No importa - Agota Kristof

A falta de releer Claus y Lucas, Ayer o La analfabeta he releído las reseñas que escribí en su día sobre esos tres libros. Es curioso ese ejercicio de releer lo que una misma ha escrito hace tiempo. Busco el recordatorio de lecturas pasadas sabiendo de antemano que lo que me voy a encontrar es algo imperfecto no solo por subjetivo sino por fragmentario, por episódico. De sobra sé que de releer esos libros me fijaría en cosas distintas de esas otras en que me fijé en su día y trasladé a esas reseñas, pero necesito recordar; necesito un ancla, algún hilo del que tirar. Es curioso cómo los libros que leemos se van desdibujando en nuestra memoria. Permanecen las impresiones, eso sí. Permanecen, en algunos casos, algunos detalles, algunas imágenes que apenas podemos ya cohesionar con el conjunto de la narración. Desde que tengo el blog me he dado cuenta de que algunas de las imágenes literarias que en él comento se fijan mejor en mi memoria, de que incluso algunas van saltando de reseña en reseña escindiéndose así de sus libros de origen; corrompiéndose, tal vez, pero cobrando identidad propia y hermanando de algún modo lecturas extrañas y ajenas entre sí. Sin embargo, algunas otras imágenes quedan, inexplicablemente, sepultadas por el olvido. Es curioso releerse a una misma. Es curioso olvidar ya no solo lo leído sino lo que una misma ha escrito. No siempre sale una bien parada de ese reencuentro. En este caso, he de decir que me gusta la lectora que era cuando escribí en 2016 sobre Claus y Lucas, en 2018 sobre Ayer y en 2021 sobre La analfabeta, aunque supongo que el éxito del reencuentro se debe más a la inagotable fuente que es Agota Kristof que a mí. En todo caso, me gusto y me sorprendo cuando me leo decir en mi reseña sobre La analfabeta lo siguiente: «Soy una privilegiada: la lectura y el mar me fueron dados sin habérmelos ganado». Y, sin embargo, ese privilegio supone de algún modo una resta. Y, sin embargo, soy plenamente consciente de que jamás hubiera podido escribir esa frase si no fuera porque Agota Kristof me hizo sentir nostalgia por el descubrimiento de la lectura, así como Marina Tsvietáieva me hizo sentir lo propio por el descubrimiento del mar. Y no, no cité a Tsvietáieva en esa ocasión; la cito ahora porque aunque no recordaba haber escrito esa frase sí recordé en cuanto la releí que pensé en Marina al pensar en cómo sería ver el mar por primera vez, que volví en mi imaginación a la noche víspera de su encuentro con él, que inconscientemente obvié su posterior decepción.

Me estoy dispersando. Estoy dando vueltas. Es que no sé cómo hablaros de No importa y, sin embargo, quiero hablaros de él. Es que no sé cómo hablaros de este libro, pero, sin embargo, sí sé que cada vez me iba acordando más de Ayer mientras lo iba leyendo. Es curioso eso de recordar un libro del que se ha olvidado tanto. Ayer para mí fue y sigue siendo un paraje yermo, inhóspito, debería decir que gris como un ambiente fabril, pero sin embargo lo veo y siento como un bosque blanco gélido e inhabitado en el que tan solo encontramos árboles caducos espaciados de ramas desnudas y vacías que claman al cielo, al que tan solo acuden de tanto en tanto pájaros cantores de presagios amargos con ojos espejo y picos diestros en socavar cuencas oculares. Ayer es para mí un escenario vacío en el que adentrarse para ir encontrándose con las más identitarias pesadillas y, sin embargo, es en mi reseña de Claus y Lucas en la que escribí lo siguiente: «¿cuál sería la palabra equivalente a ensoñación que en vez de derivar del vocablo sueño lo hiciese de pesadilla?» Pero, claro, eso también lo había olvidado.

Decidí, pues, tras concluir No importa, releer mi reseña de Ayer por ocuparme menos tiempo que releer Ayer. Decidí, una vez tomada esta decisión, releer mis reseñas sobre todos los libros que había leído de Agota Kristof siguiendo el orden en que los había leído. Constaté similitudes entre Ayer y No importa. Descubrí similitudes entre Claus y Lucas y No importa. Recordé similitudes entre Claus y Lucas y Ayer. ¿Y qué pasa con La analfabeta?, os preguntaréis. Bueno, La analfabeta es un libro aparte. No es ficción. Es una obra compuesta de textos autobiográficos. Su autora no la tenía en gran estima. Os he hablado de esto siempre que he hablado de Agota Kristof aquí en el blog. Os he enlazado siempre en esas ocasiones a la entrevista a la autora en 2007 para Babelia que descubrí tras mi lectura de Claus y Lucas y que tanto me gusta. Os vuelvo ahora a enlazar a ella aquí, solo que ya no está disponible en libre acceso. Ahora hay que iniciar sesión en El País para poder leerla. Qué queréis, el tiempo pasa. No he releído la entrevista en esta ocasión. No estoy registrada en El País ni me he registrado para hacerlo. No me ha hecho falta. Qué cosas, esa entrevista sí que la conservo vívidamente en mi memoria. Tal vez porque siempre que he leído a Kristof (excepto en esta última ocasión) he vuelto a ella. A La analfabeta no he vuelto durante mi lectura de No importa ni he vuelto a No importa durante mi relectura de la reseña que escribí para La analfabeta. Y, sin embargo, no es un libro que haya que menospreciar ni minusvalorar. Es, probablemente, el más asequible intelectualmente para los lectores, especialmente para aquellos que no gusten de los elementos oníricos, crípticos y simbólicos que no están presentes en ese libro pero sí en el resto de la obra de la autora. Es, tal vez, el libro madre de todos sus libros; no respecto a su concepción ni para Agota Kristof como escritora, sino para sus lectores como testimonio vital del desarraigo que vivió Kristof y que corre soterradamente por toda su obra nutriendo todos sus libros.

¿Qué similitudes he encontrado entre Claus y Lucas y No importa? El desdoblamiento, el juego especular y de identidad, la dualidad, los hermanos, la crueldad innata y que se da por tanto de forma natural sin cuestionarla. Hermanos son los protagonistas de Hermana Line, hermano Lanoé, relato de contenido violento, incluida la violencia sexual, como lo es el primero de los libros de ese único libro que es la trilogía Claus y Lucas. Hermanos, soñados o reales, son el Mathias de ¿Dónde estás, Mathias? y el niño sin nombre que aparece en ese cuento. Crueles son los actos cometidos por el joven protagonista de Los profesores, por mucho que este diga de su comportamiento que está motivado por el amor. Sí, No importa es un libro de relatos. Y, diciendo esto, junto con lo de onírico, críptico y simbólico del párrafo anterior, voy sumando tantos para restarle posibles lectores a este libro. A veces creo que, más que reseñas, escribo anti-reseñas. Nada más lejos de mi intención disuadir a alguien de leer a Agota Kristof, pero creo que, entre otras muchas cosas, las reseñas están para dar una idea de lo que se puede o no encontrar en un libro y luego ya que cada cual decida si leerlo o no. Creo también que La analfabeta es un librito que puede hacer las delicias de muchos lectores; que Claus y Lucas, además de una obra inclasificable y una experiencia única de lectura, es un libro para lectores exigentes; que Ayer y este No importa que nos ocupa son libros para ese pequeño grupo de lectores que gustamos de las rarezas, a los que no nos importa quedarnos con la sensación de no saber muy bien qué estamos leyendo o qué hemos leído, que somos capaces de releer un mismo fragmento reiteradamente y descubrir cada vez un significado nuevo e incluso opuesto al anterior, que disfrutamos tanto más de lo que no entendemos que de lo que entendemos.

¿Qué similitudes he encontrado entre Ayer y No importa? Bendita desmemoria que me permite vivir las cosas como por primera vez. Pocas experiencias hay más plenas que la del descubrimiento. Así, descubro en mi reseña sobre Ayer un fragmento de esa novela que ni al releerlo recordaba haber leído. Es un diálogo. Parece sacado de un sueño. Hay un niño observando la luna. Hay un interlocutor que declara amar al niño y que le pregunta qué mira en la luna. El niño responde que no es la luna lo que contempla sino el futuro, y se disgusta cuando el adulto le dice que él viene del futuro y que el panorama dista mucho de ser el halagüeño que el niño ve. Y no, no recuerdo haber leído ese fragmento en Ayer, pero sí recuerdo haberlo leído en No importa. Lo he subrayado. Lo he seleccionado como probable cita para incluir en esta reseña, como en su día hice, sin recordarlo ahora, con ese diálogo contenido en Ayer. Son dos calcos. Tan solo difieren ligeramente al final. El resto de diferencias son achacables a distintas traducciones. Podéis comprobarlo vosotros mismos. El fragmento procedente del libro que nos ocupa lo reproduzco a continuación. El contenido en Ayer podéis leerlo aquí. Para facilitaros su localización y que no os tengáis que tragar toda la reseña os diré que está prácticamente a continuación de la fotografía de la cajita-nido para pájaros en un árbol en un bosque. No recordaba esa foto, pero ya veis que es cercanamente fiel a esa imagen devastada de paisaje desierto, árboles y pájaros que de esa novela ha permanecido en mí. Supongo que por eso la escogí.

«El hombre se le acerca.
—Te amo —dice— y siente como si fuese la primera vez que pronuncia esas gastadas palabras.
El niño lo observa fijamente con mirada severa.
—Pequeño —dice el hombre—, ¿por qué miras la luna?
—No miro la luna —contesta el niño un poco irritado—. No miro la luna, miro el porvenir.
—¿El porvenir? —dice el hombre—. Yo vengo de allí y no hay más que campos muertos y cenagosos.
—¡Mientes, mientes! —grita el niño encolerizado—. ¡Hay luz, dinero, amor, jardines llenos de flores!
—Vengo de allí —repite despacio el hombre— y no hay más que campos muertos y cenagosos.
Entonces el niño le reconoce y se echa a llorar. El hombre se siente abochornado.
—Bueno, quizá es solo porque yo me fui.
—¿Ah sí? —dice el niño, sosegado—. Yo no me iré nunca».

El cuento de No importa al que pertenece el susodicho diálogo se titula La casa. La casa es un elemento recurrente en los cuentos de Agata Kristof, así como la dicotomía entre el irse y el quedarse y el martilleo constante del regreso. También son elementos recurrentes la ciudad y las calles. La prosa de Agota Kristof es seca, estoica, precisa como un bisturí al estar forjada a base de búsquedas en el diccionario, la aliada perfecta para las historias desesperanzadas y los personajes desalmados que retrata. No por ello, sin embargo, está exenta de belleza. Uno de los cuentos más bellos contenidos en este libro se titula, precisamente, Las calles. Narra la historia de un hombre que de niño se enamora de las calles de su ciudad. No se cansa de contemplarlas una y otra vez; bajo diferentes prismas, bajo diferente luz. Siempre descubre algo nuevo en cada una de ellas. Además de pasear incansablemente, también toca el violín. El día que le tocó presentar su composición frente a la clase «cerró los ojos. Por su violín desfilaban las calles de su ciudad con paradas frente a una casa admirable, frente a la belleza de una calle vacía, inolvidable. El crescendo de la soledad al recordar aquellas calles abandonadas, traicionadas. La nostalgia, la admiración sin límites por las calles amadas, un inmenso sentimiento de culpabilidad, un amor que había alcanzado la cima de la pasión. La sala de música estaba invadida por un amor obstinado, prosaico, pegado a la tierra de esa ciudad, un amor sensual, físico, casi obsceno. La rebelión de un cuerpo que no puede descansar en otra parte, la rebelión de unos pies que no pueden caminar por otra parte, el rechazo de unos ojos que no quieren ver otra cosa. Un alma encadenada a las paredes de esa ciudad única, los ojos pegados a las fachadas de las casas de esa ciudad única. Sabía que nunca se curaría de ese amor descabellado, contra natura, ¡nunca!» Los niños se ríen de él mientras toca. El profesor les increpa. El niño está tan absorto en su sentimiento y en su interpretación que no se percata de ello hasta que la melodía llega a su fin. Cuando le pregunta al profesor por qué se han reído, este responde que «Porque estaban incómodos. No podían soportar tu música… tu dolor». Incomodidad. Otra palabra disuasoria. Otra palabra de anti-reseña. También, para algunos lectores, una palabra-imán.


Los niños son otra constante en la obra de Agota Kristof. El niño como el yo que fuimos. El niño como el futuro que llega a cercenar el pasado que pronto seremos. El futuro como hijo de ese presente marchito y sin esperanza, pues. La rebelión, la rebeldía. Matar al padre. Las nuevas generaciones que siempre quieren cambiar el mundo, pero que terminan por repetir en bucle el mundo de sus padres, como la producción en serie que no se puede parar en una fábrica, como la inclemente rueda del tiempo que corre más rápido que nosotros y todo lo aplasta.

Otra cosa que no recordaba haber escrito y que he podido releer en mi reseña de Ayer justo antes de la reproducción de ese diálogo del niño que contempla la luna es esta: «Padres = Patria, no puedo evitar pensar en la analogía. Los personajes de Kristof son niños perpetuos malqueridos por la patria». Curiosamente, sí recuerdo algo que escribí al hilo de una lectura posterior a Ayer. Se trata de La hija del comunista, de Aroa Moreno Durán. Es lo siguiente: «Apátridas = sin patria. Patria significa país del padre. Nunca se me había ocurrido pensar en ese origen etimológico». Ya veis que sí se me había ocurrido pensarlo. Ya veis lo caprichosa e incomprensible que es mi memoria.

Algunos de los niños e hijos de No importa:

El niño. Al niño de este relato le reprueban su conducta. Le reiteran que se porta mal. Sus padres le dicen que se avergüenzan de él porque es un maleducado. El niño se encapricha de una escopeta de juguete, pero no se la quieren comprar. «No es un juguete bonito», le dicen, cuando, «sin embargo», se lamenta el niño, «yo vi a mi padre en el servicio militar. Tenía una escopeta, una de verdad, para matar. Pero cuando vi escopetas bonitas para niños, escopetas de indios, para cazar, para jugar, dijeron que era un juguete muy feo y ¡me compraron una peonza! Estoy aquí, sentado al borde de la acera. Me levanto, me enfurezco, lloro, escupo, grito: —Sois unos maleducados, me avergonzáis: ¡decís mentiras, os hacéis los buenos! ¡Cuándo sea mayor os mataré!»

El canal. Un hombre. Sueña. Con una ciudad. Con un canal. «Morirás, caerás al canal y darás vueltas alrededor de la ciudad». El hombre persigue a un puma en su sueño. Es un puma que come almas. Lo persigue hasta que encuentra a un niño. «¿Y mi hijo?», le pregunta al puma en relación al niño. «Aquí está, detrás de ti, él es quien te ayudará», responde el puma. Pero el niño empuja por la espalda al hombre, que cae al canal. «El puma suspira: —Es así generación tras generación».

¿Dónde estás, Mathias? Este relato ya mencionado es el que cierra este libro y, si no me equivoco, el más extenso de los contenidos en él. Su protagonista se llama Sandor. Es un niño. O un adulto que revisita al niño que fue. O un hombre que no ha dejado de ser niño, como lo son a menudo los personajes de Kristof porque hay niños a los que no se les deja ser niños y que, por tanto, son desterrados de la infancia siendo así condenados a ser perpetuamente niños errantes. Y pienso ahora en la frase de Rainer Maria Rilke que dice que «La verdadera patria del hombre es la infancia». Y recuerdo sin temor a equivocarme (y no lo hago) que recurrí a esa frase en mi reseña de la novela de Valerie Fritsch Jardín de Invierno. Y no deja de sorprenderme que ese detalle se haya fijado en mi memoria cuando ni he vuelto a leer a Valerie Fritsch ni a saber de ella ni de ningún otro libro suyo, ni tampoco Jardín de Invierno es un libro que haya acudido a mi memoria en lecturas posteriores a las suya, como me ocurre a menudo con otros. Eso sí, conservo de él una impresión devastadora y bella, con sabor a mermelada y con una azotea abierta al aire y con pájaros que en esta ocasión no comen ojos. Lo que no conservo en mi memoria es que uno de los nombres del protagonista de Ayer es, precisamente, Sandor. Otra sorpresa con la que me he encontrado al volver a mi reseña de esa novela. Otro Sandor, como os venía contando, es el protagonista de ¿Dónde estás, Mathias?, un relato muy Agota Kristof, un cuento casi tan críptico como mi memoria, pero, aun así, repleto de significado, como repleto de significado está también este pequeño fragmento de ese cuento que os dejo a continación:

«—Yo también tenía un hijo.
—¿Murió?
—No, creció.
—Claro —dijo Mathias—, tiene que recorrer la vida.
—¿La vida? ¿Por qué? Yo la he recorrido y no he encontrado nada.
—Es que no hay nada que encontrar —contestó Mathias—. Nada.
—Estás tú, Mathias. He vuelto por ti.
—Pero yo, lo sabes muy bien, no soy más que un sueño. Tienes que aceptar eso, Sandor. No hay nada. En ninguna parte».

No hay nada. En ninguna parte. Y por ello nada importa. Ese es el pesimismo que destila la obra de Agota Kristof.

No importa es el título de la edición que de estos cuentos de Agota Kristof he leído. Da igual es la elección de título para la más reciente edición de 2021 de estos cuentos a cargo de Alpha Decay y con traducción de Rubén Martín Giráldez. Esa editorial tiene, además, el tino —a mi entender— de ilustrar la cubierta de este libro con un árbol cuasi solitario de ramas desnudas. Y complementa el título elegido con el subtítulo de los veinticinco cuentos despiadados de Agota Kristof. Sí, se decante el lector por una u otra edición, son veinticinco los cuentos reunidos en este libro. Parecen muchos, pero, en realidad, se trata de un libro corto de apenas un centenar de páginas, ya que son breves los cuentos que este alberga, alguno de ellos incluso muy breves. No importa, el cuento que da título a esa edición más añeja que yo he leído y que supongo que en la de Alpha Decay se haya traducido como Da igual, es uno de los más breves. En él puedo leer lo siguiente: «Eran dos en el tranvía. Uno hacía sonar la campana, el otro hacía los agujeros. No había nadie para bajar en la parada final. Sin embargo, ahí es donde se detienen todos los tranvías. Tampoco había nadie para subir. No importa». Y es que el tren es otro de los elementos recurrentes en estos cuentos. El segundo de ellos se titula, precisamente, Un tren hacia el norte y narra la historia de un hombre que, al abrazarse a su perro para despedirse de él al intentar marcharse, se convierte en estatua; un hombre al que «nadie se atreve a decirle que ya no hay trenes hacia el Norte, que ya no hay trenes hacia ninguna parte».


Si yo tuviera, sin embargo, que elegir de entre estos veinticinco cuentos uno solo que representara ese sentimiento de que nada importa (me acaba de venir a la memoria al escribir esto el Nada de Janne Teller), de que todo da igual, me decantaría, en cambio, por Pienso. El narrador de ese relato ha dejado de esperar. Ni siquiera sabe qué buscaba. «No tenía ni idea. Pero pensaba que la vida no podía ser solo eso, que era lo mismo que nada, la vida tenía que ser algo, y yo esperaba que ese algo sucediera, incluso lo buscaba». Pero, desde que ha empezado a pensar que no hay nada que esperar, se queda sentado en su habitación sin hacer nada. «Pienso que afuera hay una vida, pero en esa vida no sucede nada. Nada para mí. A los demás a lo mejor les pasan cosas, es posible, pero eso ya no me interesa». Ya nada le interesa y por eso apenas limpia porque para qué levantarse de la silla si nada importa. La suciedad se acumula; también los malos olores, pero está tan acostumbrado a ellos que no los nota. «Solo pienso que si por casualidad entrara alguien… Pero ese «alguien» no existe. Nadie entra». Lo que sí entra de repente en ese hombre es la sensación de que existe otro hombre idéntico a él pero que es a la vez una versión mejorada de sí mismo. Esa imagen le impresiona tanto que le hace levantarse e ir al fregadero a vomitar. El fregadero se atasca y el hombre toma así conciencia de la inmundicia en la que vive rodeado, lo cual le impele a salir «a la calle para olvidar, paseo como cualquier otra persona, pero no hay nada en las calles, solo gente, tiendas y nada más», hasta que se detiene «en la acera de espaldas a un gran almacén, miro cómo la gente entra y sale y pienso que los que salen deberían quedarse adentro y los que entran deberían quedarse afuera, eso ahorraría bastante movimiento y bastante cansancio. Sería un buen consejo para darles, pero no escucharían. Así que no digo nada, aprovecho el calor que sale de la tienda porque las puertas están constantemente abiertas y me siento casi tan bien como hace un rato, sentado en mi habitación».

Otro hombre solitario que piensa demasiado es el de Los números incorrectos, uno de mis cuentos favoritos (tal vez mi cuento favorito) de este volumen. Es un hombre que disfruta de esas llamadas en las que el que llama se equivoca al marcar el número (o, quizás, como reza el título del relato, tiene un número incorrecto) y lo llama por error. Pues bien, una de esas llamadas desemboca en una cita con una desconocida. No puedo evitar aquí acordarme de la novela corta Domicilio desconocido de un viejo conocido de la blogosfera literaria como es Gerardo Vázquez. Ambos relatos, si bien siguen por derroteros completamente diferentes, parten de una premisa muy similar. Y, sin embargo, y curiosamente, regreso a mi reseña de Domicilio desconocido y lo primero que me encuentro es una cita que habla del automatismo, de ser como piezas de un engranaje, parte de una cadena de montaje, escribo yo a continuación, como la de esa fábrica en la que trabajó la propia Kristof recién exiliada a Suiza, como la fábrica de Ayer, como esa otra (o tal vez siempre la misma) del relato La muerte de un obrero en la que para ese obrero hospital y fábrica son lo mismo, ese relato en el que leo: «No, no estabas solo. Erais seis o siete al borde de la muerte. Igual que en la fábrica. Tampoco estabas solo, erais veinte o cincuenta haciendo el mismo gesto un día tras otro. Y en el hospital, como en la fábrica, no teníais nada que deciros unos a otros. Tú pensabas que los demás dormían o que ya estaban muertos. Los demás pensaban que tú dormías o que ya estabas muerto. Nadie hablaba, tú tampoco. Ya no querías hablar, solo querías acordarte de algo pero no sabías de qué. No había nada de que acordarse. La fábrica se había llevado tus recuerdos, tu juventud, tu fuerza, tu vida. Solo te dejó el cansancio, el cansancio mortal de cuarenta años de trabajo». El protagonista de Gerardo Vázquez es más valiente (aunque de algún modo también se esconde, pues, otra vez curiosamente, hay en esa novela cierto juego de identidad) que el de Agota Kristof porque, como he dicho, ambas historias son muy diferentes. Y, sin embargo, en el párrafo que escribí inmediato a esa primera cita que he comentado de mi reseña de Domicilio desconocido me encuentro con que escribí lo siguiente: «Nos come el hastío, nos llena el vacío». Pues bien, el protagonista de Los números incorrectos es, además de cobarde, tímido. Se me ocurre ahora que la timidez es una forma de cobardía, lo cual como gran tímida que soy no me deja muy bien parada. Se me ocurre también que la timidez es un gran obstáculo que vencer y que enfrentarse a él es un acto de valentía, lo cual me consuela solo en parte. El hombre tímido, para acudir a la cita con la desconocida se compra «unos vaqueros y un jersey grueso negro. El vendedor me dice que me queda muy bien, pero no estoy acostumbrado. También voy a la peluquería. Me proponen un champú colorante. Me dejo hacer, castaño oscuro; no importa, si sale mal no iré. Pero no sale mal. El pelo me queda de un bonito castaño, salvo que no estoy acostumbrado. Vuelvo a casa, me miro en el espejo. Pasan las horas, sigo mirándome en el espejo. Y el otro, el desconocido, también me mira. No me gusta. Es mejor que yo, más guapo, más joven, pero él no es yo. Yo era peor, menos guapo, menos joven, pero estaba acostumbrado». Y la costumbre —se me ocurre también ahora— tal vez sea algo más difícil de vencer que la timidez. La costumbre es un colchón, aunque un colchón puede tener los muelles rotos y estar lleno de chinches. Podemos salir a comprar uno nuevo, pero es que el viejo ya conoce de memoria nuestro cuerpo y es por ello que nos resulta cómodo. Y así está nuestro tímido, ansiando un colchón nuevo pero temiendo la renuncia del viejo; deseando la luz del foco y aliviado bajo la opacidad y el disimulo que procuran las sombras; reivindicando la propia existencia y reafirmándose a su vez en el anonimato.


Nada importa, todo da igual porque el paso del tiempo es inexorable y somos sus indefensas víctimas. Así, el protagonista de El ladrón no es otro que el tiempo. Así, del relato La gran rueda quiero compartiros el siguiente fragmento:

«Tenías miedo de nacer y ahora tienes miedo de morir.
Tienes miedo de todo.
No hay que tener miedo.
Es solo que hay una gran rueda que gira. Se llama Eternidad.
Yo hago girar la gran rueda.
No debes tener miedo de mí.
Ni de la gran rueda.
Lo único que puede dar miedo, que puede hacer daño, es la vida y tú ya la conoces».

Agota Kristof conocía la vida. Agota Kristof conocía el daño que esta podía hacer. Tal vez por ello no tuvo miedo de tocar los temas que tan habituales son en su obra.

A Sandor, el niño de ¿Dónde estás, Mathias? (vuelvo de nuevo a este relato que, como ya os he dicho, es muy Agota Kristof), le duele, en cambio, esa indiferencia. «Hubiera preferido una bofetada, para gritar. Para hacer ruido. Se puso a insultar a su padre pero su padre nunca se enfadaba, no se ofendía en absoluto. Uno no puede ofenderse cuando tiene otras cosas que hacer», comenta al poco de comenzar el cuento. Igualmente, del sueño del que despierta en ese comienzo dice que «era aburrido. Ni siquiera era una pesadilla. Su sueño era una isla desierta. Una isla verdaderamente desierta donde no hay nada que hacer».

Hay más cuentos en No importa que los que he comentado. No puedo detenerme en todos ellos, pues para no saber cómo hablaros de este libro han ido saliendo más cosas de las que esperaba, pero sí puedo sobrevolar aún por alguno más para que os hagáis una idea más concreta de lo que os podéis esperar de esta lectura. Así, os encontraréis en ella a la mujer que se despierta en El hacha para descubrir que su marido se ha caído de la cama mientras dormía y se ha clavado un hacha en la cabeza; al huérfano de El buzón que ansía una carta que nunca llega para huir después del deseado remitente; a la esposa abnegada y al marido ufano de La invitación; al hombre de El campo al que la mudanza junto a su familia en busca de tranquilidad parece gastarle una broma; al padre de familia que es abandonado por esta en El producto; o a la mujer de Mi padre que quisiera llevar los restos de su progenitor recién fallecido a algún lugar más querido por él de aquel en el que le han enterrado, pero que no sabe dónde porque su padre nunca paseó con ella cogidos de la mano por ninguna parte.

El último cuento en el que me quiero detener se titula El escritor. Su protagonista y narrador es un hombre que se ha retirado de todo para escribir la gran obra de su vida. Él es un gran escritor, pero todavía no ha escrito nada. Espera y espera a que surja un tema que esté a la altura de su talento «Y, mientras espero», nos cuenta, «sufro evidentemente la soledad, y el hambre también, a veces, pero confío en que con ese sufrimiento tal vez llegue a un estado de ánimo que me permita descubrir un tema digno de mi talento. Por desgracia el tema tarda en aparecer y la soledad me pesa cada vez más, el silencio me rodea, el vacío se propaga, y eso que mi casa no es muy grande. Pero esas tres cosas horribles —la soledad, el silencio y el vacío— revientan el techo, estallan hasta las estrellas, se extienden hasta el infinito y ya no sé si es lluvia o nieve, foehn o monzón».

Agota Kristof no esperó. Tenía el talento. Tenía el tema para canalizar ese talento; a saber: esa soledad, ese silencio, ese vacío. Tenía la falta de patria que es un idioma desconocido. Tenía la patria perdida que es, como se dice en Mi casa, «una casa que nunca tuve, o que está demasiado lejos como para que me acuerde, porque aquello no era realmente mi casa, no lo fue nunca». Tenía esa otra patria que es la memoria y que olvida, que mezcla, que fusiona, que crea imágenes poderosas, que abre caminos insospechados. Tenía, bajo su pose de escepticismo, no solo la constatación de que todo da igual sino el suficiente sufrimiento acumulado como para mostrar que el dolor que es la otra cara de la nada sí importa. Tenemos, para engañar a la gran rueda y no dejar que experiencias vitales como la suya terminen sumidas en el canal, sus libros.

Bendita memoria que no me ha dejado olvidarme de volver a leer a Agota Kristof.






Ficha del libro:
Título: No importa
Traductora: Julieta Carmona
Editorial: El Aleph
Año de publicación: 2008 (2005)
Nº de páginas: 104
ISBN: 978-84-7669-822-8





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Comentarios

  1. Ya sabes que me entusiasmó Klaus y Lucas. tan solo he vuelto a la autora con La analfabeta que también me gustó mucho, aunque menos por no ser novela. Ayer no no he leído, pero está hace mucho en mi lista de pendientes. No importa me atraía menos por ser relatos, pero tras leerte creo que no lo puedo dejar pasar. Me gustan esos juegos de espejos de Klaus y Lucas; ese juego con la identidad, la dualidad. Todo eso que mencionas así como esa sensación de no saber muy bien qué estás leyendo, pero sentir a la vez que no puedes dejar de leer. Casas, niños; casas para refugiarse del exterior y niños esa patria que, en efecto, es la infancia en la que refugiamos nuestro interior que se ha ido demoliendo con el tiempo.
    Anoto el libro y espero no tardar demasiado en leerlo.
    Un beso.

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    1. Yo leería primero Ayer por eso de ser novela. Para lectores que no priman la novela sobre el relato creo que da un poco igual, pero para los que, aun leyendo cuentos en alguna ocasión, preferís la novela, creo que es mejor probar primero con Ayer. Es una novela mucho más extraña que Claus y Lucas, más inhóspita, menos agradecida. Los cuentos de No importa, aunque como comento tienen puntos comunes con el resto de libros que he leído de Agota Kristof, están más en sintonía con el estilo de Ayer, amén de que no son el tipo de cuentos que recomendaría para quien no lee habitualmente relatos. Nada más lejos de mi intención disuadirte de que vuelvas a leer a Agota Kristof, aunque pueda parecer lo contrario, pero en tu caso leería primero Ayer y si te gusta, pues a por No importa.
      Besos

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    2. Gracias por la recomendación, Lorena. la tendré en cuenta. No en vano, vamos conociéndonos y sabiendo de nuestras preferencias literarias.
      Otro beso.

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  2. Como bien dices, Lorena, Agota Kristoff es una autora no apta para todo tipo de lectores, exige lectores tan exigentes como ella, lectores que no se amilanen ante la primera dificultad, el primer símbolo, lenguaje críptico o elemento onírico no descifrado.
    En tu bárbara (por magnífica y por extensa) reseña vas entretejiendo los otros títulos de la escritora encontrando elementos comunes con cuentos de "No importa"; también aludes a títulos de otros autores. Por el nihilismo inherente a muchas de las obras y cuentos de Kristoff recuerdas "Nada" de Jane Teller. A mí me has hecho recordar el hermoso y nihilista poema de José Hierro titulado 'Vida' que entre otras muchas cosas dice («Qué más da que la nada fuera nada / si más nada será, después de todo, / después de tanto todo para nada.»).
    Sobre el hecho de releer libros abordados hace años y las opiniones escritas en esas fechas por nosotros sobre lo que nos parecieron coincido totalmente contigo. Y lo hago porque ahora mismo acabo de pasar por una experiencia similar: he releído "Plegarias atendidas" de Capote y la verdad es que recordaba poco de ella aunque sí guardaba como una impresión , un leve fogonazo. Lo que ocurre es que yo sobre este libro en su día, ya bastante lejano, nada escribí, pero la sensación de revisitar y ver si el envejecimiento de la obra y del lector han sido buenos y lo que es más difícil coincidentes, es una experiencia más que interesante.
    Deberías de pensar muy seriamente, Lorena, en la publicación en papel de algunas de tus reseñas. Son excelentes, son auténticas 'tesinas' o ensayos sobre obras que muchos amantes de la lectura ni siquiera conocen y de saberlo es fácil que no sepan interpretarlas. Anímate.
    Un aplauso más grande esta vez que otras, si es que eso es posible.
    Besos y besos

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    1. Tengo un vago recuerdo de que has leído Ayer, Juan Carlos. Pero, bueno, si se me olvida lo que yo leo y escribo como para acordarme de lo que leen y escriben los demás, jaja. Bromas aparte, si mi memoria es certera y además de haber leído Ayer te gustó esa novela, pienso que los cuentos de No importa también han de gustarte.
      Yo releo muy pocas veces. Las veces que he releído un libro han sido porque en su momento no me gustó, no lo entendí o me dejó fría y sin embargo siento que en el momento presente sí podría gustarme y sacarle partido. A los libros que me han gustado mucho, sin embargo, me da miedo volver. Temo que no signifiquen tanto para mí, que no me toquen tanto como cuando los leí por primera vez. Luego están las grandes obras inagotables, esas de las que somos conscientes que descubriríamos nuevas cosas con una relectura, que incluso interpretaríamos de manera diferentes, pero en muchos casos ya ha supuesto tanto esfuerzo la primera lectura que una segunda da pereza y, además, con tanto por leer... También están esos libros que han gustado mucho y que no asomaron por el blog (como en tu caso ese Plegarias atendidas de Capote), en su mayoría por haber sido leídos antes de que este existiera. Y sí, alguna vez me he planteado releer alguno de ellos solo por reseñarlo, pero siempre he terminado descartando la idea. Es cierto que se olvida mucho de los libros leídos, a veces casi todo, quedando tan solo impresiones. Pero ese tan solo es mucho. Es sinónimo de permanencia. Y el tiempo, más que lo que se pueda opinar de un libro que acabamos de leer, es el mejor juez.
      Mis reseñas, aunque no en papel, ya están aquí publicadas: libres, independientes, en abierto, gratuitas, sin publicidad, lo más cuidadas que sé y que puedo,... Aquí están para los que os animáis a leerlas, que sois bien poquitos (eso me pasa por dispersa y por enrollarme como una persiana, vamos, por escribir antirreseñas, jaja). No está en mi ánimo, como te he respondido alguna vez, ni creo que lo vaya a estar nunca buscar otro medio o canal para ellas y, sinceramente, tampoco le veo viabilidad al proyecto. Igualmente agradezco que las valores tanto.
      Los versos de José Hierro que nos regalas son preciosos y desoladoramente certeros.
      Besos

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  3. ¡Hola Lorena!
    entiendo todo lo que cuentas sobre las relecturas y los recuerdos de lo leído. Fíjate que yo decidí comenzar mi blog por varias cosas, pero entre ellas por recordar lo que había leído y mis impresiones sobre la lectura, a veces releo mis reseñas para recordar lo que me transmitieron los libros.
    Lo que nunca hago es releer libros, siento en mi caso que es una pérdida de tiempo (pero eso no quiere decir que considere que releer es perder el tiempo, también os entiendo a las personas que releéis, perfectamente. Pero no me llama la atención volver a algo ya leído por mas que me hubiese gustado muchísimo. Con las pelis me pasa similar, aunque menos, porque sí he visto varias veces algunas de mis preferidas
    A esta autora la tengo en mente desde hace tiempo, así que a ver si me pongo con ella
    Besos

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    1. Como digo, rara vez he releído libros. Y yo tampoco lo considero una pérdida de tiempo. Lo que me gustaría es tener más tiempo para leer. Tal vez así me animara más con las relecturas. Y también soy más proclive a volver a ver una peli que ya he visto que a leer un libro que ya he leído.
      Te animo con Claus y Lucas, Marian.
      Besos

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