El Gatopardo - Giuseppe Tomasi di Lampedusa

No recuerdo la película de El Gatopardo aunque estoy casi segura de que la he visto. No tenía pensado leer la novela de di Lampedusa que la inspiró. Tampoco volver a visionar la tan famosa y aclamada adaptación cinematográfica de Visconti (lo he hecho pero con posterioridad a la redacción de esta entrada). Me bastaba la memoria de Maylis de Kerangal para compensar la mía, sus impresiones, esa descripción de lo que para ella representa esa película y especialmente la interpretación de Burt Lancaster con «ese movimiento basculante que acarrea el desmoronamiento del viejo mundo, el instante en que la aristocracia siciliana se tambalea; la mirada del príncipe se vela de melancolía, la muerte está próxima». La boscosa prosa de la francesa me embelesa siempre de tal manera que ni por asomo en aquel momento pudiera habérseme ocurrido que podría existir una versión más magnífica de la historia que cuentan tanto novela como película que la que ella me regala en ese pequeño gran libro que comparte título con parte del nombre del autor de El Gatopardo. Los caminos por los cuales algunas lecturas llegan a nosotros, sin embargo, son inextricables (como inextricables son los caminos que siguen las asociaciones de ideas de de Kerangal en su Lampedusa), y es por ello por lo que heme aquí, tres años después, encarando una entrada sobre este ilustre clásico italiano. Son varias las veces en las que me he encontrado, a lo largo de estos tres años, con alusiones sobre esta novela (especialmente sobre esa idea que contempla de que «Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie»); la última, sin ir más lejos, en mi lectura de El asesino tímido de Clara Usón. Supongo que todas ellas han contribuido a dejar las migas de pan para que recobrara el camino perdido hacia esta lectura.

En mi memoria, carente de toda fiabilidad, El Gatopardo de Maylis de Kerangal se concentra en el baile. Tras los últimos acontecimientos que amenazaban su condición, «las doscientas personas que componían «la buena sociedad» no paraban de reunirse, siempre las mismas, para felicitarse de que existieran todavía», y una de esas reuniones es el baile descrito en la sexta de las ocho partes de la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Con ese baile (el de la novela, no el mío ni el de de Kerangal), aparco la película y a la escritora francesa y comienzo a hablaros de esta novela.
«En aquel momento Angelica y Tancredi pasaban frente a ellos: la enguantada diestra del joven posada apenas en la cintura de la muchacha, los brazos tendidos y enlazados, las miradas sumergidas una en otra. El frack de él y el traje de ella formaban, así juntos, una extraña joya rosa y negra. Ambos ofrecían el más conmovedor de los espectáculos: tan jóvenes y enamorados, dejándose llevar por la música, cada uno ciego ante los defectos del otro, ambos sordos a las advertencias del destino, vanamente convencidos de que toda su vida discurriría por un camino tan liso como el suelo del salón; parecían actores principiantes a quienes el director les hiciera representar los papeles de Julieta y de Romeo sin decirles que en la obra figuran también la cripta y el veneno. Ninguno de los dos era bueno, ambos tenían sus intereses, tanto ella como él alimentaban secretas aspiraciones; pero resultaba agradable y enternecedor verlos bailar mientras sus turbias pero ingenuas ambiciones se iban esfumando entre las cariñosas, alegres palabras que él le musitaba al oído, el perfume que envolvía la cabellera de la joven, y el abrazo en que acababan fundiéndose sus cuerpos destinados a morir.
Los dos jóvenes ya se alejaban dejando paso a otras parejas, menos hermosas, pero tan enternecedoras como ellos, cada una sumergida en su propia y efímera ceguera. Don Fabrizio sintió que se le ablandaba el corazón: el desagrado se había transformado en compasión por aquellos seres fugaces que trataban de gozar del exiguo rayo de luz cuya gracia les había sido concedida entre las dos tinieblas: la que había precedido a la cuna y la que los arrebataría tras los últimos estertores. ¿Cómo podía uno ensañarse con quienes, sin duda, iban a morir? [...] Solo tenemos derecho a odiar lo que es eterno».
Tancredi es el carismático y adorado sobrino sin fortuna de Don Fabrizio. La hermosa Angelica (tal vez más su padre don Calogero Sedàra) es representante de la nueva clase emergente. Don Fabrizio es el Príncipe de la Salina, representante de esa clase privilegiada que se resiste a desaparecer. Poca resistencia, sin embargo, parece ofrecer ese príncipe inmortalizado para la imaginería popular por Burt Lancaster. Como él mismo manifiesta en un punto de esta novela, «en esta etapa decisiva para el futuro del estado italiano todos tenemos el deber de manifestar nuestra adhesión, para borrar cualquier imagen de discordia ante aquellos estados extranjeros que nos observan con un temor o una esperanza a la postre resultarán injustificados pero de momento son muy reales». Si bien, poco después puntualiza: «He hablado de “adhesión”, no de “participación”». Y es que el príncipe Fabrizio ni se resiste ni aspira a ser partícipe del futuro de ese recién nacido estado italiano. Tiene suficiente edad y experiencia para saberse «incapaz de engañarse a sí mismo, facultad imprescindible para cualquiera que se proponga guiar a los demás», y para reconocer que pertenece «a una generación infeliz, a caballo entre los viejos tiempos y los nuevos, que no se encuentra a gusto en estos ni en aquellos».

La novela de Tomasi di Lampedusa no comienza con el baile, por supuesto, sino por el desembarco en Sicilia de Garibaldi, paso clave para esa unificación italiana de la que un personaje secundario de esta novela dirá más tarde: «¿Ha estado Usted en el continente desde que se fundó el Reino? ¡Qué suerte la suya! Le aseguro que el espectáculo no tiene nada de bonito. Jamás hemos estado tan divididos como desde que nos hemos unido». El mismo autor de El Gatopardo, en una carta de su autoría recogida en el prefacio de Gioacchino Lanza Tomasi a esta novela, habla de este libro de la siguiente manera: «Te ruego también que lo leas con cuidado porque cada palabra ha sido pensada y muchas cosas no están dichas claramente, sino solo sugeridas. Me parece que tiene cierto interés porque muestra a un noble siciliano en un momento de crisis (que no está dicho que sea solo la de 1860), cuál es su reacción y cómo se va acentuando la decadencia de la familia hasta su desintegración casi total».

Efectivamente, la que el escritor italiano nos cuenta en El Gatopardo es una historia de decadencia y declive, y a través de sus páginas asistimos a un desmoronamiento social, familiar y personal. De estos tres, es el desmoronamiento de la clase social a la que pertenece la familia Salina el que más ha pasado a la posteridad con ese «Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie» que, tan perspicazmente, Tancredi le espeta a su tiazo, apelativo cariñoso con el que acostumbra a dirigirse al príncipe Fabrizio, y que ha dado origen al término político gatopardismo. Como concluirá don Fabrizio, «no nos queréis destruir a nosotros, vuestros “padres”; solo queréis ocupar nuestro puesto». Y es que pocas cosas hay en el mundo y en su historia más reaccionarias que una revolución. 

La novela destaca también por el retrato que se hace de la Sicilia de la época y de la idiosincrasia del pueblo siciliano. Me ha gustado especialmente la cuarta parte de la novela, en la que el caballero Aimone Chevalley di Monterzuolo, representante del nuevo gobierno italiano, acude a visitar a don Fabrizio para indagar si estaría dispuesto a aceptar un cargo como senador en el nuevo reino. Es en esa parte donde más podemos conocer su sentir como hombre de su posición y como siciliano.
«Los Sicilianos jamás querrán mejorar por la sencilla razón de que se creen perfectos; en ellos la vanidad es más fuerte que la miseria; toda intromisión de extraños, ya sea por el origen o —si se trata de Sicilianos— por la libertad de las ideas, es un ataque contra el sueño de perfección en que se hallan sumidos, una amenaza contra la calma satisfecha con que aguardan la nada; aunque una docena de pueblos de diversa índole hayan venido a pisotearlos, están convencidos de tener un pasado imperial que les garantiza el derecho a un entierro fastuoso. ¿De verdad cree usted, Chevalley, que es el primero que pretende encauzar a Sicilia en la corriente de la historia universal? ¡Quién sabe cuántos imanes mahometanos, cuántos caballeros del rey Rogelio, cuántos escribas de los suevos, cuántos barones de Anjou, cuántos legistas del Católico concibieron también esa hermosa locura! ¡Y cuántos virreyes españoles, cuántos funcionarios reformadores del reino de Carlos III! ¿Quién recuerda ahora sus nombres? Pero su insistencia fue en vano: Sicilia prefirió seguir durmiendo; ¿por qué hubiese tenido que escucharlos, si es rica, sabia, honesta, si todos la admiran y la envidian, si, para decirlo en una palabra, es perfecta?
Ahora también aquí andan diciendo, para acatar lo que han escrito Proudhon y un judío alemán cuyo nombre no recuerdo, que la culpa de que todo vaya tan mal, aquí y en otras partes, la tiene el feudalismo; es decir, yo, para el caso. Así será. Sin embargo, feudalismo ha habido en todas partes, y también invasiones extranjeras. Personalmente, Chevalley, no creo que sus antepasados, o los squires ingleses o los señores franceses hayan gobernado mejor que los Salina. Pero los resultados han sido diferentes. La razón de esa diferencia debe buscarse en el sentimiento de superioridad que brilla en la mirada de cualquier Siciliano, y que nosotros llamamos orgullo pero en realidad es ceguera. Por ahora, y por mucho tiempo, esto es así, ¡qué le vamos a hacer! Lo siento mucho, pero en el terreno de la política no puedo arriesgar ni un dedo porque me lo morderían. A los Sicilianos no se les puede hablar de estas cosas; yo mismo, si me las hubiese dicho Usted, las habría tomado a mal».
Le fils puni, óleo de Jean-Baptiste Greuze

Giuseppe Tomasi, príncipe asimismo de Lampedusa (el personaje de don Fabrizio está inspirado en uno de sus bisabuelos), hace gala en esta su única novela dentro de su escueta bibliografía de una gran agudeza, sutileza y caracterización de personajes. Por un momento me llega a recordar a Honoré de Balzac por esa disección del comportamiento y de la condición humana. Curiosamente, poco después de que este pensamiento se me pase por la mente, descubro a un Príncipe de Salina que, pese al rechazo siciliano a lo extranjero y lo nuevo y a la censura borbónica de la época, consigue leer un par de volúmenes del ilustre francés aunque «luego, disgustado, se había deshecho de ellos pasándoselos a un amigo por el que no sentía excesivo aprecio: eran, había dicho, el fruto de un ingenio poderoso, sí, pero también extravagante y con ciertas «ideas fijas» (hoy diríamos que era «monomaníaco»); juicio apresurado, como puede verse, pero no carente de agudeza».

Respecto a la trama de la novela, se va cociendo poco a poco y avanza con paso firme. Tengo a partir de cierto momento, sin embargo, la impresión de que podría haber dado más de sí y de que promete más de lo que finalmente materializa. Una vez finalizada y reposada la lectura se me desvanece esa impresión. Lo que se quiere decir en esta novela está dicho y la dimensión que alcanza está fuera de toda duda. El valor de los clásicos está en su permanencia y en su vigencia, y el desmoronamiento de esa clase noble a la que pertenece la familia Salina es plenamente actual (y aquí no puedo evitar sonreír al recordar cómo Irene Vallejo nos cuenta en El infinito en un junco que el concepto de lo que hoy entendemos por clásicos deriva del término latino para designar a la clase social mejor posicionada). Ya nos lo advierte el padre Pirrone, confesor y acompañante espiritual de nuestra noble familia, al decirnos que la nobleza «es una clase difícil de suprimir, porque en el fondo se renueva constantemente. [...] porque la nobleza no reside en los latifundios y los derechos feudales, sino en las diferencias». Dichas diferencias entre las condiciones de los individuos dentro de una misma sociedad bien pueden presumir también de permanencia y vigencia, y nunca falta quien tiene claro que hay que cultivar esas diferencias para que todo siga igual.
«Todo esto —pensaba— no debería durar; sin embargo, durará, durará siempre; el “siempre” humano, desde luego, un siglo, dos siglos…; luego será distinto, pero peor. Nosotros hemos sido los Gatopardos, los leones; quienes ocupen nuestro lugar serán los pequeños chacales, las hienas; y todos, Gatopardos, chacales y ovejas, seguiremos creyéndonos la sal de la tierra».



Ficha del libro:
Título: El Gatopardo
Prefacio de: Gioacchino Lanza Tomasi
Traductor: Ricardo Pochtar
Editorial: Edhasa
Año de publicación: 2009
Nº de páginas: 384
ISBN: 978-84-350-1038-2





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Comentarios

  1. ¡Hola! Me pasa como a ti, que estoy casi segura de haber visto la película de El Gatopardo (y más después de leerte), pero no recordaba nada de ella, también es verdad que hará mucho tiempo de ello.
    Respecto a la novela, no creo que acabe leyéndola, me quedo con la genial frase "Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie". Me alegra que ya reposada la novela, tu impresión de que le faltaba algo se haya desvanecido, pasa de vez en cuando, me ha pasado que acabas de leer y tienes una impresión predominante sobre algún aspecto del argumento o sobre la historia completa, pero que le das vueltas y más vueltas y la impresión cambia
    Besos

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    1. El tiempo es el mejor juez. También para la literatura.
      Tenía una vaga idea de que había visto la película muchísimos años atrás. Pero no recordaba nada de ella así que era como si no la hubiese visto. La he vuelto a ver ahora y es una gran película.
      Besos

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  2. «no nos queréis destruir a nosotros, vuestros “padres”; solo queréis ocupar nuestro puesto». Esa frase me ha traído a la cabeza lo oído en una película hace muchos años que venía a decir que dar la vuelta a la tortilla no soluciona nada porque es la misma tortilla, lo que se necesita es una tortilla nueva. Y no consigo recordar qué película es. Puede que "La ley de la frontera" de Adolfo Aristarain.
    Bueno, y ¿qué te pareció la película de Visconti? A mí me parece grandiosa. Todo Visconti me lo parece. Ya me dirás. El libro lo leí solo una vez y hace tanto que recuerdo muy poco más allá de que me gustó. Lo que sé de la historia lo sé sobre todo de la película.
    Un beso.

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    1. Lo complicado es cómo hacer la tortilla nueva, pues parece que los huevos, procedan de dónde procedan, dan como resultado la misma tortilla.
      Me ha gustado mucho la película. Es magnífica tanto visualmente como en cuanto a interpretaciones. Burt Lancaster está formidable. La película termina antes de lo que hace el libro, pero, aún así, le es muy fiel e incluso hay varios fragmentos del libro que se citan textualmente. No necesariamente el que una adaptación sea más o menos fiel a la novela hace que la película sea mejor o peor, pero, en este caso, Visconti consiguió una adaptación muy buena y muy fiel.
      Besos

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  3. La novela no la leí, aunque supongo que he visto la película (me pasa como a ti). Me quedo con esa frase tan famosa y tan cínica, que es lo que ha hecho famosa la obra.
    Un abrazo y que tengas feliz semana.

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    1. Una frase muy representativa de la novela y también muy cierta.
      Otro abrazo para ti.

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  4. He leído el libro y particularmente me ha gustado. Mantengo un recuerdo borroso de Burt Lancaster en la peli -la he visto siendo pequeño-. Me aúno al comentario de Rosa y de tu respuesta; aquí, Arturo Jauretche escribió algo parecido respecto de nuestra dependencia de la inversión extranjera: 'No se trata de cambiar de collar, sino de dejar de ser perro'.
    Buen final de este aciago 2020 y mejor principio del 2021. Es mi deseo para ti y los tuyos.
    Un abrazo.

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    1. Tenía un ligero recuerdo de que había visto al película de niña y por eso quise volver a verla.
      Es una idea muy certera esa sobre la que orbita toda la novela.
      También te deseo un feliz 2021 para ti y los tuyos.
      Un abrazo

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  5. Recién acabado el libro esta pasada noche, vengo a tu blog a leer tu reseña. Magnífica. Voy a leer Lampedusa de Maylis. Me has picado. Un abrazo

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    1. Jeje. Verás que son dos libros muy diferentes. Lampedusa es un hilo maravilloso de reflexiones con la especial prosa de Maylis de Kerangal. En cuanto a El Gatopardo, tú misma lo acabas de comprobar.
      Gracias por pasarte.
      Un abrazo

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