Estoy creciendo. Estoy creciendo… y tengo miedo, porque nada escapará a la destrucción».
Y nuevamente me hundí en el pánico como si hubiese sido escuchada mi plegaria. ¿Tiene usted idea de cómo es el Gran Mal epiléptico? Pues una cosa así provoca el Cardiazol.
Más tarde supe que mi estado había durado diez minutos; estaba convulsa, lastimosamente horrenda; gesticulaba, y mis muecas las repetían todas las partes de mi cuerpo.
Cuando volví en mí yacía desnuda en el suelo. Grité a frau Asegurado que me trajera limones, y me los comí con corteza y todo. Solo ella y José estaban conmigo ahora. Me arrojé a la bañera y el agua saltó sobre mí, sobre ellos dos y sobre todo lo que había a mi alrededor. Luego volví a la cama y saboreé la desesperación.
Me confesé a mí misma que un ser lo bastante poderoso como para infligir tal tortura tenía que ser más fuerte que yo; admití la derrota, mía y del mundo que me rodeaba, sin esperanza de liberación. Estaba dominada, dispuesta a convertirme en esclava del primero que llegara, dispuesta a morir; me importaba todo muy poco. Cuando, más tarde, vino a verme don Luis, le dije que era el ser más débil del mundo, que yo podía satisfacer sus deseos cualesquiera que fuesen, y que lamía sus zapatos.
Debí de dormir unas veinticuatro horas. Me desperté por la mañana; un viejecito vestido de negro me estaba observando; supe que era el amo porque las pupilas de sus ojos claros, como puntas de alfiler, se parecían a las de Van Ghent y a las de don Luis. Era don Mariano Morales. Me habló en francés, muy cortésmente, algo a lo que ya no estaba acostumbrada.
—Así que ¿se siente mejor, mademoiselle?… Ya no veo ante mí una tigresa, sino una dama.
Parecía conocerme; y le estaba expresando mi sorpresa cuando entró don Luis en la habitación y dijo:
«Este es mi padre».
Don Mariano ordenó que me desataran y me llevasen al solario de Covadonga. Podían hacer lo que quisieran conmigo: me mostré obediente como un buey.
El solario era una habitación amplia; uno de sus lados era de cristal opaco que difundía una luz cegadora. Empapándome beatíficamente en ese sol amortiguado, sentí como si hubiese dejado detrás el aspecto sórdido y doloroso de la Materia y entrase en un mundo que podía ser la expresión matemática de la Vida. La habitación estaba amueblada con unas cuantas sillas, una litera de cuero y un pequeño escritorio de madera de pino. El suelo estaba enlosado con baldosas azul y blanco. Estuve tendida varias horas a la luz, limitándome a seguir el curso del sol a través de los cristales. Tomé mi comida con docilidad y renuncié a resistirme».





Ficha del libro:
Título: Memorias de abajo
Autora: Leonora Carrington
Prologuista: Elena Poniatowska
Traductor: Francisco Torres Oliver
Editorial: Alpha Decay
Año de publicación: 2017 (1943)
Nº de páginas: 88
ISBN: 978-84-946442-9-0
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