Bastarda - Dorothy Allison

«¿Quién había sido mamá, qué había deseado ser o hacer antes de que yo naciera? Con mi llegada al mundo, sus esperanzas dieron un vuelco, y yo me había encaramado a su vida igual que una flor en busca de un rayo de sol. Con catorce años era una niña asustada, con quince ya era madre, acababa de cumplir veintiuno cuando se casó con Glen. Su vida se había replegado sobre la mía. ¿Cómo sería yo con quince años, con veinte, con treinta? ¿Sería tan fuerte como había sido ella, estaría tan ávida de amor, tan desesperada, tan decidida, tan avergonzada?»

La madre de Bone se llama Anne; la de Dorothy Allison, Ruth. Bone es la protagonista de la novela que os traigo hoy; Dorothy Allison, su autora. Si sé el nombre de su madre es porque lo leo en la dedicatoria de esta novela. El de la madre de Bone lo sé, por supuesto, porque lo leo en la propia novela. También es allí donde leo el verdadero nombre de Bone. Se llama Ruth Anne: Anne por su madre y Ruth por la hermana mayor de su madre, la cual casi fue una madre para esta, al menos hasta que tuvo hijos propios.

«Por algún motivo, Ruth pensaba que no podía tener hijos. Cuando se quedó embarazada estaba feliz. Para mí era un misterio que le hiciera tanta ilusión la maternidad. Me parecían que era algo que las mujeres hacían a disgusto; Ruth, en cambio, esperaba el nacimiento del bebé, riendo, cantando y haciendo ropita. Hasta que un día le pregunté por qué estaba tan contenta y ella me miró como si me hubiera vuelto loca de remate. Me contestó que era una prueba. Quedarse embarazada era la prueba de que un hombre te consideraba guapa a ratos, y cuantos más hijos tuviera, más se convencería de su propio valor. Me faltó poco para echarme a llorar, y al mismo tiempo me dieron ganas de soltarle un sopapo por decir esas chaladuras, por hablar como si ella no tuviera valor por sí misma. ¡Como si mi amor no bastara para convencerla de su valor!»

Bone crece en el condado de Greenville, en Carolina del Sur, durante los años cincuenta del pasado siglo. Dorothy Allison también. Pero basta ya de paralelismos entre protagonista y autora. Evidentemente ha de haberlos en una novela de inspiración autobiográfica como la que nos ocupa, pero desconozco en qué puntos del via crucis que fueron sus respectivas infancias los caminos de Bone y Dorothy se bifurcan, se superponen, se reflejan, se retuercen. Igualmente ignoro de cuánta realidad bebe esta ficción.

Hablemos, pues, de Bone. Hablemos de Greenville; pero no de todo Greenville, por supuesto. Hablemos del Greenville de los blancos con pocos recursos económicos, del de la basura blanca, del de aquellos que ocupan un escalón apenas superior al de los negros. El de los hombres que para sentirse hombres se apresuran a dejar embarazadas a sus mujeres y si es de un varón, mejor; que se niegan a que estas trabajen fuera de casa, aunque finalmente no les queda otra que aceptar esto a regañadientes si bien ni aun así consiguen que los números cuadren; que se empechan de frustraciones, fracasos y de su propia pequeñez y no falta, por tanto, quienes vomitan sus miserias en accesos de violencia contra quienes tienen más cerca o contra quienes con su fuerza indómita inconscientemente les hacen sentirse aún más pequeños; que les gustan las mujeres «jovencitas, [...] bisoñas y desmañadas. [...] las mujeres agradecidas, y más si no tiene que hacer nada para impresionarlas. Y así le va... Señor, es que todas las que me ha presentado me han partido el alma, tan perdidas... Son como fruta al sol, madura y lista para que cualquiera la coja». Hablemos también del Greenville de las mujeres que aman a sus hombres como si de bebés se tratasen y así, claro está, cómo van a dejar esos hombres de comportarse como críos; que tal vez por ello algunas quieren más a sus hijos varones que a sus hijas; que tienen críos que serán críos grandes y niñas que serán viejas prematuras; que arrojan sin querer tanto a unos como a otras por un agujero negro con escasa posibilidad de salida.

«Hacerse mayor era como caer por un agujero. Los chicos dejaban el colegio y tarde o temprano acababan en la cárcel por cualquier gilipollez. Puede que yo no abandonase los estudios, al menos no mientras mamá tuviera la última palabra, pero ¿qué diferencia habría? ¿Qué estaría haciendo al cabo de cinco años? ¿Trabajaría en la fábrica textil? ¿Me colocaría en la cafetería? Todas las posibilidades se me antojaban deprimentes. Con razón la gente perdía la chaveta al hacerse mayor».

Hablemos de los Boatwright, la familia materna de Bone. No podemos hablar de su familia paterna porque no la conocemos. Tampoco ella sabe nada de ellos. Por algo este libro se titula Bastarda. Bone es una Boatwright atípica, pero, en ocasiones, parece la más Boatwright de los Boatwright. Y ojo, no os penséis que ser un Boatwright es cualquier cosa. Ser un Boatwright tiene algo de temerario y legendario. Los Boatwright son toda una institución en Greenville.

«Mis tías trataban a mis tíos como a niños grandes, adolescentes revoltosos cuyas payasadas eran más motivo de guasa que de preocupación; y ellos se veían a sí mismos de igual modo. Tenían un aire juvenil; incluso Nevil, que se había quedado sin dientes en una pelea. En cambio, las tías —Ruth, Raylene, Alma y hasta mamá—, nacidas para parir, amamantar y limpiar lo que ensuciaban los hombres, estaban avejentadas, castigas y enlentecidas.
Los hombres podían hacer de todo, y todo lo que hacían, por violento o incorrecto que fuera, se aceptaba con humor y comprensión. Cuando el sheriff los metía en el calabozo por liarse a tiros desde las ventanas de sus respectivas casas, o por echar carreras con las camionetas por las vías del tren, o por moler a puñetazos al camarero de Rhythm Ranch, mis tías simplemente se encogían de hombros y se aseguraban de que los niños estuvieran en casa. Cosas de hombres, sin más. Algunos días me rechinaban los dientes de tanto como deseaba haber sido chico».

Hablemos de la infancia de Bone, que pudo haber sido feliz. Hablemos de esa infancia que también tuvo sus momentos felices. Hablemos de esas familias que extienden el núcleo padre-madre-hijos a tíos-tías-primos, de esos niños que se despiertan indistintamente en una u otra casa. Hablemos de la herencia familiar que se teje distorsionada y agigantada en las historias que cuenta la abuela.

«El mundo que nos llegaba a través de la radio era vasto y remoto y no nos atañía en absoluto. Vivíamos en los porches todo el verano, riéndonos de Pequeño Earle, chinchando a los chicos y pelando habas, escuchando historias o las delicadas melodías de los grillos. Cuando rememoro aquellos tiempos, el hecho de dormir con alguna de mis tías tan a gusto como en nuestra casa, el olor del cuello de mamá cuando se agachaba para abrazarnos en la oscuridad, las carcajadas de Pequeño Earle o los escupitajos de la abuela contra el suelo reseco, y aquella música country en sordina por todos lados, tan parte de la noche como los grillos y la luz de la luna, me siento de nuevo a salvo. Ningún otro lugar me ha parecido nunca tan dulce y apacible, en ningún otro lugar me he sentido tan como en casa».

Hablemos del sol que calienta esos porches, sí, pero hablemos también de la fría penumbra que hay lejos de ellos. Hablemos por tanto de las casas en las que sucesivamente va viviendo Bone, de esas casas en las que, como le dice una de sus primas, «falta amor [...]. Vuestro padre siempre encuentra casas en las que nadie ha querido vivir nunca, o eso parece. Ésta es como si sus habitantes hubieran estado de paso y se hubieran largado cuando pudieron». La familia de Bone, en cambio, se larga una y otra vez cuando deja de poder quedarse, transmitiendo progresivamente a la pequeña con cada nueva mudanza «la noción del carácter escurridizo del tiempo y las cosas, como si no hubiera forma de aferrarse a nada. Me hacían sentir espectral, irreal e insignificante, como un objeto que se extravía y luego aparece pero tú ya te has dado cuenta de que no lo necesitabas».

Hablemos de hambre, pero no de esa hambre que la madre de Bone se juró no pasarían sus hijas, que también, sino de esa oscuridad interna que devora a Bone y que es más negra aún que el pelo que la diferencia de los pálidos Boatwright.

«Y me asaltó un hambre intensa y terrible, un temblor en lo más hondo de mí, como si mi furia hubiera consumido todo lo que había comido a lo largo de mi vida.
[...] me embargaba esa hambre desesperada y vertiginosa al borde del odio, así como el deseo apremiante de partirle el espinazo a alguien. [...] Era un hambre en la garganta, no en la tripa, un vacío resonante que ansiaba liberar un grito».

Greenville, 1966. Fotografía de Tom Hilton bajo licencia CC BY 2.0.

Hablemos de lo que alimenta la furia que late en Bone.

«Nunca me ordenó: «No le cuentes nada de esto a tu madre». No hizo falta. Yo no era capaz de expresar lo que sentía, eso que me asustaba y avergonzaba y, sin embargo, me obligaba a quedarme quieta, inmóvil y desesperada cuando él se restregaba contra mí y hundía la cara en mi cuello. No podía contárselo a mamá. No habría sabido explicar por qué me quedaba allí y dejaba que me tocara. No era sexo, no era como cuando un hombre y una mujer se acariciaban los cuerpos desnudos, pero a la vez era algo parecido, algo poderoso y aterrador que él anhelaba con frenesí y yo no entendía en absoluto. Y lo que es peor, aquél era el único momento en que sus manos eran amables, y cuando me soltaba no me respondían las piernas.
[...] olía a sudor y a Coca-cola, a loción para después del afeitado y a tabaco, pero sobre todo a algo que yo no sabía nombrar, algo ácido, amargo y punzante. Olía a miedo. Tal vez fuera miedo. Pero no habría sabido decir si era el suyo o el mío. No habría sabido decir nada. Yo sólo sabía que estaba haciendo algo malo, algo terrible. Me repetía: «Me vuelves loco», con una voz extraña y distraída, y yo me estremecía pero lo creía.
Cada vez me daba más miedo [...], las palmas que abofeteaban, los dedos que se clavaban y magullaban, los nudillos con los que a veces me apretaba bajo los ojos, esas manos que temblaban y agarraban y me levantaban hasta que sus ojos y los míos quedaban a la misma altura. Mis manos eran muy pequeñas; mis dedos, finos y frágiles. Deseaba que fueran más grandes, más anchas, más fuertes. Deseaba ser un chico para correr más, para pasar más tiempo fuera de casa, incluso para devolverle los golpes».

Hablemos de sexo, pues. Hablemos del sexo que de niños sabemos e intuimos que se da entre adultos, pues, como afirma una de las tías de Bone, «el amor tenía más que ver con la belleza de un cuerpo de lo que la gente estaba dispuesta a admitir». Hablemos de eso que suscita risas, complicidad, peleas, celos y que los niños no terminan de comprender, de eso que les provoca curiosidad a la par que rechazo, pues la fascinación y la repulsión están hermanadas por un halo perturbador. Hablemos de cuando eso se cierne sobre un niño, cuando se le involucra, cuando se le hace partícipe de algo que no entiende, que no sabe manejar ni rechazar porque no sabe si ha hecho algo para merecerlo, si hablando causa acaso más dolor que callando, porque la vergüenza es más poderosa que el dolor, porque la vergüenza es lo más doloroso, porque la culpa que la víctima se crea da alas al verdadero culpable. Hablemos ya, por tanto, de abuso sexual. Hablemos de violencia sexual. Hablemos también de violencia física. 

«Me avergonzaban las cosas que pensaba cuando me metía las manos entre las piernas, me avergonzaba más masturbarme con la fantasía de que me pegaran que las palizas en sí. Vivía en un mundo de vergüenza. Ocultaba los moratones como si fuesen pruebas de un delito cometido por mí. Sabía que era una persona enferma y repugnante. No podía evitar que [...] me pegara, pero la que se masturbaba era yo. Yo hacía aquello; ¿cómo explicar que odiaba las agresiones y, sin embargo, me masturbaba armando una historia en torno a ellas?
Sea como fuere, sólo era capaz de desafiar [...] cuando fantaseaba con que otras personas miraban. Entonces hacía gala de algo de amor propio. Me encantaban aquellas fantasías, aun teniendo la certeza de que eran algo atroz. Tenían que serlo; eran egoístas y me provocaban violentos orgasmos. En ellas yo era alguien muy especial. Me mostraba triunfante, importante. No sentía vergüenza. En las palizas auténticas no había lugar para heroísmos. Sólo azotes hasta cubrirme de mocos y desdicha».

Hablemos de lo que sueña Bone con los ojos cerrados, de esos sueños extensión de su miedo «plagados de dedos largos, de manos que asomaban por detrás de las puertas y se deslizaban por encima del colchón», y hablemos de lo que sueña con los ojos abiertos, de ese anhelo de reconocimiento, de ser verdaderamente buena en algo, de destacar, de ser amada por todos, de que hubiera en la vida algo más que esa vida que era su vida.

Hablemos de la capacidad autodestructiva de la rabia, pero también de su vinculación con la resistencia y de su importancia como estrategia y mecanismo de supervivencia.

Hablemos de cuando quien tendría que ser protegido se erige en protector de quien le debería proteger.

Hablemos de la madre de Bone, que la tuvo casi con la misma edad que tiene Bone cuando termina esta novela; que dejó de ser niña cuando tuvo a su niña; que tal vez nunca dejó de ser niña. Hablemos de que Bone dejó de ser niña cuando se le cayó el mito de su madre. Hablemos de lo que Bone aún no es capaz de entender porque es una niña. Hablemos de lo que la adulta que soy no quiere entender porque entender es en cierta medida disculpar, justificar, y por muchas cosas que pueda entender hay algunas que no quiero justificar.

Hablemos de la madre de Bone, sí, de esa muchacha hermosa que aún no ha cumplido los treinta y ya es vieja. Hablemos de las mujeres de esta novela. Hablemos, por tanto, de las tías de Bone; de sus cuerpos que a Bone le recuerdan el suyo propio, «hecho para trabajar hasta desfallecer, para ser consumido y luego descartado. Había leído todo eso en libros y lo había pasado por alto. Las mujeres que morían así, agotadas por exceso de trabajo o víctimas de accidentes absurdos, casi nunca eran las heroínas del relato». No, no lo eran. Aunque Bone lee mucho, tarda en percatarse de esto. También tarda en asumir que «la peor sensación del mundo era desear que fuéramos como las familias de los libros de la biblioteca».

Hablemos del amor de Bone por su madre y del amor de la madre de Bone por Bone. Hablemos del amor; de las pocas veces que este es equilibrado; de las tantas veces que se decanta hacia el egoísmo; de que casi siempre el amor a uno mismo pesa más que el amor al otro; de cuando ese amor a uno mismo ni siquiera es amor propio como sí es en cambio ese grito que ruge dentro de Bone; de cuando ese amor a uno mismo no es sino agujeros que tapar. Hablemos de los tipos duros Boatwright y de las fuertes mujeres Boatwright. Hablemos de los seres débiles que son unos y otras, de cómo se la pasan tapando sus debilidades. Hablemos también de la tía Raylene, probablemente «la única persona satisfecha con su propia compañía» que hay en el entorno de Bone y por lo tanto en esta novela.

Hablemos, ahora sí, de Dorothy Allison. Hablemos de la Dorothy Allison adulta, pues de la Dorothy Allison niña apenas sé que, al igual que Bone, sufrió abusos sexuales; que tal vez como ella conociera ese chiste que dice: «¿Qué es una virgen en Carolina del Sur? Una niña de diez años que corre más que tú». Ni siquiera sé si tuvo (ojalá) una tía Raylene que le dijera: «Qué harta estoy de escuchar a la gente quejarse de lo que podría ocurrirle y no aprovechar la oportunidad de hacer algo nuevo. Me alegro mucho de que tú no vayas a ser así, Bone. Confío en que tú saldrás al mundo y harás cosas, niña. Pondrás nervioso al personal y le darás una alegría a tu vieja tía». Lo que sí sé es que Dorothy Allison salió de ese mundo cerrado de Greenville y que hizo cosas. Sé que habló a través de su literatura y de su activismo de feminismo, lesbianismo, abuso sexual y abuso en la infancia, prácticas sexuales seguras y prácticas sexuales alternativas. Sé que la familia de su Bastarda no es como la de los libros de la biblioteca que leía Bone. Sé que en sus libros sí hay cabida para que las antiheroínas sean protagonistas. Sé que es porque algunos hablan que a otros les puede resultar menos difícil hablar, porque se conocen relatos en los que verse reflejado que el propio relato puede dejar de parecer un agujero tan negro, tan oscuro, tan sin salida y, sobre todo, tan solitario.

«La familia es la familia, pero ni siquiera el amor puede impedir que las personas se despedacen unas a otras».

«Todos habíamos deseado algo muy sencillo: amar y ser amados, y sentirnos a salvo, pero lo habíamos perdido, y yo no sabía cómo recuperarlo».

Dorothy Allison en una lectura el 23 de marzo de 2015. Fotografía de kellywritershouse bajo licencia CC BY 2.0.





Ficha del libro:
Título: Bastarda
Traductora: Regina López Muñoz
Editorial: Errata naturae
Nº de páginas: 426
Año de publicación: 2022
ISBN: 978-84-19158-19-2
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Comentarios

  1. Yo, sin embargo, quiero entender porque creo que cuanto más se entiende, menos se disculpa. Cuando de verdad se entienden las cosas, se muestran en todo su horror. Te leía, al principio y estaba deseando conocer Greenville, Carolina del Sur. Se me antojaba ese tipo de novelas del Sur que me entusiasman. Luego viene esa parte que no sabes si quieres entender y, aun con las mismas ganas, el entusiasmo decae. Es un tema que me duele, que me interesa leer, pero me incomoda mucho. El amor, como el odio, no consiente la indiferencia, y de esa atención, a veces mal entendida, viene el daño, a veces mezclado con el bien.
    Lo leeré en breve y tampoco yo me molestaré en saber hasta dónde llega la realidad y dónde se queda la ficción. No importa demasiado.
    Muchas gracias por el descubrimiento.
    Un beso.

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    1. Entender, empatizar, abrir la perspectiva para mí es una manera de intentar juzgar lo menos posible. Y aunque soy muy prudente a la hora de emitir juicios, hay cosas, muy pocas pero hay cosas, con las que no caben medias tintas y que condeno sí o sí. Hay líneas que no deben cruzarse y hechos que no se deben consentir y punto. Y fíjate que en parte sí he entendido a ese personaje del que digo que no quiero entender e incluso en algunos momentos la he compadecido y en otros me ha gustado. Sí que hay otro personaje del que no hablo en la reseña que provoca un profundo rechazo casi desde su aparición, un personaje que no es limpio.
      La novela es interesante por su magnífica ambientación y porque Bone es un personaje con mucha fuerza. Te gustará (o eso creo). Ya nos contarás.
      Besos

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  2. El Sur, el calor, el sexo, mujeres y hombres con sus aspiraciones tan diferentes... y los abusos... y con ellos el dolor...
    La verdad es que leyendo tu reseña me han entrado ganas de leer esta novela. Al igual que a Rosa al principio todo me llevaba al sur faulkneriano, un sur donde también hay violencia, sexo soterrado y abusos que sobre todo sufren las mujeres; luego he visto que la historia particulariza en el caso más o menos autobiográfico (de ahí ese paralelismo protagonista-autora que expones al inicio de tu entrada) de la propia Dorothy Allison. A la autora no la conocía de nada hasta este momento, pero es verdad que tu reseña anima a conocer su obra y así de paso conocerla también a ella, quizás incluso hasta entenderla.
    Un beso de este agosto lento, pesado, canicular, inacabable

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    1. Entender se la entiende porque es la víctima y no solo eso sino una víctima que, por su corta edad, está en el umbral más alto de vulnerabilidad. Lamentablemente a las víctimas no siempre se las entiende y en ocasiones incluso se las considera culpables de lo que les sucede.
      Si no me equivoco Bastarda es lo único hasta la fecha traducido al español de Dorothy Allison. Ciertamente es una escritora desconocida, al menos por estos lares. Yo la descubrí de modo azaroso en la pasada edición de la feria del libro de Gijón. Me llamo la atención esta novela y me la llevé a casa.
      Difícil no identificar ese ambiente sureño con el sur de Faulkner, si bien Allison y Faulkner son autores muy diferentes y además al último lo he retomado muy recientemente. Casualmente, mi lectura inmediata después de esta fue El ruido y la furia.
      Besos desde un norte menos azotado por el calor que abrasa al resto del país, pero, aun así, con más calor del que estamos acostumbrados por aquí. Aunque viendo la tendencia de los últimos veranos me da que no queda otra que acostumbrarse.
      Besos

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  3. ¡Bueno bueno..., Lorena!
    Te voy a reconocer una cosa. Cuando supe de la existencia de esta novela, leí la sinopsis y alguna entrada de algún blog hace ya muchos meses (no recuerdo exactamente cuanto, pero a lo largo del 2022)recién publicada, pues me atrajo como la miel a las abejas. Y estuve mucho tiempo intentando conseguirla, muy empeñada y con muchas ganas de leerla. Cuando la tuve a mi disposición, pues la empecé y no me preguntes porqué la abandoné y ahí quedó. ¿Sabes? Tengo muy poca paciencia y me pasa mucho que si comienzo una nueva novela por la noche antes de irme a dormir, con sueño y estando cansada (recuerdo que este caso fue así) pues leo las primeras páginas y no me enganchan, la dejo y no le doy mas oportunidades. Me ha pasado también que a veces la retomo por la. Mañana y sí me engancha. Cosas raras que le ocurren a una lectora rara...
    El caso es que leer tu reseña me ha recordado porque me atrajo tanto y porqué intuía que esta novela era e las mías, de las que me suelen gustar, violencia sexual hacia niños, relacióneles tumultuosas entre madres e hijas, caída de mitos, feminismo, machismo. Veo que aquí también hay una tía con papel importante y es que siempre he pensado que las tías (yo soy de varias sobrinas) tienen una función importante en la vida (no todas claro, hay tías y tías), que una tía Raylene en la vida de un adolescente o chiquillo es importante
    Pues mira, creo que volveré a empezar en algún momento esta novela, porque me sigue resultando muy atractiva y mas después de haberte leído
    Besos

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    1. Hubiera dicho que esta novela podría gustarte, Marian, pero a saber el porqué de que algunos libros que pensamos son para nosotros luego no son como pensamos. A veces es el libro y otras veces es el momento. El tiempo dirá si te tienes que reencontrar con Bastarda o no.
      Las tías somos lo mejor (jaja). Yo solo tengo un sobrino, pero ostento el privilegio de ser su tía favorita; cosas de ser la que está más cerca, jeje.
      Besos

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  4. La familia es lo más importante...

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  5. Que buen rato me llevo leyendo te.
    Muchas gracias
    Abrazobúho

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