Libro leído entre febrero y marzo de 2026. Reseña escrita en marzo de 2026.
Supongo que todo empezó cuando leí las primeras páginas del libro que os traigo hoy ofrecidas por la editorial en su página web. Maxim Ósipov relata en ellas que lleva año y medio trabajando como médico en la pequeña ciudad de N. y que va siendo hora, por tanto, de hacer balance de sus impresiones. Comienza haciendo alusión al «miedo a la muerte y el poco amor a la vida» de sus pacientes, lo cual se traduce en un resignado «la solución es morirse». Destaca en segundo lugar que «el poder se divide entre el dinero y el alcohol, es decir, entre las dos encarnaciones de la nada, del vacío, de la muerte». Y así, con un tono agudo, sencillo y aséptico, continúa desgranando sus impresiones.
Así empezó todo. Así me decidí por esta lectura. Me pillaron esas primeras páginas. También ayudó la breve extensión del volumen que las contiene, cierto es. Andaba yo buscando lectura no demasiado extensa y si se trataba de relatos, casi que mejor. En estas que me acordé del médico y escritor ruso. Sabía de él por mi amigo Juan Carlos Galán. Así que supongo que, en realidad, todo empezó cuando leí su reseña de Piedra, papel, tijera.
Para Maxim Ósipov, en cambio,
«Todo empezó así: hace dos años y medio, una tardía y gris mañana de abril me acercaba a la ciudad de N. Llevaba conmigo una maletita con un electrocardiógrafo y un montón de pequeñeces médicas. He recorrido este camino decenas, decenas de centenares de veces, pero nunca antes había experimentado esta sensación de éxtasis. La triste belleza de la temprana primavera, pobres casas de madera y otras ricas de ladrillo, hasta la destrozada y resbaladiza carretera, todo me llenaba de alegría. [...] Hasta entonces nunca había experimentado la dicha primigenia de quien cura; hasta entonces siempre tenía algún objetivo: aprender, gustar al profesor, defender la tesis, hallar material para un libro...». Ahora la dicha es otra: la sencillez, aprehender el momento, mejorar la vida de la gente. «Esta es la emoción que, [...], sentí aquel primer día de trabajo. Y creo que alimenta mi existencia hasta hoy», nos cuenta.
También nos cuenta —o tal vez sea uno de sus personajes quien lo haga por él— que «El médico tiene dos trabajos: uno por dinero, el otro es el interesante. En el interesante piensa: es un trabajo de verdad, de médico, lo que pasa es que no me pagan. Pero es una persona joven y necesita dinero. Dinero para los hijos pequeños, la cuidadora de la abuela, el coche, que se estropea, para comprar muchos objetos deseados; hay tantas cosas que no merece la pena ni enumerarlas. Pero no se para a pensar en el dinero más de unos segundos. Lo necesita y punto. El trabajo remunerado le provoca, por el contrario, largas reflexiones. No me falta talento, piensa, soy joven [...], todavía me queda mucho por hacer, y ¿en qué malgasto mi vida? Sabe en qué la malgasta: en «vivir, pensar, sentir, amar y descubrir», en palabras de Pasternak. El pesado de su padre le decía en tono instructivo: dedícate a aquello que halle su reflejo en la eternidad. También leía versos, tanto estos como otros. Pero de todo eso hace mucho. Diez años han pasado desde que su padre ya no está».
Maxim Ósipov es ruso, médico y escritor (no sé qué orden elegiría él para describirse). También era todo eso
Antón Chéjov, y supongo que de ahí que
Libros del Asteroide publicite al primero de los dos como digno heredero del segundo. Entiendo la comparación. Ambos utilizan un estilo sin artificios. Ambos profundizan en la condición humana y dejan patente en sus relatos las pequeñas miserias y grandezas que todos albergamos. Aun así, en ningún momento durante mi lectura de
Kilómetro 101 Chéjov ha acudido a mi mente. Si de alguien me he acordado puntualmente leyendo a Maxim Ósipov, ese alguien es el escritor búlgaro
Gueorgui Gospodínov. Tal vez la
coetaneidad de ambos autores, el contexto postcomunista que nutre sus literaturas y el carácter anecdótico de algunas de sus historias los ha cruzado fugazmente en mi mente.
«En la Unión Soviética, los derechos de quienes habían cumplido condena por delitos políticos estaban seriamente restringidos: entre otras cosas, se les prohibía vivir a menos de 101 kilómetros de las grandes ciudades. En esa zona fueron naciendo una serie de pequeñas poblaciones, como la ciudad de Tarusa, que inspira la mayoría de los textos incluidos en este volumen». Así comienza, así nos pone en contexto y así explica el título de este libro la sinopsis que del mismo proporciona la editorial. Esa prohibición no me resulta ignota. Desterrado fue Ósip Mandelstam y de su destierro supe por su esposa Nadiezhda en Contra toda esperanza.
En
Kilómetro 101 la ciudad de Tarusa es la ciudad de N. Así es nombrada una y otra vez. Sin embargo, no es difícil identificarla con Tarusa a poco que nos interesemos por un breve esbozo biográfico de Maxim Ósipov. No es difícil para mí identificarla con la ciudad de veraneo de la infancia y adolescencia de
mi Marina. La memoria de
Tsvietáieva sigue viva en Tarusa. Eso me ha quedado claro con esta lectura y bien que me alegro de ello.
Kilómetro 101 es una mezcla de ensayos y relatos con una sutil barrera entre ambos. El primero y más largo de los textos que contiene —ocupa prácticamente la mitad del libro— es Kilómetro 101. Crónicas de la vida en provincias, compuesto por varias piezas en las que el autor, a través del relato de anécdotas vividas durante el desarrollo de su profesión en N., deja buena muestra de cierta parálisis social instalada en la población y de cierto sinsentido burocrático. En N. no falta quien añore la época soviética (como —por otra parte— no falta en España quien piensa que con Franco se vivía mejor). N. —recordemos— es la ciudad cuyos habitantes adolecen epidemiológicamente de vacío.
«Para abrirse camino a la vida, no a una existencia abstractamente popular, sino a la propia, hace falta espacio; en Moscú te falta. [...]. En Moscú nada tiene proporciones humanas, y no como si fuera una gran catedral, sino todo lo contrario. Vivir en provincias, si tienes algo que hacer, es mucho mejor. Dos minutos para llegar al trabajo y si te das prisa, uno y medio. En las noches de invierno y de luna llena se ve el paisaje a muchos kilómetros a la redonda y además, las estaciones del año en la franja media de Rusia son muchas más que cuatro. Lo que envenena el día a día del hombre de provincias es la falta de elección. La vista tras la ventana permanecerá inamovible hasta el final de tus días: «sabes en qué parte del cementerio te van enterrar y donde sin remedio yacerás», en palabras de Alexandr Blok. Como no has probado la vida en la gran ciudad, no hay modo de hallar consuelo en esta constancia. [...].
Mudarse de las provincias a Moscú es algo, se diría, natural, correcto, y ocurre masivamente: [...]. Por el contrario, mudarse de Moscú a las provincias es un acto individual que nos cuesta reproducir: en esto consiste el problema: miramos el tema con los ojos de un occidental, para el cual permanecer en los márgenes es ser casi siempre un fracasado».
Pero N. es también la patria de Ósipov. Es su ciudad-casa. Es por ella por la que siente desgarro en Frío, vergüenza y liberación. Estas tres palabras están tomadas del final de Historia de un alemán, de Sebastian Haffner. Dan título a un relato en el que el autor narra su huida de Rusia tras la invasión por parte de esta de Ucrania. Frío, vergüenza y liberación. Tres palabras que definen a la perfección sus sentimientos. Es curioso cómo dos palabras de significados tan aparentemente opuestos como los de vergüenza y liberación tan a menudo corren parejas. Es revelador cómo la huida provoca precisamente eso: una mezcla de vergüenza y liberación. Supongo que el frío se debe a la cada vez mayor distancia de Tarusa.
Frío, vergüenza y liberación es el texto que cierra este libro. La segunda mitad del mismo está compuesta por cinco relatos en los que, con alguna apertura más allá de la ciudad de N., continúa el ambiente que bebe de lo hospitalario y de la práctica médica. Es difícil poner una barrera entre ellos y las crónicas de la vida en provincia que los precede, entre lo vivido, presenciado o conocido por el autor y lo ficcionado e inventado. «El autor ha contado esta historia en diversas ocasiones y a diferentes personas», bromea el Ósipov al término de uno de ellos, «y ahora, cuando el relato se ha adornado con recientes detalles inventados, se apresura a apuntarlo. Él mismo, a decir verdad, no ve delito en redondear las esquinas, en reunir varios personajes en uno solo o en colocar en el relato réplicas que le han venido a la cabeza más tarde, camino de casa [...]. Sin embargo, mucha gente, y sobre todo niños, son categóricamente contrarios a esta actitud respecto a los hechos. Basta empezar a escribir «¡Lo que les vengo a contar sucedió un lunes!» para que ellos griten: «¡No, fue el martes!». Muy bien, queridos niños. Que sea el martes».
Francamente, a mí me da igual que sea lunes, martes, jueves o domingo. Especialmente cuando leo La gitana. Sin duda es mi favorito de todo este libro. Su lectura me provoca plenitud, un aquí y ahora, una sensación de dicha parecida —creo— a la experimentada por el autor el día en que llegó a Tarusa a ejercer como médico. La gitana relata otro viaje. En este caso no se trata de una huida, sino de un tomar distancia para regresar a casa, de un ampliar la mirada para descubrir la felicidad que proporciona lo pequeño y lo propio.
Maxim Ósipov escribe con sosiego, economía y naturalidad. Con lo particular describe lo general y con su mirada de alto alcance se centra en lo que no se suele apreciar. No ahorra en lo absurdo y cómico (o en lo cómico por absurdo y la revelación que esconde esa absurdidad) y sabe también regalarnos pasajes de inusitada belleza por su limpio lirismo. No negaré que con alguno de sus fragmentos o relatos en concreto me he mantenido fuera de la lectura (debido probablemente —me temo— a cierta desconexión cultural), así como tampoco que con otros me ha conmovido profundamente (como por ejemplo con el que narra la pérdida de su madre).
Maxim Ósipov es un médico ruso que —o tal vez sea uno de sus personajes quien lo haga por él —«piensa: hago una labor absurda, pero la eternidad existe, claro; tenía razón mi padre: la eternidad existe y solo tiene sentido aquello que se proyecta en esa eternidad, una parte de ella. Curar personas —no importa a quién— tiene su proyección en la eternidad, a pesar de que sus pacientes no vivan eternamente y lo hagan a veces por muy poco tiempo. Y el encuentro con los amigos, [...], también lo tiene. Y escuchar música, y la contemplación de la naturaleza... Y el resto, como esta estúpida manera de ganar dinero, what a waste!»
Maxim Ósipov es un escritor que ha escrito un libro poco corriente por ser un libro sobre un hombre corriente en un lugar corriente que tiene el corriente anhelo de mejorar las corrientes vidas de la gente corriente. Y escribir —se me ocurre— también tiene su proyección en la eternidad.
Ficha del libro:
Título: Kilómetro 101
Autor: Maxim Ósipov
Traductor: Ricardo San Vicente
Editorial: Libros del Asteroide
Año de publicación: 2024 (2019 y 2022)
Nº de páginas: 240
ISBN: 978-84-19089-78-6
Si te ha gustado...
¿Compartes?
↓
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por tu tiempo.
Participa siempre con libertad y respeto.
Por favor, no dejes enlaces a otras webs o blogs. Si quieres ponerte en contacto conmigo por motivos ajenos a esta entrada puedes escribirme a mi dirección de correo electrónico. Búscala en la pestaña Información y contacto.