Moby Dick o La Ballena - Herman Melville

«Pero, ya se sabe, el mundo está lleno de perseguidores de la totalidad, algunos de una valía y valor incalculables, como Herman Melville, que es en quien pienso cuando me paseo por el mundo de los rastreadores del Todo. Siempre he pensado que en Moby Dick trazó una inmensa metáfora de la inmensidad, de la inmensidad de nuestra oscuridad».

Montevideo, Enrique Vila-Matas



«Llamadme Ismael. Hace unos años —no importa exactamente cuántos—, teniendo poco o ningún dinero en mi bolsa y nada especial que me interesara en tierra, pensé navegar un poco y ver la parte acuática del mundo. Es una manera que tengo de ahuyentar el hastío y regular la circulación. Siempre que se me empieza a mal torcer la boca; siempre que en mi alma es un desolado y lloviznoso noviembre; siempre que me descubro a mí mismo deteniéndome involuntariamente ante las funerarias y yendo a la cola de todos los entierros con los que me tropiezo; y, en especial, siempre que mi neurastenia me ataca de tal modo que se requiere un fuerte principio moral para evitar que intencionadamente salte a la calle y metódicamente le quite a la gente el sombrero de la cabeza… entonces es cuando considero que ha llegado el momento apropiado para hacerme a la mar lo antes posible. Éste es mi sustitutivo de la bala y la pistola. Con filosófica floritura, Catón se deja caer sobre su espada; yo, tranquilamente, me embarco. No hay nada sorprendente en ello. Aunque ni siquiera se den cuenta, casi todos los hombres, a su modo, en uno u otro momento, albergan poco más o menos los mismos sentimientos hacia el océano que yo».

Casi todos los hombres, a su modo, en uno u otro momento, albergan poco más o menos los mismos sentimientos hacia el océano que —llamémosle— Ismael. Para ilustrar esta idea, nuestro narrador de bíblico nombre —abundantes serán en esta novela que hoy os traigo tanto las referencias como los nombres bíblicos, no en vano su autor, bautizado en el calvinismo, fue un gran conocedor de la Biblia debido al severo protestantismo que profesaba su familia—, para ilustrar esa idea —como iba diciendo— ese narrador pasa a continuación de esas palabras a recrearse en el comportamiento de centinela u oteador del mar que todos, incluso los hombres y mujeres de tierra adentro, llevamos dentro. Y es que no hace falta ser un aguerrido marinero para intuir el peligro de las profundidades marinas, para empequeñecernos ante la ira de la superficie oceánica, para dejar perderse la vista en el horizonte e intentar escrutar el abisal piélago. Tampoco es necesario ostentar esa condición para imbuirnos de la calma que las llanuras oceánicas transmiten, pero concedamos que los que habitan esa isla que es toda embarcación que ha cortado todo amarre a tierra viven en primera persona lo que para otros solo es espejismo. No obstante, «para un hombre meditativo y soñador, es delicioso. Allí estás, a cien pies sobre las silenciosas cubiertas, avanzando a grandes pasos sobre las profundidades, como si los mástiles fueran zancos gigantes, mientras por debajo de ti y, como si dijéramos, entre tus piernas, nadan los mayores monstruos del mar de la misma manera que una vez navegaron los barcos entre las botas del famoso Coloso de la antigua Rodas. Allí estás, perdido en la infinita secuencia del mar, nada hay rugoso salvo las olas. El barco adormilado se mece, indolente; soplan los somnolientos vientos alisios; todo incita a la molicie. En esta vida ballenera del trópico, una sublime monotonía te arropa durante la mayor parte del tiempo: no oyes noticias; no lees gacetas; los números extraordinarios con alarmantes informes de vulgaridades nunca te inducen a emociones innecesarias; no oyes hablar de aflicciones domésticas, ni de seguros de quiebra, ni de caída de valores; nunca te preocupa la idea de qué tendrás para cenar… Pues todas las comidas de los próximos tres años, y más, están adecuadamente almacenadas en barriles, y la factura de tu alimentación es inmutable».

Lo que sí es mutable, sin embargo, es el mar en sí mismo. Bien lo saben los marineros. Un barco en alta mar no parece, pues, buen lugar para hombres meditativos y soñadores. No, no parece un ballenero como el Pequod lugar adecuado para fantasear y obviar los monstruos marinos que nadan bajo uno. Más bien se me antoja un lugar para hombres más de acción que reflexivos y donde sin duda ha de hacer falta valentía, que no temeridad, pues «la valentía más fiable y útil es la que surge de la correcta estimación del peligro encontrado», mientras «que un hombre temerario en grado sumo es un camarada mucho más peligroso que un cobarde». No es de extrañar, pues, escuchar en esta novela a Starbuck, primer oficial del Pequod, decir: «No llevaré hombre en mi lancha [...] que no tenga miedo a una ballena».

Pero no me digáis que Ismael, que precisamente es en el Pequod donde está próximo a embarcarse, no parece, a tenor de su propia presentación, un hombre meditativo y soñador. Lo que sí os digo yo es que a mí Ismael se me antoja un alter ego de Herman Melville, autor de la novela de la que me dispongo a hablaros, pero ese es otro tema en el que no voy a indagar para no encallar esta reseña. Lo que sí os digo en su lugar es que en un barco —y más en un ballenero del siglo XIX— entre muchas cosas que hacer, también ha de haber mucho tiempo para reflexionar, y de entre las muchas vivencias buenas y malas que ha de proporcionar el mar, serán muchas las que han de constituir carne de reflexión. Os digo, pues, que entre los marineros, con toda su habitual fama de hombres rudos, se esconden muchos poetas y filósofos. Y me acuerdo al escribir esto de Nikos Kavadías. Y pienso, en relación a todos aquellos que por no adentrarnos en el mar estamos abocados a colmar nuestra fascinación por él sumergiéndonos en las páginas de grandes y pequeños libros, en obras más o menos conocidas en las que he dado en fondear. Así, a bote pronto, pienso en La guardia, pienso en Océano Mar, pienso en El mar indemostrable, pienso en Lord Jim. Pero lo que también pienso es que aun con los pies en tierra y la vista en ese otro horizonte que es la línea negra sobre el papel blanco no nos queda otra que terminar de vérnoslas a solas con el mar, pues, como escribe Herman Melville en esta otra novela que nos ocupa ahora, «el hecho es que vosotros, libros, debéis saber cuál es vuestro lugar. Nos dais las palabras y los hechos desnudos, pero nosotros venimos a aportar los pensamientos». Allá, pues, cada cual con sus pensamientos. Allá cada cual con lo que venga a aportar a esta novela. Allá cada cual con lo que haga con esa ballena blanca llamémosla Moby Dick. Allá cada cual con su leviatán y «que Dios os ayude, [...], vuestros pensamientos han creado una criatura en vos y de aquel cuyo intenso pensar de ese modo hace de él un Prometeo, un buitre se alimenta por siempre de su corazón; ese buitre es la propia criatura que él crea».

Pero, tranquilos, aún quedan páginas para vernos cara a cara con el buitre, con ese monstruo marino cuyo resople es un canto de sirenas con reminiscencias a criatura ancestral, a mito universal, a epopeya legendaria. Aún quedan mares y océanos que surcar. Tened paciencia, oh, intrépidos marineros, y no tengáis prisa por culminar tamaña gesta, «pues todos los hombres trágicamente grandes llegan a serlo por una cierta morbidez. Convenceos de esto, oh, joven ambición, toda mortal grandeza no es sino enfermedad».

Por el momento, estamos aún al inicio de esta novela, con un Ismael a punto de embarcarse rumbo a una larga travesía ballenera. Pero no ha de iniciar nuestro narrador la aventura en cualquier parte, no, sino que no está dispuesto a partir de otro lugar que no sea Nantucket, en donde se encuentra el puerto ballenero por excelencia. Es mientras se dirige allí que conoce a Queequeg, un caníbal de allende los mares que se encuentra en un mundo en las antípodas del suyo porque quiso conocer a los cristianos y aprender de ellos para hacer así a su gente todavía más feliz y mejor de lo que era y terminó, sin embargo, por descubrir que el mundo «es un mundo perverso en todos los meridianos».

Nantucket, Massachusetts, alrededor de 1896-1901. Fotografía de nha.library sin restricciones conocidas de derechos de autor.

La inesperada amistad que se forja entre Ismael y Queequeg es entrañable, así como cómica es la situación en la que entablan conocimiento uno del otro. La comicidad es algo con lo que Herman Melville nos irá obsequiando en esta obra, y las alusiones al hermanamiento entre hombres de diferentes culturas y religiones será también una constante a lo largo de toda ella, no en vano en la tripulación del Pequod, el navío en el que están a punto de embarcar tanto Ismael como Queequeg, tal y como suele ocurrir con «los muchos miles de hombres a proa de mástil empleados en la pesquería de la ballena americana, no hay uno de dos nacido en América, aunque prácticamente todos los oficiales lo son. En esto ocurre lo mismo tanto en la pesquería de ballena americana como en el ejército americano, y en la armada y en la marina mercante americanas, y en los destacamentos de ingeniería empleados en la construcción de los canales y ferrocarriles americanos. Lo mismo, digo, porque en todos estos casos los americanos nativos aportan con largueza el cerebro, proporcionando los músculos el resto del mundo con la misma generosidad». Lo cual, obviamente, no ha de significar que ese resto del mundo que no es ese trozo de América que se ha erigido a sí mismo en beneficiario del gentilicio de todo un continente no tenga cerebro con el que contribuir con largueza a cualquier hazaña. Permitámosle, pues, a Melville lo que, más que un alarde de chovinismo, considero una irónica constatación de una realidad de su tiempo que me temo no se distancia en demasía —y aquí podría sustituirse esa porción de América en la que nació el autor por muchos otros países occidentales— de la realidad actual. Perdonémosle también las veces que alardea de la superioridad de la pesca ballenera estadounidense, especialmente respecto a la inglesa, y tengamos en cuenta que, tal y como explica Fernando Velasco Garrido, que además de traductor corre a cargo de la introducción de la edición que de esta novela he leído, el buque insignia de la producción literaria de Herman Melville nació auspiciado por el propósito de «escribir una obra que expresara la nueva cultura propia y original de los Estados Unidos de América. [...]. Era ésta una idea que parecía justificada por la pujanza y la originalidad que la nación había mostrado en prácticamente todos los campos de la actividad humana. Sólo la creación artística había permanecido anclada en un mezquino provincialismo respecto a Europa, sin reflejar aún —casi setenta y cinco años después de su constitución— el espíritu de la» nueva nación cuyo proceso de formación «era considerado por gran parte de sus habitantes como poco menos que un nuevo inicio en la historia de la humanidad». Agradezcámosle, por tanto, a Herman Melville no su ambición, que bien podría haberse quedado en un quien mucho abarca poco aprieta, sino la amplitud de miras con que la llevó a cabo y el fruto de ello resultante. Y permitidme a mí darle la vuelta al dicho y aventurar que, precisamente por no apretar cada una de las varillas del gran abanico que muestra en esta novela y que ahora mismo se me antojan varillas de corsé de esas que antaño tenían su origen en barbas de ballena, por no apretar esas varillas —digo— sino expandirlas en todo su esplendor y dimensión, consigue abarcar un espectro diametral.

«Uno a menudo oye hablar de escritores que se enaltecen y se hinchan con su tema, aunque pueda parecer un tema meramente vulgar. ¿Qué, entonces, ocurrirá conmigo, al escribir sobre este leviatán? Inconscientemente mi caligrafía se expande a mayúsculas de cartel. ¡Dadme la pluma de un cóndor! ¡Dadme el cráter del Vesubio como tintero! ¡Amigos, sujetadme los brazos! Pues en el mero acto de poner sobre el papel mis pensamientos sobre este leviatán, éstos me agotan, y me hacen desfallecer con su rebosante abarcabilidad de ámbito, como si incluyeran el círculo total de las ciencias, y todas las generaciones de ballenas, y hombres, y mastodontes, pasados, presentes y por venir, junto con todos los giratorios panoramas de dominio sobre la tierra, y a través de todo el universo, sin excluir sus suburbios. ¡Tal y tan engrandecedora es la virtud de un magno y expansivo tema! Nos dilatamos hasta su mole. Para producir un libro colosal, debes elegir un colosal asunto. Jamás podrá escribirse un volumen grandioso y perdurable sobre la mosca, aunque muchos haya que lo han intentado».

Permitidme, también, discrepar con Herman Melville respecto a que una mosca no pueda ser asunto colosal que inspire un colosal libro.

El Essex fue un ballenero de Nantucket que fue embestido y hundido por un cachalote en el océano Pacífico en 1820.
Herman Melville se inspiró en este suceso para escribir su conocida novela.
El dibujo, en dominio público, es obra de Thomas Nickerson.

Llamadme Isamel, reza el mítico comienzo de Moby Dick o La ballena, pero, sin embargo, no es ese el comienzo de tan colosal libro. Que levante la mano quien haya leído Moby Dick y no se haya saltado las páginas de epígrafes balleneros que anteceden el inicio de esta novela, quien no haya resoplado cual cachalote ante los extractos aportados por un ayudante de ayudante de bibliotecario. «Se verá» —nos advierte el autor ante los mismos— «que este simple esforzado escarbador y hormiga, pobre diablo de ayudante de ayudante, parece haber recorrido los largos vaticanos y los puestos callejeros de la Tierra, escogiendo cualesquiera aleatorias alusiones a ballenas que de todo modo pudiera encontrar en cualquier libro que fuese, ya fuera sagrado o profano». Se verá —concluyo yo tras dar cuenta de mi travesía en pos de la ballena blanca— que Herman Melville es, como me pronosticó hace un año Enrique Vila-Matas en Montevideo, un rastreador del Todo. Se verá que entre esos perseguidores de la totalidad de los que el mundo está lleno Herman Melville pertenece a los de una valía y valor incalculables.

Herman Melville es, pues, al igual que mi idolatrado Mircea Cărtărescu, un escritor del Todo. Y, al igual que al leer Nostalgia esta que aquí escribe se declaró lectora del Todo, vuelvo nuevamente a hacerlo tras haber leído Moby Dick. Reconozco, además, que, a menudo, y apelando a vuestras paciencias, que para leerme han de ser mayores que —ya que estamos hablando de una obra plagada de referencias bíblicas— las del santo Job, me vengo arriba y aspiro a ser reseñadora del Todo. Cómo no va por tanto esta insignificante técnica auxiliar de biblioteca con contrato relevo con fecha de caducidad a simpatizar con ese ayudante de ayudante de bibliotecario. Imaginaréis, pues, que no puedo levantar mi mano. Sospecharéis —y haréis bien en hacerlo— que he leído religiosamente todos y cada uno de los epígrafes balleneros sin saltarme ni una página y sin soltar ni un solo resoplido.

Quienes esperen, pues, encontrar en Moby Dick una novela de aventuras se descubrirán en cambio pensando a menudo que en lo que se han aventurado es en un tratado de cetología. Quienes, a tenor de lo leído en los primeros capítulos, hayan identificado a Ismael como protagonista de la aventura tendrán, una vez que el Pequod haya soltado amarras, que conformarse con un personaje que apenas aparece anecdóticamente y cuya principal función es hacer de narrador. Y, aunque no negaré haber echado de menos al Ismael de las primeras páginas, así como sus correrías con el bueno de Queequeg, he de decir que ese conformarse no es poco porque esa voz narrativa es mucho.

Vishnu in his incarnation as Matsya (fish) to save the sacred
books.
Gouache painting on mica by an Indian artist.
Wellcome Collection. Public Domain Mark.
Una vez a bordo del Pequod, la trama que es su travesía avanza lentamente; tanto que casi parece haberse detenido. Las olas que surcamos podrían resultar arduas si no fuera porque el patrón que nos guía es experto en instrumentos de navegación y, recurriendo a ese signo de puntación tan actualmente en desuso que casi parece estar en vía de extinción que es el punto y coma, consigue convertir en transitable lo que podría haber dado en convertirse en una enrevesada narración encumbrada sobre largas frases de endiablada sintaxis, y en la que lo que, a mi entender, más puede echar por la borda al lector, amén de ese ya mencionado lento avance de la trama durante gran parte de la novela, son las numerosas y variadas (y no solo bíblicas) referencias en muchos casos me temo que no captables para un lector actual no erudito, entre los cuales me incluyo, aunque no por ellas ni la historia ni lo que su autor pretende decir dejan de ser comprensibles. Por lo demás, ahí estamos, los músculos ya marcados y la piel tostada y disfrutando de ese nada despreciable semi reposo en cubierta cuando, alcanzado aproximadamente el cuarto final de esta novela, avanzamos ya por fin viento en popa a toda vela arrastrados por la aún no mencionada venganza del aún no mencionado Ajab, el huraño, furibundo y oscuro capitán del Pequod. Hasta ese momento, la estancia en el ballenero se ocupa mayoritariamente, aun siendo salpicada aquí y acullá por lo que va sucediendo en la embarcación y con la tripulación, de capítulos dedicados al insondable arte de la pesca ballenera y, especialmente, a las aún más impenetrables especies de cetáceos que desde tiempos inmemoriales surcan los mares con protagonismo estelar —como no podía ser de otra manera— del cachalote —que, «científico o poético, no vive entero en publicación alguna. Muy por encima de todas las otras ballenas cazadas, la suya es una vida no escrita» y parece que por ello Herman Melville la pretendiera escribir—, pues no a otra especie sino a la del cachalote pertenece ese leviatán albino, ese monstruo marino cercenador de hombres que es Moby Dick.

«Ya que he asumido ocuparme de este leviatán, me corresponde mostrarme omniscientemente exhaustivo en la tarea», leo en esta novela, y no seré yo quien ose negarle exhaustividad a ese llamémosle alter ego de Herman Melville que nos ilustra sobre tal magnífica —y no solo por tamaño— criatura que es la ballena. Anatomía, fisiología, paleontología, mitología y representaciones artísticas balleneras se pasean por este libro. Pareciera que el autor hubiera querido alcanzar en él todo el saber enciclopédico en torno a las ballenas. Si la CDU —permitidme el guiño a ese ayudante de ayudante de bibliotecario— abarca el conocimiento universal, el saber ballenero contenido en esta novela bien podría distribuirse por sus nueve clases ocupadas. Si la clasificación bibliográfica que es la Clasificación Decimal Universal, aun con su carácter decimal, facetado, jerárquico y sintético y con las posibilidades combinatorias que le infieren sus signos auxiliares de adición, extensión y relación, deja vacante una de sus diez clases en previsión de que esta pueda albergar nuevas ramas del saber que puedan surgir en un futuro, igualmente nuestro narrador deja su «sistema cetológico así inacabado ahora, lo mismo que quedó la gran catedral de Colonia, con la grúa todavía alzada sobre la cumbre de la incompleta torre. Pues las pequeñas erecciones pueden ser terminadas por sus primeros arquitectos; las grandiosas, auténticas, siempre dejan el sillar de la clave a la posteridad. Dios me guarde de completar nunca nada. Este libro sólo es un bosquejo… No, sólo es el bosquejo de un bosquejo. ¡Oh, tiempo, fortaleza, dinero, y paciencia!» Para ser perseguidor del Todo hay que ser consciente de que ese Todo no se puede abarcar en su totalidad o al menos barruntar que una sola vida y un solo hombre no bastan para tamaña empresa.

No me duelen prendas admitir que así como eché de menos a Ismael como protagonista igualmente añoré después el abandono de tanta erudición ballenera; en fin, toda ganancia ha de tener aparejada una pérdida y todo avance ha de dejar algo atrás. Tampoco reniego de confesar que me he encontrado en más ocasiones de las que debería —so riesgo de no terminar nunca esta lectura— buscando imágenes o intentando confirmar informaciones o anécdotas balleneras. Llamadme loca, llamadme friqui, pero toda lectora del Todo que se precie de serlo ha de tener un punto de curiosidad y dispersión. Además, no estoy sola en mi friquismo. Buscando las imágenes correspondientes a las representaciones artísticas balleneras citadas en cierto capítulo de Moby Dick, hete aquí que me encontré con algo que me facilitó mucho la tarea y que, por si hay algún friki más en la sala, os dejo aquí.

Pintura de Ambroise Louis Garneray representando una escena de la pesca de una ballena.
Fotografía de Szilas in Nantes History Museum bajo licencia CC BY-SA 4.0 DEED.

Cabe recordar que Moby Dick se publicó por primera vez en 1851 y que, obviamente, los relatos acerca de las «investigaciones en las historias leviatánicas» en ella contenticos atienden a las creencias y conocimientos naturalistas de la época, aunque también a las muy particulares apetencias del autor de esta novela por boca de su narrador. Pero, qué queréis, la hace décadas estudiante de Biología que aquí escribe (tengo curriculum variopinto, como podéis observar; qué menos esperar de una lectora de la totalidad como yo) a un rastreador del Todo como Herman Melville le perdona hasta que mande a paseo a Linneo, el cual, «en su Sistema de la Naturaleza, 1776 d.C., [...] afirma: «Por la presente separo las ballenas de los peces»». Pues bien, por la presente novela que inspira esta reseña «una ballena es un pez de cola horizontal que lanza un chorro. Ahí la tenéis. Por muy compendiada que sea, esa definición es el resultado de una amplia meditación». Ahí me la como (la definición, que no el pez, pues menuda indigestión). Ahí me como también una nueva clasificación taxonómica de las especies del infraorden de los cetáceos basada exclusivamente en su tamaño. Me lo como porque esto es una novela y, como le he leído hace escasos días a Álvaro Enrigue —el cual tardará muy poco en volver a asomar por este blog—, «en las novelas [...] todo, hasta la ortografía, sirve al relato». Pues bien, en esta novela que nos ocupa hasta las incorrecciones científicas juegan a favor de obra, y, además, hay que hacer notar que quien las comete no es por ignorancia o negligencia, así como que no esconde su intencionado error.

Algún día —y si vuelve a venir a cuento— tal vez escriba sobre los cladogramas, esa representación de los árboles filogenéticos que bien podrían compartir características con la CDU y que si bien no clasifican como esta el saber universal sí hacen lo propio con los seres vivos, entendiéndose aquí por vivo todo lo que ha tenido vida en alguna de las eras del tiempo geológico. Por el momento, quede aquí constancia de mi reciente veneración y fascinación por las ballenas en general y por el cachalote en particular. Y, ahora, viremos rumbo hacia lo que espero termine por ser destino final de esta reseña. Allá en el lejano horizonte lo diviso. Tenedme paciencia, marineros.

«¡Sí, sí! Fue esa maldita ballena blanca la que me cercenó; ¡hizo de mí un pobre hombre apuntalado por siempre jamás! [...] Y antes que renunciar a ella la perseguiré más allá de Buena Esperanza, y más allá de Hornos, y más allá del Maelstrom de Noruega, y más allá de las llamas de la perdición. ¡Y para esto es para lo que habéis embarcado, marineros! Para cazar a esa ballena blanca a ambos lados de tierra, y por todas las partes del mundo, hasta que su chorrear sea negra sangre y voltee la aleta fuera. ¿Qué decís, marineros, ayustaréis por ello ahora las manos? Creo que tenéis aspecto valiente».

Ilustración de I. W. Taber para la edición de Charles
Scribner's Sons de Moby Dick.
Trabajo en dominio público.
Sí, yo también lo creo. Y espero que así sea, pues para eso hemos embarcado, marineros; para dar caza a esa ballena blanca, pues ella, Moby Dick, es, tal y como rezan los alternativos títulos de esta novela, la auténtica protagonista de esta aventura. La tarea es ardua; los peligros, grandes; los presagios, funestos. Jamás ha habido en los libros o fuera de ellos lucha más titánica que la del hombre contra sí mismo. Así, pues, os presento a los dos contrincantes: a un lado del cuadrilátero, el capitán Ajab, con su ponzoñosa alma oscura: del otro, la inmortal ballena blanca cuyo nombre puebla las historias y pesadillas de los balleneros. El uno y la otra positivo y negativo de una misma radiografía humana. Y es que, por mucho que Herman Melville concibiera esta historia como una novela que habría de abrir el camino a una literatura estadounidense con entidad propia, la misma no hubiera llegado a lo que hoy es de no ser por su cualidad de universal. No faltan en ella, por tanto, variadas alusiones a la condición humana. En lo que respecta a Ajab, su alma oscura no es sino un alma atormentada, y la fortaleza con la que envuelve su tosco carácter y su inquebrantable propósito de dar caza a la ballena no esconde sino la fragilidad que nace del dolor y de la obsesión. No es de extrañar, por tanto, la insólita conexión que se dará entre Ajab y el pobre Pip, uno de los miembros de la tripulación del Quepod y que se revelará como un negativo fotográfico del alma de Ajab. No en vano, de esa extraña pareja otro de los tripulantes llegará a comentar: «Ahí van ahora dos enajenados [...]. Uno enajenado de vigor, el otro enajenado de debilidad». Y es que Ajab, aun con todo su vigor, vive preso, y ese compañero de celda que es también muro y que él mismo ha creado le carcome él corazón. Como él mismo se explica: «¿Cómo puede el prisionero llegar al exterior, sino atravesando la pared por la fuerza? Para mí, la ballena blanca es esa pared, acercada a empujones hasta mí». Sí, no hay nada como una obra universal para revelarnos los claroscuros del alma humana, nuestros soles, nuestras brumas, nuestras profundidades oceánicas, nuestros descensos, hundimientos y, con suerte, nuestras resurrecciones y mantenimientos a flote.

«Sin embargo, el sol no oculta la Ciénaga Siniestra de Virginia, ni tampoco la aborrecible Campagna romana, ni el vasto Sahara, ni todos los millones de millas de desiertos y de pesares bajo la luna. El sol no oculta el océano, que es el lado oscuro de esta tierra, y que constituye dos terceras partes de esta tierra. Así es, por tanto, que el mortal que albergue en sí más alegría que pena, ese mortal no puede ser sincero… no es sincero o es retrasado. Con los libros sucede lo mismo. El más sincero de todos los hombres fue el varón de dolores, y el más sincero de todos los libros, el de Salomón, y el Eclesiastés es el fino acero batido del dolor. «Todo es vanidad.» Todo. Este pertinaz mundo no ha asimilado todavía la sabiduría del pagano Salomón. Pero aquel que evita hospitales y cárceles, y que anda deprisa al cruzar los cementerios, y prefiere hablar de ópera que del Infierno; el que llama a Cowper, Young, Pascal, Rousseau, pobres diablos todos, hombres enfermos; y a lo largo de una vida sin preocupaciones invoca a Rabelais como extremadamente listo y, por tanto, jocoso… Ese hombre no es apto para sentarse en lápidas mortuorias y traspasar el verde y húmedo musgo junto al insondablemente extraordinario Salomón.
Mas incluso Salomón dice: «El hombre que se aparte del camino de la comprensión permanecerá (i. e., mientras aún vivo) en la congregación de los muertos». No cedáis entonces ante el fuego, no sea que os haga virar, que os consuma, como entonces me hizo a mí. Hay una sabiduría que es desdicha; pero hay una desdicha que es locura. Y en algunas almas hay un águila de las montañas Catskill que igual puede descender hasta las más negras quebradas que surgir de ellas de nuevo y hacerse invisible en el soleado espacio. E incluso aunque por siempre vuele dentro de la quebrada, esa quebrada está en las montañas; de manera que aun en su más bajo vuelo, el águila de montaña todavía está más alta que otros pájaros en la planicie, incluso cuando se remontan a lo alto».
Basilosaurus cetoides, ilustración de Dmitri Bogdanov bajo
licencia CC BY 3.0 DEED. El Basilosaurus es un
género extinto de cetáceos arqueocetos. Es el primer
cetáceo grande en aparecer en el registro fósil y una
pieza clave en el estudio de su evolución.
En cuanto a la ballena, mucho sobre ella se ha escrito en este libro. Por su aceite no pocos hombres han muerto para alumbrar a otros muchos. No pocas ballenas se han matado en aras del beneficio y comodidad humana. Tal vez, la temible y mítica Moby Dick, más que un mortífero leviatán, no sea sino un animal defendiéndose, superviviendo, luchando, en fin —y como, inhalación a inhalación o resoplido a resoplido, hacemos todos—, por sobrevivir. Pero, ah, Moby Dick no es un ser marino cualquiera. «Era la blancura de la ballena lo que me aterraba por encima de todas las cosas», confiesa Ismael al rememorar esta historia. Sí, esa misma blancura que tantas veces es sinónimo de belleza y pureza puede dar pavor y apelar a nuestros instintos más atávicos. Esa blancura que denota la totalidad del color se revela en ocasiones, nuevamente por negatividad fotográfica, como la absoluta ausencia del mismo y el más, por tanto, grotesco de los vacíos. Con tal irracional aversión por algo tan aparentemente cándido resulta que «aún no hemos resuelto el encantamiento de esta blancura, ni aprendido por qué con tanta fuerza apela al alma; y más extraño y mucho más portentoso… por qué, como hemos visto, es a la vez el símbolo más significativo de los asuntos espirituales, [...] y, sin embargo, ha de ser, como es, el agente intensificador en las cuestiones más terroríficas para la humanidad. [...] cuando consideramos esa otra teoría de los filósofos naturales, que todas las tonalidades terrenales —cada elegante o encantador ornato—, las dulces veladuras de los cielos y los bosques vespertinos, sí, y los metalizados terciopelos de las mariposas, y las mejillas de mariposa de las muchachas, todo ello no es sino sutil engaño, no inherente en realidad a la sustancia, sino sólo aplicado desde fuera; de manera que la entera deificada naturaleza se pinta toda ella como una mujerzuela cuyos encantos nada cubren salvo el osario que hay dentro; y cuando profundizamos y consideramos que el cosmético místico que produce cada una de sus tonalidades, el gran principio de la luz, permanece por siempre blanco o carente de color en sí, y que si operara sobre la materia sin nada que mediara, tocaría todos los objetos, incluso los tulipanes y las rosas, con su propio matiz vacío… ponderando todo esto, el universo paralizado yace ante nosotros como un apestado; y como los obstinados viajeros que en Laponia se niegan a llevar gafas coloreadas y coloreantes sobre sus ojos, así el miserable infiel mira el monumental sudario blanco que envuelve todo porvenir a su alrededor, hasta quedarse ciego. Y de todas estas cosas la ballena albina era el símbolo. ¿Os sorprendéis aún de la feroz cacería?»

¿Os sorprendéis aún del temor que inspira Moby Dick? Marineros de todo el mundo dicen de él que «era ubicuo; [...] que en verdad se le había visto en latitudes opuestas en un solo y mismo instante de tiempo». «No puede ser motivo grande de sorpresa que algunos balleneros fueran aún más lejos en sus supersticiones; declarando a Moby Dick no sólo ubicuo, sino inmortal (pues la inmortalidad sólo es la ubicuidad en el tiempo)». Como si la ballena blanca fuera una deidad: más vieja que el tiempo, más longeva que el último de nuestros descendientes. Tan pequeños e insignificantes somos. Ese es el hombre. Eso somos los hombres. ¡Oh, pobres seres mortales que no representamos más que una gota en el inmenso océano del tiempo!

El geólogo y paleontólogo Liborio Salomi en 1903 con el esqueleto recompuesto de un cachalote.
Fotografía en dominio público. Fuente: Archivo de la familia Salomi.

No vivió Herman Melville para disfrutar —siquiera llegar a saber— de la ubicuidad temporal de su ballena. En vida del autor, Moby Dick tan solo conoció cierta acogida en Reino Unido años después de su publicación. Tendría que pasar más tiempo para que Estados Unidos —el país natal de un escritor cuya literatura quiso elevar— reconociera la magnitud de esta obra. Herman Melville murió en 1891 a los setenta y dos años de edad siendo un escritor olvidado, hermanándose, por tanto, con ese ayudante de ayudante de bibliotecario que él mismo había creado y sobre el cual había escrito, cual si de un presagio se tratase: «adiós, pobre diablo de ayudante de ayudante, cuyo comentador yo soy. Vos pertenecéis a esa pálida y desahuciada estirpe que ningún vino de este mundo confortará jamás; y para la que incluso el jerez pálido resultaría demasiado rojizo y fuerte; mas con la cual a veces a uno le agrada sentarse, y sentirse pobre diablo también; y solidarizarse entre lágrimas; y decirles simple y llanamente, con ojos cargados y vasos vacíos, y con tristeza no del todo desagradable… ¡Abandonad, ayudantes de ayudantes! ¡Pues cuantas más y mayores molestias os toméis para agradar al mundo, tanto más y mayormente quedaréis por siempre sin agradecimiento!»

La ballena de Herman Melville volvió a resoplar tras la muerte de su creador y a expulsar aire por su espiráculo. Desde entonces, son muchos los marineros de tierra adentro que, desde todos los puntos cardinales, la han divisado, incluso en latitudes opuestas en un solo y mismo instante de tiempo, dando así fe de su ubicuidad. En cuanto a su inmortalidad, me temo que no podemos augurarle nada más allá del tiempo humano en la Tierra. Lo que sí le podemos vaticinar es que mientras el hombre siga luchando consigo mismo, mientras siga rebelándose contra su sino, contra esa incomprensible e inasible omnipotencia que nos ningunea y que algunos llaman Dios y otros no sabemos cómo llamar, no faltará quien, cual marinero vigía en su tope, grite el temido, conocido y a la vez buscado «¡allí resopla!» despertando nuestras más atávicas alarmas, pero permitiéndonos también contemplar el mundo y la vida en toda su majestad. 

«Dado lo cual, por todos estos motivos, consideramos la ballena inmortal en su especie, por muy perecedera que sea en su individualidad. Nadó en los mares antes de que los continentes partieran las aguas; en un tiempo nadó sobre el emplazamiento de las Tullerías, y el del castillo de Windsor, y el del Kremlin. En el Diluvio de Noé despreció el Arca; y si alguna vez el mundo vuelve a ser inundado, lo mismo que los Países Bajos, para matar a sus ratas, entonces la ballena eterna aún sobrevivirá y, alzándose sobre la cresta más alta del torrente ecuatorial, lanzará el chorro de su espumoso desafío a los cielos».

Jonás escupido por la ballena, grabado de Johannes Sadeler I.
Trabajo en dominio público. Fuente: LACMA Collections.





Ficha del libro:
Traductor: Fernando Velasco Garrido
Editorial: Akal
Año de publicación: 2012 (1851)
Nº de páginas: 752
ISBN: 978-84-460-3124-6





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Comentarios

  1. ¡Hola Lorena!
    Nunca me paré a pensar sobre eso que dices de que en un barco da para pensar mucho y que de marineros salieron poetas y escritores. No sabía que esta obra tenía su toque cómico, eso me encanta. Discrepo yo también con Melville respecto a lo de la mosca, he leído varios libros colosales inspirados en una mosca o en moscas
    Ya sabes que no es este tipo de novelas las que suelo elegir actualmente, pero me alegra que la hayas disfrutado
    Un beso

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    1. El mar, con su vastedad y su cualidad de insondable, me parece algo muy literario, y así me lo he encontrado en algunas novelas, como las que cito en la reseña. En cuanto a marineros-escritores, el mismo Melville estuvo embarcado; Joseph Conrad, además de marinero, hizo carrera en la marina inglesa; y Nikos Kavadías, uno de los más reconocidos poetas griegos, pasó gran parte de su vida en el mar. Probablemente estos tres ejemplos tuviesen suficiente talento por sí solos para convertirse en grandes escritores, pero no cabe duda de que sus vivencias marinas tuvieron gran influencia en su obra.
      Sí, ya sé que obras como esta no te van mucho, Y sí, la he disfrutado mucho.
      Besos

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  2. Este libro sé que nunca lo leeré. Me puede esa ambientación en el mar, en un barco ballenero. Esos epígrafes balleneros que mencionas. Esa trama que avanza lentamente si abandonar el mar que tanta claustrofobia me produce. Hay libros que sé que no y este es uno de ellos. Creo que es una asignatura pendiente que quedará pendiente por siempre. Pero tu reseña es magnífica.
    Un beso.

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    1. Los epígrafes balleneros del principio te los puedes saltar tranquilamente. En cuanto a la ambientación marina, creo sinceramente que las páginas dedicadas a la trama de la novela son menos que aquellas dedicadas a la ballena y creo también que estas últimas incluso pueden ser más disfrutables que las primeras. Pero nadie como uno mismo para saber qué libros son para uno o no, especialmente cuando se trata de libros extensos, como es el caso.
      En mi caso, hasta hace unos dos o tres años, nunca me había planteado leer esta novela, porque la consideraba de aventuras y no me llamaba la atención. No recuerdo ya qué fue lo que me hizo cambiar de opinión, pero me alegro mucho de haberlo hecho.
      Besos

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  3. No he leído esta novela por su extensión y estilo profundo y filosófico. Sí je leído de Melville su Bartleby donde aflora también su pensamiento filosófico. Sé que en Moby Dick hay más profundidad filosófica y pensamiento teológico. Sé que el transcendentalismo que el filósofo Ralph Waldo Emerson estableciera en Norteamérica por las fechas (algo antes, incluso) que la novela de Melville ve la luz llenará las mentes literarias de ese país -también de otros como Reino Unido- durante décadas. Pero sobre todo USA por eso que afirmas en tu reseña de querer los autores americanos fundar una literatura propia. Y lo hacen refugiándose en su inmensa Naturaleza que los lleva a un pensamiento teológico, panteísta, transcendente... Todo esto me parece interesantísimo desde el punto de vista teórico pero difícil de disfrutar en forma de literatura. Veo que tú la has disfrutado y me alegro; es más me dejas con la miel en los labios porque pienso que a lo mejor lo mío es un prejuicio y que, por qué no, podría disfrutar leyendo la historia del capitán Acab y de esta ballena blanca tanto como tú.
    Por ahora, querida Lorena, me conformo con haber disfrutado de esta reseña tuya. ¡¡Fantástica reseña!!
    Un beso grande

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    1. De prejuicios estamos todos llenos, hasta los que intentamos tener los menos posibles. Y yo sí creo que podrías disfrutar esta novela, Juan Carlos. No se la recomendaría a alguien que no tiene hábito de lectura o que no esté acostumbrado a leer cosas con enjundia ni tampoco a lectores que gusten de tramas trepidantes y con giros constantes. Ahora bien, para lectores con cierta paciencia y con cierto bagaje lector, no creo que la profundidad y complejidad de esta novela sea un hándicap para su disfrute. Muchas veces la fama de algunos títulos nos hacen pensar que son inasequibles para nosotros, cuando muchas veces no es así. Yo poco a poco me he ido quitando esos miedos y, con mayor o menor fortuna, no me está yendo nada mal. Eso sí, es una lectura que, entre otras cosas por su extensión, hay que cogerla con ganas. Y si no apetece, pues a por otra.
      Besos

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  4. Leí esta novela hace unos años y me costó terminarla. Las continuas digresiones, que además eran extensísimas me sacaban completamente de la historia. No la disfruté. Pero de lo que siempre disfruto es de tus reseñas y de tus amplios conocimientos. Me quedo siempre muy sorprendida. Un auténtico placer leerte.
    Besotes!!!

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    1. El conocimiento me lo dan los libros y cosillas en las que, movida por la curiosidad, me da por indagar. No sé cuánto hace que has leído esta novela, Margari. Yo de haberla leído hace unos años, no creo que la hubiera disfrutado ni valorado tanto. Ahora, aunque no niego que al principio me desconcertaron esas disgresiones que comentas por dejar en ocasiones literalmente aparcada la trama, realmente terminé disfrutándolas mucho.
      Besos

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  5. ¡¡Qué buena tu reseña Lorena :D !! No he leído está novela, pero sí sobre ella y me parece un tesoro por descubrir. Creo que como comentas es una historia con profundidad. Filosofía y psicología se funden con la relación que establece su protagonista con su obsesión por Moby Dick. Es fantástico leerte uno aprende y descubre muchas cosas. Un abrazo.

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  6. Lorena, tremenda reseña.
    ¿Pues qué te voy a decir? Qué análisis tan bueno. Qué bien me has llevado de nuevo a esta lectura. Obra que me costó pero que no se me borra de la mente; que me dejó fascinada a la par que cansada (no puedo negarlo). Una obraza que sé que voy a volver a leer, su simbolismo es brutal, su profundidad tremenda... No pasa por el lector sin dejar huella (y también pienso, como mencionas en otro comentario, que hay que tener cierta edad, bagaje lector y también un poquito de tesón y motivación para ponerte con ella y seguirla, porque es de las arduas de leer; pero cómo satisface su término y sentir que hay tanto ahí dentro).
    Un abrazo.

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    1. Yo tardé años en animarme a leerla. Supongo que las adaptacione para un público más juvenil que la tratan más como una novela de aventuras me daban a pensar que no era una lectura para mí. La verdad es que creo que es una novela muy adaptable; casi basta con quitarle los capítulos 'balleneros'. Pero también pienso que así pierde mucho y también parte de su esencia. Esto pasa mucho con muchos grandes clásicos y pienso que la mayoría de ellos es mejor leerlos de adultos, y no solo por el bagaje lector que cada uno pueda tener sino por la experiencia vital y la propia madurez que dan los años.
      Un abrazo

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