Las caras - Tove Ditlevsen
Veo pájaros tras el cristal. Veo árboles y pájaros. Así me imagino a Lise Mundus al principio de la novela que os traigo hoy. Una mujer observando los familiares pájaros que se posan en las ramas de los árboles al otro lado de la ventana, al otro lado de ese cristal que es como una barrera entre el exterior y el interior, entre la realidad y la locura, entre la realidad que necesita esa mujer de nombre Lise Mundus y aquella otra que le quieren imponer.
No hay pájaros en esta novela. No hay árboles. Ni siquiera se menciona esa ventana que yo veo. Sí hay una mujer que se llama Lise Mundus y que lleva tiempo sin salir de casa.
Soy yo la que imagino los pájaros. Soy yo la que ve los árboles. Yo la que observo a una mujer observando a su vez los pájaros revolotear tras la ventana.
En mi mente se forma esa imagen porque me acuerdo de Anna Kavan mirando al otro lado del cristal los pájaros acomodándose en los árboles frutales de su pequeño jardín amurallado. De quien me acuerdo en realidad es de esa mujer de la que Anna Kavan escribió en El descenso. De esa mujer que para mí es Anna Kavan.
Me acuerdo de Anna Kavan porque en su casa trabajaba una mujer que cuidaba de ella calladamente. Recordaré más tarde que cuando Tove Ditlevsen (1917-1976), autora del libro que os traigo hoy, víctima de la drogadicción y de su tercer marido, se convirtió en un despojo humano, fue otra trabajadora doméstica la que se ocupó discretamente tanto de ella como de sus hijos. Así lo cuenta la escritora danesa en Trilogía de Copenhague, por lo que, en realidad, me acuerdo de Anna Kavan al leer a Tove Ditlevesen porque anteriormente leyendo a Anna Kavan me acordé de Tove Ditlevsen.
Gitte se ocupa de Lise, de su marido Gert, de sus hijos Mogens y Søren y de su hija Hanne. Gitte se sobreocupa. Se entromete. Eso pienso. Eso creo. Gitte no me cae bien. A Lise Gitte no le cae bien. Gitte no me cae bien porque a Lise Gitte no le cae bien.
Lise es escritora de literatura infantil. Ha adquirido cierto éxito y fama, pero lleva tiempo sin escribir nada. También lleva tiempo sin salir de casa. Las caras le disuaden de hacerlo. La asaltan por doquier. Tantas personas desconocidas cada una con su cara. Y con la gente conocida es aún peor. Si lleva tiempo sin encontrarse con alguien, de repente, se encuentra ante sí la cara de un extraño para, al instante siguiente, detectar algún gesto soterrado de su cara del pasado. Caras desgastadas, caras demasiado grandes o que no encajan bien, caras intercambiables.
Esto suena extraño, lo sé. Sin embargo, a mí no me lo resulta tanto. Y es que quién no ha sorprendido alguna vez un punto de extrañeza aunque sea efímero en alguna cara mil veces vista. Es algo que perturba sobremanera, pero que acostumbramos a callar. La japonesa Yukiko Motoya explora un aspecto de esta idea admirablemente bien en su breve y curiosa novela Mi marido es de otra especie.
A mí Lise Mundus me parece una mujer observadora, tendente a la introspección, perspicaz y sensible. Y Tove Ditlevsen me parece una escritora que explora con soltura la observación, la introspección, la perspicacia y la sensibilidad. Por eso al principio de esta novela no sé si tomarme la obsesión por las caras de la primera narrada por la segunda de manera más metafórica que literal.
Yo me creo a Lise. Me creo lo que oye, aunque también tengo mis dudas. Pienso que tiene motivos para sospechar de Gitte, de Gert, pero a la vez yo misma empiezo a sospechar de su cordura. Los primeros capítulos de esta novela casi los siento como un thriller o un domestic noir por mucho que no me pegue Tove Ditlevsen como escritora de estos géneros. Es más, no me hubiera desagradado la idea de que Las caras tomara ese camino. Pero no, el camino de Lise y los recovecos de su mente son otros. El camino de esta novela es el de los difusos límites de la realidad
«—La realidad —afirmó— solo existe en su cerebro. Se encontraría mucho mejor si lo comprendiese. Carece de una existencia objetiva.—¿Y yo entonces dónde existo? —preguntó ella.—En la conciencia de otras personas —respondió él con paciencia, como si se dirigiese a una alumna obstinada, pero inteligente.—No quiero —replicó asustada—, yo solo quiero ser yo misma.—Pero ¿es que no sabe usted que todo el mundo tiene varias ediciones, como los libros? Les sacan copias en la oficina de los ficheros secretos.—Ah —exclamó perpleja—, eso explica muchas cosas. Entonces, ¿al final sí es usted amigo mío?—Claro que soy su amigo —contestó él, y de pronto rompió a reír con la boca de Gitte».
Las caras no es una novela que deje al lector confuso al leerla. La confusión solo existe en la mente de Lise y nosotros la acompañamos en su descenso y en su posterior vuelta a la superficie. Sin embargo, circunscribir esta novela al deterioro mental de su protagonista sería reducirla en exceso. Cierto que en ella hay somníferos, un suicidio y un ingreso psiquiátrico. Pero no es menos cierto que las cortapisas que suponen la relación de pareja, la maternidad y la vida doméstica y familiar en la realización personal, así como el choque entre la realidad del contexto político social y aquello otro que cobra importancia a nivel individual se van revelando como el auténtico leitmotiv de esta obra.
«Nunca tuve tiempo para formarme una opinión propia sobre esas cosas [...]. Mi misión era describir el mundo que veía, no tomar parte en él», se defiende Lise cuando es atacada por una de las voces que escucha respecto a su indiferencia por el sufrimiento ajeno. Y es que Lise solo quiere escribir. Lise solo quiere a los suyos. La guerra de Vietnam que copa las noticias y que llena las calles de manifestantes no le importa lo más mínimo.
Sí, estamos en la época de la guerra de Vietnam, del LSD, de las mujeres enseñando o insinuando los muslos bajo la minifalda. A Lise Mundus, como mujer destacada de cierta edad, la llaman de una revista para preguntarle si piensa que la moda de la minifalda puede suponer un peligro para el matrimonio. Están escribiendo un artículo y quieren saber qué piensa sobre la tentación que las jóvenes que visten dicha prenda puede suponer para los hombres, a lo que la escritora en crisis responde que el peligro está en la inmadurez de los hombres y no en el largo de las faldas de las jovencitas.
Lise no entiende los nuevos tiempos. Esto es algo por lo que una de las voces que escucha la reprende una y otra vez. Pero yo pienso que quien no es capaz de aceptar la proyección social y notoriedad profesional de su mujer tampoco entiende los nuevos tiempos.
«El amor flotaba entre ellos con la fragilidad de un pedazo de gasa extendido. Sabía que no duraría. El odio, el rencor, la indiferencia y el egoísmo regresarían como viejos amigos fieles a los que nada convence de que no son bienvenidos. Tan pronto como volviera a absorberla la escritura, el demonio de los celos se apoderaría de él y lo llevaría a sentirse excluido de su mundo, reducido como los círculos de tiza que trazaba de niña a sus pies en el patio del colegio: la que pise la raya ya no juega. Y si ahora cedía y de nuevo empezaba a amarlo, la venganza de Gert la heriría en pleno corazón, ahora al descubierto. Aun así, al sentir la caricia de sus ojos oscuros no pudo evitar un estremecimiento de la felicidad de antaño».
Al principio de esta lectura —y aun con los pájaros al otro lado de la ventana volando por mi imaginación— soy perfectamente capaz de mantener la distancia entre Lise Mundus y Tove Ditlevesen. Pero poco a poco esa distancia se estrecha cada vez más. Ciertos recuerdos y detalles de la infancia coincidentes o sospechosamente similares entre creadora y personaje por aquí y por allá, así como la constante reiteración sobre la falta de sensibilidad hacia la realidad circundante por parte de su protagonista, algo por lo que Tove Ditlevsen se lamenta en Trilogía de Copenhague, contribuyen en buena medida a esa identificación.
Pienso que la autora danesa debía de sentir esa falta de interés hacia sus semejantes como una especie de egoísmo que la mortificaba. Y, sin embargo, como le dice a Lise Mundus el doctor Jørgensen (este personaje sí me cae bien, supongo que porque muestra una empatía no exenta de cierta ternura hacia Lise, pero también porque de algún modo me recuerda a otro psiquiatra que le hizo mucho bien a mi adorada Janet Frame), como le dice ese doctor a Lise —como iba diciendo—, es normal no sentir nada por aquellos que no conocemos. También le dice que no importa que no sepa de quehaceres domésticos, que no le hace falta, que basta con que sepa escribir poesía, pues «su destino es expresarse».
Las caras es una novela breve que toca los temas habituales de su autora. Por ello podría pensarse que puede ser una buena toma de contacto para iniciarse con Tove Ditlevsen. Sin embargo, si alguien quiere conocer a la escritora danesa, sin duda le recomendaría esa maravilla de libro que reúne sus tres obras autobiográficas que es Trilogía de Copenhague y que sospecho es el núcleo duro de su producción literaria. Si después quedan ganas de indagar más esta escritora, ahí está Las caras, ahí está su libro de relatos Felicidad perversa que espero leer en un futuro. Y con eso tendremos que conformarnos —al menos por el momento—, pues, que yo sepa, no hay más libros de Ditlevson traducidos al español.
El doctor Jørgensen le pide a Lise que escriba para él lo que le dicen las voces. Esto es lo que Lise escribe:
«Cuando tenía ocho años, me regalaron una muñeca que abría y cerraba los ojos. Estaban los dos al pie de mi cama plegable, mi padre con el pantalón del pijama mal cerrado. Le asomaban por el hueco unos pelos negros y húmedos. Esa noche habían hecho tambalearse la cama y yo había oído a mi madre decir con una voz extraña y risueña: No seas tan bruto, que vas a despertar a Lise. Pensé con asco y con miedo que entonces era verdad lo que me decía una compañera: Tus padres también lo hacen. Poco antes habían matado a una niña en nuestra calle. La había estrangulado un cojo, un zapatero soltero que había escondido el cadáver dentro de un armario en casa de su madre, donde lo hallaron cuando la mujer salió del hospital. Mi madre me había advertido que no me fuese con ningún desconocido. Si un hombre me ofrecía helados o caramelos, debía ir a buscar a un policía. Era mi cumpleaños y esperaban que mostrase una alegría radiante y redonda como una pelota que sostener con las manos para que todos la viesen. Y cuando me encontré con el cuerpo desnudo y frío y las piernas y brazos curvos de la muñeca entre los míos, donde la habían dejado con desmaña, supe que había llegado a mi vida algo que ya tendría que guardarme para siempre. Sonreí a la luz eléctrica que se me metía entre los dientes como hebras de carne y subí y bajé tantas veces los brazos de la muñeca que le di de sí los hombros. Tenía que parecer que jugaba con ella. Veía a mis padres tan satisfechos que el hecho de que se dejaran embaucar tan fácilmente me chocó como una nueva soledad. Aquella horrible muñeca rosa me miraba con sus ojos muertos de cristal y me apresuré a tumbarla para que sus párpados los ocultaran. Más adelante descubrí que su cuerpo de cartón piedra se desintegraba si la lavaba y no tardé en acabar con ella. Algún día, decidí, tendría un hijo de verdad sin padre. No me casaría jamás. Luego, tumbada en la hierba al lado de Gert, sentía ese pelo suyo que olía a cera fundida como un eco de la Nochebuena. Hanne tenía enroscadas las piernecillas doradas en las de él. Mordisqueaba un pirulí de rayas rojas y blancas con una expresión ausente llena de inocencia. Algo más allá, Mogens cogía flores. Gert deslizó la mano por los pelitos de las pantorrillas desnudas de Hanne y de pronto la niña me recordó a la espantosa muñeca de mi infancia. Hanne nunca había tenido una muñeca. Por su cumpleaños le regalábamos cuentos o cochecitos, y yo suponía que su alegría al ver los regalos era real. Solo hoy sé que jamás la he conocido».
Definitivamente, el destino de Tove Ditlevsen fue expresarse. El mío parece ser que es leerla.
Ficha del libro:
Título: Las caras
Autora: Tove Ditlevsen
Traductora: Blanca Ortiz Ostalé
Editorial: Seix Barral
Año de publicación: 2023 (1968)
Nº de páginas: 176
ISBN: 978-84-322-4154-3
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De nuevo una más que magnífica reseña, Lorena. Sabes de la autora muchísimo, has leído de ella muchísimo, sabes relacionar con sabiduría a la autora con otras que has leído. En fin, una gozada leer -¡y aprender!- tus reseñas.
ResponderEliminarDe lo que dices me quedo con esta frase: «las cortapisas que suponen la relación de pareja, la maternidad y la vida doméstica y familiar en la realización personal» que señalas sobre Lise, la protagonista de Las caras. De ella deduzco que el personaje se quiere sola, para que nada ni nadie perturbe su vida, su escritura y demás. Pero al tiempo para salir de ese pozo que es la adicción necesita la ayuda de otros. No sé, tendría que leerla para entenderla debidamente.
Nada he leído de Tove Ditlevsen. Tomo nota de los títulos que nos propones para entrar en esta escritora danesa.
La información que das al final sobre esa obra de teatro en la que muestran la vida de la escritora me ha hecho recordar una serie de funciones teatrales sobre escritoras que en España se están haciendo ahora ("Nada" de Carmen Laforet o "El cuarto de atrás" de Martín Gaite que últimamente he tenido oportunidad de ver).
Un beso grande, Lorena
Esa «falta de sensibilidad hacia la realidad circundante» y los sentimientos de culpa que produce, la siento yo últimamente. Huyo de las noticias, que me producen bastante ansiedad por la situación actual del mundo, la peor desde que soy consciente, y luego pienso que esa frialdad ante el sufrimiento ajeno no puede ser buena... Nos vemos reflejados en lo que leemos (o en lo que leen otros como en este caso). Tengo en mi lista de pendientes esa Trilogía de Copenhague desde que hiciste la reseña. Como te dije allí, me da un poco de miedo meterme con historias de mujeres heridas, sea cual sea la herida que las aqueja, pero me alegro de que me hayas recordado esa trilogía. Seguiré tu consejo y empezaré con ella. Luego ya veré si me animo con Las caras.
ResponderEliminarMe has dejado intrigada con esa sospecha de Lise acerca de la cual pregunta a su marido, sospecha que si no he entendido mal era también de Tove. Qué cierto es que la verdad está sobrevalorada. Hay verdades que han hecho mucho daño y que no eran necesarias. Yo estoy de acuerdo con Gert en esa idea.
Un beso.