La analfabeta - Agota Kristof

Cómo sería no leer. En qué desierto nos encontraríamos. En qué jauría, tal vez, rodeados de palabras ininteligibles.

«Leo. Es como una enfermedad. Leo todo lo que me cae en las manos, bajo los ojos: diarios, libros escolares, carteles, pedazos de papel encontrados por la calle, recetas de cocina, libros infantiles. Cualquier cosa impresa».

Leo. Es como una enfermedad. Y no me refiero solo a los libros de los que hablo aquí. Con esos soy más selectiva. No puedo evitar, en cambio, que mis ojos se posan sobre cualquier texto que encuentren en su camino y, cuando me doy cuenta, de manera inconsciente, ya estoy leyendo. Leo propagandas, prospectos médicos, hasta las letra pequeña que nadie lee. Me reconozco en Agota Kristof. Leo. Cualquier cosa impresa o en pantalla. Es como una enfermedad.

Recuerdo cuando aprendí a leer. La monja del colegio que cuando me la encontraba por los pasillos, cursos después, me recordaba y presumía de haber sido ella quien me había enseñado a leer. Recuerdo que nos contaba historias sobre las letras aunque no las historias en sí. Recuerdo los libros de lectura del colegio.

No recuerdo, en cambio, el primer libro que leí yo sola. No fui consciente de ese milagro. Conocí el milagro antes de entender el significado, antes de que me fuera dada la revelación.

¿Cómo sería ese recuerdo, esa consciencia? Me imagino que debe de ser algo así como encontrarse con el mar por primera vez. Pero nací y crecí en una ciudad con mar y también me perdí ese otro milagro. Soy una privilegiada: la lectura y el mar me fueron dados sin habérmelos ganado.

Agota Kristof nació en un país sin mar y a otro país sin mar huyó. En uno aprendió a leer. En el otro vivió el milagro de aprender a leer. Ella sí se ganó ese milagro.

«Sé leer, de nuevo sé leer. Puedo leer a Victor Hugo, Rousseau, Voltaire, Sartre, Camus, Michaux, Francis Ponge, Sade, todo lo que quiera leer en francés y también a autores no franceses, pero traducidos, como Faulkner, Steinbeck, Hemingway. Todo está lleno de libros, de libros comprensibles, por fin, también para mí».

Agota Kristof explica su desazón por haber perdido la capacidad de leer de la siguiente manera: «Cinco años después de haber llegado a Suiza, hablo francés, pero no lo leo. Me he convertido en una analfabeta. Yo, la que sabía leer cuando tenía cuatro años». 

La ausencia de lectura no es el único desierto que ha de atravesar la escritora húngara. Su lengua materna, esa que matará la francesa, su lengua enemiga, por tanto, según sus propias palabras, no es la única patria que pierde. Solo que, al contrario que la lectura, esas otras patrias no las recuperará.

«Aquí es donde empieza el desierto. Desierto social, desierto cultural. A la exaltación de los días de la revolución y de la huida le siguen el silencio, el vacío, la nostalgia de los días en los que teníamos la impresión de participar en algo importante, histórico quizá: el mal del país, la falta de la familia y de los amigos.
Esperábamos algo al llegar aquí. No sabíamos qué esperábamos, pero ciertamente no era esto: jornadas de trabajo tristes, veladas silenciosas, esta vida solidificada, sin cambios, sin sorpresas, sin esperanza.
Desde un punto de vista puramente material vivimos un poquito mejor que antes. Disponemos de dos habitaciones en vez de una. Tenemos bastante carbón y suficiente comida. Pero si tenemos en cuenta lo que hemos perdido, es evidente que lo pagamos demasiado caro».

La analfabeta es un relato autobiográfico en el que Agota Kristof, a través de once breves pinceladas, nos narra los acontecimientos que más marcaron su vida. Siempre me ha intrigado el hecho de que la autora escribiera en una lengua que no era la materna y que, además, tanto le costó aprender siendo ya adulta. Me ha fascinado más aún el hecho de que tenga un estilo tan limpio, tan conciso, tan medido, con una elección tan precisa de las palabras. Cuando escribe este libro (cada uno de los textos que lo componen, en realidad, que inicialmente fueron publicado en una revista, tal y como cuenta la escritora en 2007 en esta entrevista para Babelia) Kristof ya lleva treinta años hablando francés, ya ha alcanzado el éxito como escritora y su obra ha sido traducida a varios idiomas, sin embargo, admite no ser capaz de escribir sin recurrir al diccionario. Como ella misma se responde cuando se pregunta cómo se hace uno escritor, «uno se hace escritor escribiendo con paciencia y obstinación, sin perder nunca la fe en lo que se escribe».

«En primer lugar, hay que escribir, naturalmente. Luego, hay que seguir escribiendo. Incluso cuando no le interese a nadie, incluso cuando tenemos la impresión de que nunca interesará a nadie. Incluso cuando los manuscritos se acumulan en los cajones y los olvidamos para escribir otros».

Con todo esto que os estoy contando y con lo muchísimo que me gusta Agota Kristof este librito tenía que ser un caramelito para mí. Aun así, es una lectura que descarté inicialmente al saber de ella y que luego he estado postergando durante varios años. La descarté porque la propia Kristof me disuadió de leerla al no mostrarse satisfecha con ella. La rescaté por lo bien que la consideran otros lectores. Mi reciente reencuentro con Sara Mesa me dio el empujón final para llegar finalmente a ella.

En La analfabeta Agota Kristof habla de su soledad, de su desarraigo, de su tristeza. Tales son, además, los temas alrededor de los cuales orbita toda su obra. Kristof perdió la patria de su país, la de su familia de origen, la de su lengua, y todo ello la marcó profundamente. Es este un libro, por tanto, triste, que conmueve a ratos porque la autora consigue pellizcarnos y con la mínima expresión, transmitiendo muchísimo con muy poco, lo cual es su mayor virtud. También tiene, sin embargo, momentos felices, como la ya narrada recuperación de la capacidad de leer, los primeros trabajos en Suiza que fueron de su gusto o el recuerdo de aquel castigo compartido con su hermano mayor en la infancia en el que este, de manera pícara, le mostrara su afecto y solidaridad.

Kristof nos cuenta cómo de pequeña pensaba que la húngara era la única lengua que existía en el mundo. Como descubrió luego el alemán, el idioma que para ella era sinónimo de ocupación. Como la invadió después el ruso. Como el francés le llegó por obligación.

«No he escogido esta lengua. Me ha sido impuesta por el destino, por la suerte, por las circunstancias.
Estoy obligada a escribir en francés. Es un desafío.
El desafío de una analfabeta».

Nos cuenta como, antes de saber escribir, ya inventaba historias. Como le tomaba el pelo a su hermano pequeño con sus invenciones. Como más tarde, cuando vivió en un internado, comenzó a escribir de noche para desatar su tristeza. Como aprovechaba las horas muertas en la fábrica en la que trabajó cuando llegó a Suiza para escribir poemas.

Precisamente ese trabajo en esa fábrica y los primeros años que pasa en Suiza me trasladan a su novela Ayer, la que Kristof considera su obra más autobiográfica. Sobre El gran cuaderno, la primera de las tres novelas que componen su genial Claus y Lucas, y la obra que le otorga el reconocimiento como escritora, nos cuenta el germen de su concepción.

La analfabeta carece del onirismo de Ayer y de la inventiva y el juego de espejos de Claus y Lucas. Supongo que es por ello, entre otras cosas, por lo que su autora renegaba en cierta manera de ella. En mi opinión, Kristof era injusta consigo misma.

«Sé que nunca escribiré el francés como lo escriben los escritores franceses de nacimiento, pero lo escribiré como pueda, lo mejor que pueda», nos cuenta también Kristof en La analfabeta. Y, bueno, yo no leo francés, solo traducciones, pero pienso que la literatura francesa debe sentirse honrada de contar con esta húngara entre sus ilustres letras. Lo que es el mal de unos siempre es el bien para otros.

«¿Cómo habría sido mi vida si no hubiera dejado mi país? Más dura, más pobre, pero también menos solitaria, menos rota; quizá feliz.
De lo que sí estoy segura es que hubiera escrito lo que fuera en cualquier lengua».

Palabra cumplida de analfabeta.

Los Libros, Diccionario, Francés, Idioma, Palabras. Fotografía de OrnaW





Ficha del libro:
Título: La analfabeta
Traductor: Juli Peradejordi
Editorial: Obelisco
Nº de páginas: 78
Año de publicación: 2006
ISBN: 84-9777-332-2





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Comentarios

  1. ¡Hola Lorena!! No quiero ni pensar como sería para mi no leer, impensable..., yo no sé que sería de mi vida sin la lectura, es muy importante. Lo de esta autora, pues eso de tener que aprender de nuevas un idioma distinto al tuyo, al que conoces desde que naciste, pues debe ser duro, aunque por otro lado la envidio, yo que me he pasado toda la vida queriendo leer en inglés (y tarea imposible del todo). Pero seguro que es fácil ponerse en su lugar y entender todo lo que nos cuenta. Me pongo a pensar que quizás en esos tiempos no era fácil encontrar libros para leer en todos los idiomas y en todos los lugares, hoy en día no le hubiera resultado complicado poder leer en su idioma al salir de su país
    Tengo a esta autora en mente desde que leí tu reseña de Claus y Lucas, de hecho lo pedí en la biblioteca para que se comprara, pero nunca llegó
    Un beso!

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    1. No lo queremos ni imaginar, Marian.
      Debe de ser una sensación horrible estar rodeados de esa ininteligibilidad. Siempre he admirado profundamente a la gente que parte de cero en un país extraño, máxime cuando desconocen el idioma. Admiro también a la gente que domina otros idiomas a nivel bilingüe. Yo he leído alguna vez libros en inglés pero no consigo disfrutar de la lectura como en español. Así que hace años que ni lo intento. Me encomiendo a la tan inestimable y tan poco reconocida labor de los traductores.
      Con la venta online la autora lo hubiera tenido ahora mucho más fácil. Como escritora, en cambio, misión imposible que sin tener un un nombre hecho te tengan en cuenta escribiendo en un idioma extranjero.
      Ojalá algún día puedas conseguir Claus y Lucas. Es una genialidad.
      Besos

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  2. No recuerdo cuándo ni cómo aprendí a leer. Lo primero que recuerdo es estar sentada a la mesa de la cocina de mi abuela leyéndole textos de mi cartilla de párvulos. Tampoco recuerdo cuál fue el primer libro merecedor de ese nombre que leí. Y al igual que tú, no recuerdo haber conocido el mar. debía de tener trece o catorce meses cuando me llevaron por primera vez a Gijón. Parece que que conocí el mismo mar que tú y, al igual que tú, sin saber que lo conocía.
    Sigo sin leer Ayer. Como te dije en el comentario de la reseña que le hiciste, prefería empezar por Claus y Lucas y así lo hice. No creo que nada de la autora, me llegue a gustar tanto como esa trilogía. Pocas cosas de cualquier autor me causarán el asombro y la fascinación que me produjo esa obra.
    La analfabeta me gustó mucho, pero no la considero novela. Son pequeños apuntes en los que la autora nos resume su vida y sus afanes con el exilio y el lenguaje. Toda una maravilla en pequeñas cápsulas.
    A ver si me decido ya con Ayer.
    Un beso.

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    1. Yo tampoco considero La analfabeta una novela. De hecho, Kristof escribió los textos que la componen para publicarlos en una revista y no con la intención de que constituyeran un libro.
      Los tres libros que he leído de la autora son diferentes pero a la vez todos tienen su sello inconfundible. En todos está esa maravillosa prosa que consiguió a base de tesón y también el dolor y desarraigo de sus vivencias personales. Pero es cierto que es difícil, y no solo para ella sino para cualquier otro autor, conseguir lo que consiguió con Claus y Lucas. Es una obra única.
      Sería hermoso recordar, ya no ese primer libro con el que conseguimos juntar letras, sílabas, palabras y frases, sino ese otro que comenzó a inocular en nosotras el venenillo por la lectura.
      Besos

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  3. No he leído aún nada de la autora. Tengo su trilogía apuntada pero ahora me tientas con esta autobiografía, que creo me haría disfrutar más de sus novelas.
    Besotes!!!

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    1. La trilogía de Claus y Lucas es fantástica, difícil de superar. Esta tiene la ventaja de que se lee en un suspiro y de que te ofrece la ventaja de tener una muy buena toma de contacto con la autora y con los temas que acostumbra a tratar en su obra. Luego, si te gusta, pues ya continuas con otros libros.
      Besos

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