El descenso - Anna Kavan

Lo que sé de Anna Kavan:
Nació en Cannes en 1901 como Helen Emily Woods.
Hija única de una familia británica adinerada, creció entre Europa y Estados Unidos.
Su padre se suicidó en 1911.
Fue interna en un par de escuelas en reino Unido. Recordaba su infancia como solitaria.
Su madre no la dejó estudiar en Oxford y la forzó a casarse con quien había sido su propio amante.
Escribió sus primeras obras literarias como Helen Ferguson, su nombre de casada.
Se casó y divorció dos veces. Con su primer marido tuvo un hijo; lo perdió en la Segunda Guerra Mundial. Con el segundo tuvo una hija que murió poco después del parto; el matrimonio adoptó posteriormente una niña.
Sufrió depresión, intentó suicidarse tres veces y fue adicta a la heroína. Pasó largas temporadas en hospitales psiquiátricos tanto en Suiza como en Inglaterra, la primera de ellas tras el fracaso de su segundo matrimonio.
Tras su primer ingreso psiquiátrico, comenzó a escribir como Anna Kavan, nombre con el que había bautizado a las protagonistas de sus novelas Let me alone, inspirada en su primera experiencia matrimonial, y A stranger still. No se trató tan solo de un seudónimo, sino que cambió su nombre legalmente.
Su estilo narrativo cambió radicalmente bajo su nuevo nombre. Se tornó mucho más simbólico. Se la suele comparar por ello con Franz Kafka
Cultivó otras disciplinas artísticas, como la pintura.
Viajó y vivió en lugares como Nueva York, California, Birmania, Nueva Zelanda o Sudáfrica.
Hielo, la última obra que escribió, es su trabajo más conocido.
Murió en Londres en 1968 de un ataque cardíaco, aunque es habitual leer que la causa de su muerte fue una sobredosis.

Lo que sabía de El descenso antes de leerlo:
Es la primera obra que escribió Anna Kavan como Anna Kavan.
Es una colección de relatos mayoritariamente interrelacionados y con un gran componente autobiográfico.
Narra el descenso emocional y el progresivo desequilibro mental que conducen a la narradora hasta una clínica en Suiza.
Se dice de ella que recuerda a El proceso de Franz Kafka.

Lo que puedo decir de El descenso ahora que lo he leído:
La siento como una novela. No al uso. Fragmentaria.
La mayoría de los relatos/capítulos están narrados en primera persona. No se menciona el nombre de la narradora y protagonista. Para mí es Anna Kavan, aunque sé que esa realidad retorcida que he leído es ficción. Mentalmente la llamo Ella.
Es El descenso, el relato más largo y que está dividido en varios capítulos, el que, a excepción del primero de estos, está narrado en tercera persona. Cada uno de esos capítulos está dedicado a alguno de los pacientes ingresados en una clínica de Suiza. Muchos de ellos tienen nombre, pero, igualmente, íntimamente los llamo Ellos: los compañeros de Anna Kavan, sus hermanos en el desamparo.
A excepción de Ellos, la mayoría del resto de los pocos personajes que aparecen a lo largo del libro son nombrados tan solo por una inicial. Si es que se trata de personajes reales, ¿intentaba Anna Kavan protegerlos de algún modo o preservar su anonimato? ¿O pretendía quizás personalizar a sus hermanos en el dolor y despersonalizar, en cambio, a los que voy a llamar Los otros?
Los primeros relatos los siento más cuentos, protagonizados por una Ella-niña y por la que creo una Ella-joven. Del resto, de los de la Ella-mujer, muchos casi me parecen entradas de diario o fragmentos de memorias.
Por el laberinto sin salida que supone la burocracia, la impotencia, el sentirse acusada sin saber la causa, la despersonalización, la paranoia creciente, la obsesión que lo absorbe todo y la desconexión de la realidad entiendo que por qué recuerda a El proceso. Personalmente, me recuerda mucho más a Rostros en el agua, de Janet Frame.
La narración es diáfana. Me resulta una lectura mucho más asequible que Hielo, a la que califiqué como una novela rara rara rara. Es muy simbólica. Anna Kavan crea en ella imágenes tan bellas como desoladoras.

Las imágenes:
La marca de nacimiento de una compañera de internado. Como una rosa de venas bajo la piel traslúcida. ««¿Has visto algo así en alguna otra parte?», me preguntó; y se me pasó por la cabeza que ella esperaba que yo tuviese una marca similar».
La misma marca años después. En una fortaleza en un país extranjero. En el brazo de un prisionero o prisionera tras una reja en el subsuelo.
El lugar húmedo y frío y el ascensor al sol.
La casa en la que Ella, que bien podría ser uno de Los errantes de Olga Tokarczuk, vivió durante siete años. Una casa que bien podría estar sacada de un cuento de Patricia Esteban Erlés. Es una casa que es mitad vieja y mitad nueva. «Paradójicamente, la parte vieja se ha añadido hace poco. Cuando vine a vivir aquí era una casa completamente nueva —es decir, no llevaba en pie más de diez o quince años—. Ahora, al menos la mitad de ella debió de haberse construido muchos siglos atrás. Es la parte vieja la que ha crecido durante mi estancia, a la que más temo y de la que más desconfío».
El azul pálido de los formularios, impresos, sobres, de los documentos oficiales.
Los pájaros. Los pájaros como salvación. Los pájaros como anclaje. Los pájaros que tal vez solo ve Ella. Los pájaros ajenos a su existencia y que, por tanto, no pueden hacerle daño. Tampoco las cosas inanimadas pueden herir.
La maquinaria. ¿Dentro de su cabeza? ¿La del engranaje institucional? ¿La de la rutina hospitalaria?

Anna Kavan, fotografía de autor desconocido
bajo licencia CC BY-SA 4.0 DEED
En la clínica. En el exterior. Personas que parecen en suspenso, sin rumbo, como a la espera de que alguien les diga qué tiene que hacer. Destacan una mujer y un hombre: una enfermera y el Profesor. Destacan por su autoridad. Surgen desde una puerta tres siluetas. Su apariencia es furtiva, como si hubieran escapado de la autoridad. Se asemejan entre sí. Vacilan al ver al Profesor, pero este parece mostrarse indulgente. «De repente, una bandada de palomas llega volando desde el lago y da vueltas alrededor de la terraza con sus brillantes, centelleantes, alas. De pronto, como si la visión de esos aleteos les hubiese devuelto a la vida, los tres se levantan del escalón profiriendo un lamentable grito simultáneo. Es entonces cuando puede verse claramente en qué se basa el horroroso parecido que comparten. Lo que parecía ser una elegancia fina se revela ahora como delgadez extrema; las caderas sobresalen espantosamente por entre las ropas y los huesos de los pómulos se han abierto paso empujando la carne reticente. Tiran de sus miembros largos, débiles, igualmente delgados, y los mecanismos de sus alargadas articulaciones obedecen y responden con tristeza a los hilos del Profesor que, como si de un sonriente maestro de marionetas se tratase, toma rápidamente el control. Y desde detrás de los tres pares de gafas de sol se deslizan grandes lágrimas sobre las mejillas de la marioneta pintada, que gotean lentamente sobre la terraza de piedra». La imagen duele. Esos huesos obedeciendo telepáticamente al Profesor y resquebrajando la piel. Recuerdo otra escena. Una mujer que al abrazar a Edna Pontellier, la protagonista de El despertar de Kate Chopin, le toca la paletilla para comprobar si sus alas son fuertes. «El pájaro que quiere remontarse por encima del nivel ordinario de la tradición y los prejuicios debe tener las alas fuertes», le dice. «Es un triste espectáculo ver a los débiles, magullados y agotados cómo aletean de vuelta a tierra».
Las gallinas picoteando los trozos del telegrama que Hans, anhelando una respuesta tranquilizadora a sus inquietudes, quería enviar y que el jefe de correos ha roto y tirado por la ventana. Las gallinas que, al darse cuenta de que los trozos de papel no son comestibles, los abandonan con desprecio en busca de algo más provechoso.
El motor del coche al arrancar.
Las manos de Freda «como golondrinas». Las manos de Freda golpeando a su marido al percatarse de que vuelve a abandonarla en la clínica. Esas manos. Revoloteando. Con desesperación.
Freda instantes después: ha visto a las enfermeras acudir prestas a sujetarla. Se deja vencer sin oponer resistencia, como «si al ver a la autoridad hubiese perdido, automáticamente, toda esperanza, ya ha cesado de protestar, ha dejado de agredirle y está en una esquina, acurrucada, sumisa, blanda como una muñeca, mientras las lágrimas le corren por las mejillas».
El jardín sin pájaros como un cementerio de almas. 

Ella:
Se siente perseguida, tratada injustamente. La acusan y no sabe de qué. Es una mujer que espera y la espera es terrible. «Esperar sin tener a quién confiarle tus dudas, tus miedos, tus esperanzas incansables. [...] Esperar, simplemente esperar, carente incluso de la última y piadosa privación de toda esperanza». Espera la condena. Consideraría esa condena un alivio, pues significaría el final de la espera, si no fuera porque sabe que lo que la espera tras la espera es aún peor.
Ve a un mendigo y se le pasa por la cabeza «que quizá yo, algún día, incapaz de seguir trabajando, habiendo consumido mi pequeña fortuna, con mis amigos irreparablemente alejados, estaría en la misma situación que él».
Ella tuvo un amigo, un amante. «Pero ahora estoy acostada en una cama solitaria. Estoy débil y confusa. Mis músculos no me obedecen, mis pensamientos fluyen erráticamente, como hacen los animales pequeños cuando los arrinconan. Me han olvidado y estoy perdida. Fue él quien me trajo a este lugar. Me llevó de la mano. [...] Luego me dijeron que se había ido. Durante mucho tiempo no lo creí. Pero el tiempo pasa y no llegan las palabras. No puedo engañarme por más tiempo. Se ha ido, me ha dejado y no va a volver. Estaré siempre sola en esta habitación en la que la luz está toda la noche encendida, donde las caras de desconocidos profesionales, sin calor ni piedad, me miran a través de la puerta entreabierta. Espero, espero, entre la pared y la amarga medicina del vaso». «Tuve un amigo, un amante. ¿O acaso lo soñé?»

Pabellón de cristal del sanatorio Bellevue (hospital psiquiátrico en Kreuzlingen, Suiza, entre 1857 y 1980 dirigido
por varias generaciones de Binswanger). Fotografía de ARTKLINIC bajo licencia CC BY-SA 4.0 DEED.

El enemigo:
El enemigo la persigue. Es impío, implacable. Su presencia es constante. No le da tregua. Si ya ha conseguido lo que quería; si ya tiene su condena, ¿por qué no la deja en paz? Siempre lo ha sentido como un enemigo externo, pero «últimamente me ha sobrevenido la idea —lo suficientemente fantástica, lo admito— de que después de todo, probablemente, no sea mi enemigo personal sino una especie de proyección de mi persona, una personificación de mí misma con la crueldad y destructividad del mundo. ¿En un planeta en el que hay tanto conflicto natural no sería posible que existiese, en algunos individuos, una arrolladora afinidad entre la frustración y la muerte?»

La rebeldía, el castigo, la sumisión, la desobediencia a la autoridad:
Ella en la fortaleza del país extranjero. Pregunta por los soldados armados que están montando guardia en el patio. El guía se muestra evasivo. Los otros turistas parecen rechazar su curiosidad. Ella se rinde y se calla. Más tarde. Ha descubierto la celda subterránea y los guardias la sorprenden. Quiere, una vez más, preguntar, pero le falta valor. Las armas y el aspecto de los guardias la intimidan.
Ella. Abajo. Triste y sola entre la niebla y el frío. Se arma de valor y sube en ascensor a ver a sus patronos. Llega a una habitación cálida. Busca clemencia, compasión, un poco de empatía, unos rayitos de sol. Su patrona la recibe y le dice: «su mal comportamiento nos ha causado mucha tristeza y ansiedad. Nunca nos ha consultado en absoluto sino que ha hecho lo que ha querido obstinadamente. Solo cuando tiene un problema viene a pedirnos que cuidemos de usted».
«¿Qué sentido tiene apelar a una maquinaria insensible? Los engranajes se están moviendo, los motores se están calentando, incluso ahora se puede percibir un discreto zumbido. Qué bien reconozco cada sonido, cada temblor del laborioso comienzo. La peor parte es la repugnante familiaridad de la rutina, intolerable e inevitable al mismo tiempo, como una enfermedad en la sangre. Esta mañana me incita a la rebelión, a la locura; quiero golpearme la cabeza contra las paredes, volarme la cabeza a balazos, hacer añicos las máquinas y reducirlas, junto con mi calavera, a cenizas».
Las siluetas convertidas en marionetas.
Freda. Blanda como una muñeca. Sus manos, golondrinas muertas.

Ella y sus hermanas:
Istina Mavet-Janet Frame que solo quiso tumbarse a dormir y que «eso habría hecho de no haber aparecido los extraños con tijeras y bolsas de tela llenas de piojos y frascos de veneno con etiqueta roja, y otros peligros en los que no había reparado antes [...]. Y los extraños, sin pronunciar palabra, levantaron tiendas de lona circulares y acamparon conmigo y me rodearon con su mercancía peligrosa». Ella-Anna Kavan que sabe que «cuando vengan a por mí será probablemente de noche. No habrá revólveres ni esposas; todo transcurrirá de forma tranquila y ordenada, con dos o tres hombres de uniforme o con chaquetas blancas, y uno de ellos llevará una jeringuilla hipodérmica. Así ocurrirá conmigo. Sé que estoy condenada y no voy a luchar contra mi destino. Solamente estoy escribiéndolo para que, cuando no me veas más, sepas que el enemigo, finalmente, ha triunfado».
Esther Greenwood-Sylvia Plath que ve en los ojos cerrados de una muchacha muerta cuya fotografía aparece en el periódico el mismo vacío que en sus propios ojos abiertos de la instantánea que se ha tomado esa mañana. Ella-Anna Kavan que ve en el joven asesino que la mira amenazante desde el periódico el mismo rostro que el de su tutor oficial.
Tove Ditlevsen que, sumergida por su tercer marido en el descenso de la espiral de la drogadicción, es incapaz de levantarse de la cama, escribir y cuidar de sus hijos. Tove Ditlevsen, de cuyo estado solo sabe la bondadosa mujer que se ocupa de su casa, cuida a sus hijos y se preocupa calladamente de ella. Ella-Anna Kavan y «la mujer que cuida de mí», esa «alma cándida que me ha servido muy bien durante muchos años, pero en las últimas semanas una sensibilidad macabra ha hecho que me resulte cada vez más difícil mirarle a la cara», esa sirvienta de la que a veces cree «que no sabe nada; pero, seguramente, pese a lo poco observadora que es, ha debido de percibir un cambio en mí. Y a veces tengo la sensación de que se complica la vida para proporcionarme en las comidas pequeñas exquisiteces, que prepara mi sustento con un cuidado especial, como intentando tentarme para que coma; me gusta entrever en su anciano rostro una expresión que bien podría ser de pena».
Mi Camille, la Camille Claudel que Michèle Desbordes me regaló. Camille y su vestido blanco, Camille y su silla en el jardín. Camille y su eterna espera. Ella-Anna Kavan tuvo un amigo. Ella-Anna Kavan tuvo un amante.

Ellos:
Las marionetas de piel resquebrajada
Hans. La sospecha. El no querer irse. La preocupación. El cómo seguir pagando.
Mademoiselle Zèlie. La madre que quiere ver a su hija. El médico que dice que es mejor que la hija no tenga visitas por el momento. El padre que aduce que es mejor hacerle caso al médico. La madre que hace lo que dice el marido. La hija que se entera de que su madre ha estado en la clínica y piensa que se ha ido sin querer verla.
Una mujer joven que acude con un hombre joven. Una mujer que no quiere quedarse en la clínica. Una mujer que es dejada allí.
La elegante mujer que llora de cara a la ventana.
Un hombre francés. Casa a un lago de distancia. Un bote sin encadenar.
Freda y la señorita Swanson.

Lago Lemán, también conocido como lago de Ginebra, en 1930. Situado al norte de los Alpes entre Francia y Suiza.
ETH-Bibliothek Zürich, Bildarchiv / Fotograf: Wehrli, Leo / Dia_247-05332 / CC BY-SA 4.0

El abandono:
El francés. Piensa en su mujer, que es quien paga la clínica. Sospecha y no quiere sospechar.
La mujer joven. Llega con el hombre joven. Una vez instalada en la habitación, el hombre la besa y se dirige hacia la puerta. ««¿Te vas?», le pregunta decepcionada. Él murmura algo mirando hacia otra parte. «Pero ¿volverás pronto?» «Sí, por supuesto. Cuando estés acostada». Al rato. La mujer escucha el motor de un coche. Desde la ventana, reconoce el mismo automóvil que la ha llevado hasta allí. En el asiento trasero, el hombre. A su lado, una maleta: la misma que ella le regaló hace unos años. La mujer comprende. ««Me deja aquí. Se va… Sin decírmelo… Sin decirme siquiera una palabra. Cuando me besó era un adiós»».
Las manos de golondrina de Freda.
Ella tuvo un amigo, un amante.

La higuera de Sylvia Plath:
Las opciones. Las decisiones. La parálisis.
«Tu problema», le dice a Ella su tutor oficial, «es que estás siempre evitando las responsabilidades. Este es un caso en el que debes actuar bajo tu propia iniciativa. Lo lamento si parezco poco amable pero debes creerme cuando te digo que si lo analizas tú sola, en vez de seguir ciegamente consejos externos, tanto si son míos como de cualquier otro, te irá mucho mejor a largo plazo».
Hans. ¿Qué ponerse cada mañana? El mismo traje todos lo días.
El lago. El bote. La otra orilla. «¿Qué es lo que le impide saltar a tierra? ¿Qué es lo que le dice que es más seguro no pensar, permanecer confuso, no darse cuenta de nada? Débilmente, a través de una bruma de irrealidad, se imagina a los gendarmes, las preguntas, sus miradas significativas. Pero todas esas cosas son muy lejanas, muy remotas, imprecisas. Mejor no pensar en ellas, mejor no ponerlas a prueba, mucho mejor no arriesgarse a realizar alguna».

Los otros:
El marido de Freda, «aunque es de naturaleza fría e insensible, no es un hombre particularmente desagradable y no le desea ningún mal a su mujer; simplemente, es incapaz de mostrar empatía o tolerancia hacia ella. Su amargura se debe al destino, que lo ha utilizado de un modo tremendamente malvado. No entiende por qué se le inflige este castigo tan desproporcionado por haberse enamorado en su momento de una cara bonita. «Pero ¿quién podía imaginar que terminaría así?», recapacita, agotado. Se alegra de que la cena haya terminado y de que el largo y complicado día llegue a su fin, de que sea la hora de devolverla al cuidado del médico».
Los otros=Nosotros.

Los escenarios:
«No saben cómo es la niebla; para ellos no es más que una palabra. No saben lo que significa estar triste y sola en una habitación fría en la que el sol no brilla nunca». «No puedo evitar pensar que hay algún tipo de conexión entre el frío implacable y mi propio sufrimiento».
El sol, el calor y la naturaleza como un despertar; como la emersión hacia la realidad.
En la clínica: todo muy cuidado, pero absolutamente impersonal. «Solo un observador muy sensible podría percibir en aquel lugar un aire casi indescriptible, no exactamente triste sino privado de algo, del toque del afecto individual, como un niño criado en una institución eficiente en vez de en casa». «La habitación es bastante grande, tiene suelo de parqué y muebles de madera pálida de buen tamaño; aunque no podría describirse como lujosa, sin duda es cómoda y agradable. De cualquier forma, hay algo un tanto extraño, un tanto inquietante en ella. Sería difícil dilucidar el origen de esa impresión, quizá tenga algo que ver con el hecho de que no haya ningún gancho en ningún sitio, con que todas las paredes estén desnudas, lisas, y la lámpara eléctrica esté protegida por una pantalla de alambre. La gran ventana también está cubierta por una verja de hierro forjado que, si bien es decorativa, de algún modo sugiere un propósito funcional». De algún modo pienso en mi Marina. Marina pensando en la muerte. Sus ojos en busca de un gancho.
La Pinéde. Se llama así por los pinos cercanos. Allí se alojan los casos más graves.
Fortalezas. Jardines rodeados por muros. «Por muy extraño que parezca, en este lugar hay ventanas sin rejas y puertas que ni siquiera están cerradas. Al parecer, no hay nada que me impida salir cuando quiera, si en algún momento lo siento así. Pero aunque no haya una barrera visible, sé muy bien que estoy rodeada de paredes invisibles e infranqueables que se elevan hasta las más altas cúpulas del cénit, y que se hunden muchos kilómetros por debajo de la superficie de la tierra».

La petición de auxilio inaudible:
«Nadie puede trabajar tantas horas con tan pocas horas de sueño. ¿Nadie sabe o a nadie le importa que me esté muriendo entre estas palancas y ruedas? ¿Puede alguien salvarme?»

Sitting on top of the world, fotografía de Feathering the Nest bajo licencia CC BY 2.0 DEED

El abrazo:
Una joven campesina. Apenas unos dieciocho o diecinueve años. Habla romanche. Viene de los Grisones. Trabaja en la clínica.
Es fuerte. Poco agraciada. Algo torpe, pero eficiente. Rebosa vitalidad. Tararea algo mientras hace sus tareas. Instintivamente, me cae bien.
Entra en la habitación. Tiene que limpiar. En el interior, una mujer que, mirando a la ventana, le da la espalda.
La joven observa admirada a la mujer. Le envidia el porte, la elegancia, la delicada y larga bata, el cabello cayéndole tan brillante. Le dice algo, pero la mujer, abstraída como está, no contesta.
A la muchacha le da algo de rabia. Se acerca a ella. Como pretexto le pide solícita a la mujer que se aleje de la ventana, que se va a resfriar.
Es entonces cuando descubre que la mujer está llorando. Le pregunta insegura qué le ocurre y, sin ser plenamente consciente de lo que hace, la toca y la aleja de la ventana.
La mujer se deja llevar. Es como un niño chico sin voluntad. Las lágrimas siguen cayendo silenciosamente por su rastro.
«De repente, se tropieza con el dobladillo de su larga bata, y se hubiese caído de no haber sido por los fuertes y jóvenes brazos que la sujetan al borde de la cama. Esta patética pérdida de dignidad en alguien tan lejano, tan perfecto, es demasiado para la joven campesina, que ya estaba emocionada por esas lágrimas incongruentes. Ignorando la diferencia de estrato social, dejando a un lado la posibilidad de que la vean, olvidándose incluso de su trabajo, abraza a ese ser infeliz como abrazaría a un niño herido en su pueblo natal, al tiempo que le murmura inarticulados sonidos de consuelo. La otra, que hasta ahora había permanecido testaruda, enfrentándose a sus iguales con una cara de desdén inmutable, puede permitirse relajarse un poco en ese tosco abrazo. Es como si encontrase consuelo en una empatía infrahumana, en las silenciosas caricias de un perro cariñoso».
La muchacha le pide que no llore. «No sea tan infeliz. No se está tan mal aquí… Y saldrá pronto y volverá a su casa. ¿No puede considerar su estancia como unas pequeñas vacaciones?»
La mujer: «Estoy aterrorizada… muy sola… y tan lejos de todo».
Se oyen voces. Una de las compañeras de la muchacha la reclama.
La joven «se pone en pie pero antes de cruzar, torpe y rápidamente la habitación y desaparecer por el pasillo, se agacha y le planta un cálido beso campesino en la húmeda mejilla».
La mujer «se sienta en la misma posición, sola. Ha dejado prácticamente de llorar y ahora, por primera vez en muchos días, aparece en su rostro el difícil comienzo de una sonrisa».

El otro abrazo:
Una dama inglesa de aspecto cuidado y algo cómico. Vive en la Pinéde. Es la señorita Swanson. Le ha tomado cariño a Freda. «Un instinto maternal frustrado en ella se ha aferrado a esa chica, su compatriota, que como ella está en el exilio, prácticamente una prisionera en ese lugar tan infeliz. Se siente posesiva y protectora respecto a Freda; siente celos de todo aquel que se interponga entre ellas».
Una mañana. Freda entusiasmada. Su marido viene a verla. Seguro que se queda en el hotel junto al lago.
La señorita Swanson le advierte. Mejor no ilusionarse. Asimismo, cuando se queda un momento a solas con el marido de Freda le pide «encarecidamente que considere muy cuidadosamente si este es el lugar adecuado para ella, si no sería mejor llevársela de aquí, un ambiente en el que siempre se siente sola y triste, donde está abocada a ver y a escuchar cosas que le resultarían traumáticas a cualquier chica joven, y mucho más a una chica tan sensible y tan nerviosa como ella. Si cuando se marche la deja aquí, tengo miedo de lo que le pueda pasar. Tengo miedo de que se le rompa el corazón».
Freda. Pasa el día con su marido y regresa a la clínica. Baja del coche con su alegría anulada y sus golondrinas muertas. Las enfermeras la esperan el estado de alerta. «En la entrada, que está vagamente iluminada, alguien aparece de entre las sombras y se acerca al grupo. Es la señorita Swanson, que [...] se acerca a la joven, ignorando por completo a las enfermeras, y la envuelve en un abrazo compasivo y triunfante».

Y La pregunta. Otra vez la misma pregunta:
Si los sentimientos de Ella y de Ellos me son tan reconocible; si su sufrimiento, su soledad, su desvalimiento, su nulidad me son tan palpables, ¿cuál es ese clic detonador que los condena? ¿dónde está el borde invisible hacia el abismo? ¿qué es lo que nos sostiene a Nosotros, a Los otros, a los que somos capaces de deshelar nuestro frío al sol?
«¿Quién describirá el lento y lamentable enfriamiento del corazón? ¿Qué día observas por primera vez la pequeñísima grieta que termina convirtiéndose en un abismo más profundo que el infierno?
Los años pasaron como los escalones de una escalera que lo único que hace es descender y descender».

Poço iniciatico, Sintra, Lisboa, Portugal. Fotografía de Céline Colin bajo licencia CC BY-ND 2.0 DEED





Ficha del libro:
Título: El descenso
Autora: Anna Kavan
Traductora: Ainize Salaberri
Editorial: Navona
Año de publicación: 2019 (1940)
Nº de páginas: 192
ISBN: 978-84-17181-99-4





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Comentarios

  1. Te estaba leyendo y me acordaba de Janet Frame, pero de Un ángel viene e verme que es lo que he leído de ella. Veo que no andaba desencaminada. También pensaba en Sylvia Plath y veo que también sale. A las otras autoras que mencionas
    Esa imagen de la delgadez y los huesos taladrando la piel es escalofriante y tan bien descrita que atrapa en su dureza.
    No creo que sea un libro para mí. Me resulta demasiado simbólico. Creo que esta vez no tomo nota. No obstante, felicidades por tu reseña que es magnífica, por otra parte.
    Un beso.

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    1. Hay imágenes tan logradas en este libro que casi se sienten físicamente en la piel o que parecen materializarse ante nuestros ojos. Es cierto que es una obra muy simbólica, pero más poética que críptica. No es costosa de leer ni difícil de entender, como puede ser el otro libro que había leído de Anna Kavan. Aun así, por lo que tiene de fragmentario y por los temas que toca, no creo que sea un libro para cualquier lector.
      Es lógico que te hayas acordado de Un ángel en mi mesa. Si hubieras leído Rostros en el agua te hubieras acordado más de este libro. Pero en todo caso hay autoras que para mí están hermanadas por su dolor y vulnerabilidad, que son las que salen no en este libro pero sí en esta reseña.
      Me alegra que te haya gustado la reseña. Quise hacerla esquemática pensando que me iba a salir más breve, pero es tanto lo que me ha transmitido Anna Kavan con este libro que me he vuelto a liar.
      Besos

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