Cuentos completos - Armonía Somers

«—Lo malo para nuestro contrato —dije clavándomele en sus pequeños ojos sin pestañas— es que yo no miento a sueldo.
—¿Y cómo o cuándo miente?
El maldito me dejó unos minutos sin habla:
—Podrá ser cuando mi propia mentira me lo exija —contesté al fin— y entonces que no se me acerque nadie, pues sería capaz de transformar una casa en un bote y sacarla a navegar. Pero entiéndalo bien, no es una ficción después que la casa se metió en el río».

Así se expresa la mujer del cuento Mi hombre peludo. Así podría haberse expresado la propia Armonía Somers. Sin embargo, la escritora uruguaya no es esa mujer. «Quien habla (en el relato) no es quien escribe (en la vida) y quien escribe no es quien existe». Armonía Somers existió, vivió y escribió, y con esto último dio voz a sus personajes. Armonía Somers mintió en cada una de sus ficciones, pues «las trampas del escritor son su potestad, y sin ese artificio el mecanismo narrativo no funciona». Sin embargo, como dice la mujer del cuento, una vez que la casa se transforma en bote, esa casa que navega en el río deja de ser ficción para transformarse en realidad.

Armonía Somers, como digo, no esa mujer, como tampoco es ningún otro de los personajes que aparecen en los veintinueve cuentos que escribió a lo largo de su trayectoria y que se reúnen en el libro que os traigo hoy. Sin embargo, algo hay de ella en todos ellos; algo hay de todos nosotros, pues para ella «lo más subyugante [...] es aquello a lo que se ingresa a través del ojo polifacetado de los otros. Pues de pronto, por más solitario que uno se sienta y hasta se cultive neuróticamente, empieza a saber que pertenece a cierta fascinante familia humana sujeta a una especial consanguinidad». Esta idea, que la uruguaya expresa en una especie de entrevista (todas las citas de esta entrada que no hagan referencia a un cuento en concreto pertenecen a textos de no ficción que completan el presente volumen), está también presente en alguno de sus cuentos. «Todas las conciencias del hall tienen miedo. Pero por suerte cada uno encuentra el codo del vecino para darse ánimo. Y hay hasta quien por primera vez ha caído en la cuenta de lo que quería decir la palabra humanidad, ese poder estar con alguien, quizás tan lleno de temor como él, pero completamente vivo», me encuentro, por ejemplo, en La Subasta. En El desvío leo: «Qué extraño, jamás había dado en pensarlo, la gran familia de desconocidos entre sí que se descerrajan en el mismo minuto, sea cualquiera el origen del acontecimiento». Saliva del paraíso, en cambio, me ofrece la otra cara de la moneda: «Estábamos todos solos, vivir era ser una muchedumbre en unidades, era cobijarse bajo un árbol de esperanza con una fruta podrida para cada uno, podrida de tanto esperar que los otros la comprendieran como símbolo». Y es que esa consanguinidad es una especie de hermanamiento oscuro. Es lo que callamos, lo que escondemos, nuestras soledades, nuestros miedos, aquello extraño que pensamos que nos aleja de los otros, quienes, a su vez, también lo callan.

Los cuentos de Armonía Somers son complejos. Su narración a veces es densa. Me he encontrado en ocasiones peleándome con ella. Me ha costado entrar en muchos de sus relatos y en alguno de ellos a punto he estado de quedarme fuera. Aun entrando, me he sentido como el niño de El pensador de Rodin, que día tras día acude al zoológico a visitar a un simio, «lo que hago es entrar allí para algo que aún no entiendo», «lo que siento entonces [...] nunca lo podré ver escrito por nadie, es como un camino que piso yo solo. Se trata de algo que me abriga hacia adentro igual que si me transformara en leche tibia, y a veces hasta parezco derretirme como una vela cuando me le acerco». Armonía Somers es como el pintor de Un cuadro para el Bosco«que sabía oler narcisos extrayendo el aroma inexistente del mero color». Leer a la uruguaya es un trabajo de espeleología. Es bajar a la mina a picar y extraer diamante en bruto. Y vaya sí lo he encontrado.

«—Y ahora quiero un diamante otra vez, pero sin alcanzar, para que me dure la vida entera. Voy a casarme y tengo miedo.
—¿Vas a hacer qué, y miedo a qué cosa? —le pregunté atropelladamente, sintiendo que todo aquello era demasiado oscuro para un último acto.
—A la pobreza de un hombre rico, a hablar en un idioma que él no traduzca. A llegar a la cumbre de la montaña y quedar sola cuando aparezca el diamante negro… y haya que destrozarlo para que cada cual lo tenga suyo de un modo diferente…»
(La inmigrante)

La propia autora reconoce la dificultad de su obra: «mi literatura pueda juzgarse a veces como poco iluminada, y para algunos de difícil acceso. Confieso que a veces no comprendo que lo parezca, ya que por haber salido de mí tengo confianza de mano a mano con ella. Pero si alguna vez yo misma quedo atrapada en el cuarto oscuro de lo que he creado, un personaje, una situación, un desenlace, me doy a pensar que lo hice para salvar, para rescatar, para no inmolar a alguien o a algo en la excesiva luz del signo, y en la espantosa claridad que encierran todas las convenciones». Es, precisamente, en esa falta de convencionalidad, en, como piensa el hombre de Jezabel, «todo lo que no conviene actualizar en la vida normalizada», donde reside ese hermanamiento al que he hecho referencia, ya que, como leo en La inmigrante, «la moral es un invento más que dudoso, pues, ciertos hechos que nos conmueven por estar codo a codo en la vida social no nos afectarían en una isla desierta».

«Si siempre fuera de noche… te llevaríamos adentro… para seguir con los tragos… Pero va a salir el otro, hermano… Y de día todo tiene que ser… como está ordenado, las cosas ariscas… la gente queriéndolo todo en regla… hombre con mujer… zapato derecho y zapato izquierdo… vivos con vivos… muertos con muertos…»
(El entierro)

A pesar de esa dificultad manifiesta (o precisamente por ella) la autora mostró siempre respeto por sus lectores y confianza en su libertad. Cuando, en relación a uno de sus trípticos de cuentos, le preguntaron si los explicaría uno por uno, no dudó en responder: «¡Jamás! El cuento, y también la novela deben llegar vírgenes al lector. A quien no capte hay que dejarlo en su penumbra mental. Yo tengo muchos de esos con la candileja a media luz». Asimismo, declaró que si no fue proclive a la exposición que suponen las entrevistas, mesas redondas, etc. fue por «una especie de reverencia ante el lector. Porque lo cierto es que cada uno se forma su imagen del autor, y esa imagen no debería destruirse con la exhibición excesiva». Es por «dejar libertad a la imagen de cada cual que es de su propiedad absoluta».

El derrumbamiento es el primer cuento que escribió la escritora uruguaya y es también el primero que he tenido la oportunidad de leer. Es una maravilla. Supongo que debieron de lloverle críticas por esa mezcla de erotismo y elementos religiosos que contiene. Un hombre negro que es seducido por una Virgen de cera que necesita ser derretida para llorar por ella misma y que dejen así de llorarla los demás. Una historia, sin embargo, que dista mucho de ser una historia de seducción. El erotismo que usa Armonía Somers nunca es gratuito.

Utilizo el verbo llover y no puedo evitar recordar la escena de este cuento en la que el hombre negro llega en una noche lluviosa a su destino. «Quisiera guarecerse, pero la casa no tiene alero, absolutamente nada cordial hacia afuera. Era muy diferente caminar bajo el agua. Parecía distinto desafiar los torrentes del cielo desplazándose. La verdadera lluvia no es esa. Es la que soportan los árboles, las piedras, todas las cosas ancladas. Es entonces cuando puede decirse que llueve hacia dentro del ser, que el mundo ácueo pesa, destroza, disuelve la existencia». Y es que la uruguaya escribe así: te sume en la negrura de la noche y te azota con su aguacero y a la vez te lava y te aclara con esa lluvia destructiva. 

Otra historia cargada de erotismo es la de El despojo. Curiosamente lo más erótico de este relato es lo que en esencia lo es menos: una mujer que amamanta a un hombre creándose entre ambos un instantáneo vínculo muy lejano a cualquiera de índole sexual. Antes de eso, asistimos a una violación. Hay violencia, y no solo sexual, en algunos cuentos de Somers. También hay pensamientos misóginos por parte de muchos de sus protagonistas masculinos. El protagonista de El despojo es un hombre que huye y el cuento comienza con esa huida. Me recuerda en eso a la novela La manzana en la oscuridad de Clarice Lispector. De hecho, en los primeros cuentos, la uruguaya me recuerda mucho a la brasileña, supongo que por su escritura tan críptica. También, por el ambiente cerrado de algunos de esos primeros cuentos, como, por ejemplo, La puerta violentada, me acuerdo en ocasiones de Carlos de Oliveira. Después, Armonía Somers ya comienza a cobrar identidad propia para mí y me olvido de otros escritores.

La mujer que amamanta al hombre amamanta así al niño que deseó pero no tuvo nunca oportunidad de engendrar. En Jezabel, un homosexual que hubiera querido poder llevar en su vientre un hijo recibe muerte violenta a manos de un hombre cuya mujer, que ha sufrido varios abortos, consigue por fin avanzar en el embarazo, hecho que revitalizará su matrimonio. En Salomón, una mujer que cuida ocasionalmente del hijo de otra mujer, descubre lo que es poseer algo propio, «ella, que nunca tuviera nada de primera mano en la vida». En El ángel planeador dos hermanos gemelos viven a la sombra del hermanito muerto a cuyo recuerdo su madre consagra todos sus desvelos.

A large Venomous Indian Black Scorpion on the road, fotografía de Hari K Patibanda bajo licencia CC BY 2.0

La calle del viento norte es uno de mis cuentos favoritos de la autora. En esa calle todas las noches durante años un hombre cierra el portal para impedir que entre el viento. El hombre ha convencido a todos los vecinos de su locura. Es ese tipo de locura que todos son reacios a admitir que creen en ella pero a la que todos temen secretamente. Cuando el hombre aparece muerto, el vecindario ha de debatirse entre la amenaza del viento o el temor de cada uno de ellos de terminar convertido en el loco encargado de cortar el paso al viento todas las noches.

En Muerte por alacrán asistimos a la constante amenaza del escorpión que se ha colado en la carga de unos camioneros a la vez que sabemos de todo aquello otro que punza y envenena a aquellos que habitan la casa en la que los camioneros descargan su carga. Se trata de un relato, además, con un soberbio final.

«Maldita esclavitud [...], malditos trastos acumulados. Uno pasa la mitad de la vida junta que junta. Y luego, un día que quiere montar aunque sea en pelo y largarse no puede. A veces solo porque le dará cierto asco pensar que en el colchón donde se ha dormido vaya a instalarse un pueblo de lagartijas», se lamenta el protagonista de Historia en cinco tiempos, un hombre que vive en precarias condiciones y al que, paulatinamente, todos lo abandonan sin que él haga nada por cambiar su sino. Una reflexión similar me encuentro en Saliva del paraíso cuando leo lo siguiente: «¿Por qué eran todos así, tan pequeños? Hasta en el momento de ser amados pensaban con terror en lo que podrían perder eventualmente. Se sienten creadores de cualquier basura que posean, lo sacrifican todo por no destruir lo que pretenden haber creado mientras ellos se aniquilan».

El desvío narra de manera muy singular la deriva de una relación de pareja. Lo que comienza con una atracción y enamoramiento súbito y con un viaje en tren que se planea eterno por uno de los partenaires mientras que el otro se deja hacer comienza a resquebrajarse y a enseñar sus grietas. La mujer se despereza de la ensoñación y se descubre cuestionando su relación y anhelando pensar por sí misma. Decide trasladarse ella sola a otro departamento del tren. «Pero ocurrió que al llegar la noche el ruido del ferrocarril, principalmente ese de la suprema soledad con que salta los puentes, me impidió dormir. Además, empecé a sentir sed y no encontraba el vaso de agua, a tener frío y no hallar ni las mantas ni la llave de la luz. Porque todo había cambiado de disposición a mi alrededor, como en la primera noche en tierra extraña de un inmigrante».

Mi hombre peludo, El eslabón perdido y El pensador de Rodin conforman lo que la autora dio en llamar Tríptico darwiniano. Son todos ellos cuentos con algún personaje simiesco y que juegan a destronar al hombre de la cúspide de la evolución. El primero y el tercero ya los he mencionado. El segundo es uno de esos cuentos que me dejan en penumbras pero que en su trascurso se revelan fascinantes y me dejan diamantes como el que sigue:

«—Los que realizamos tareas sedentarias —habló de pronto el dueño de la cara— los relojeros, los peleteros, los camioneros de ruin, tenemos tiempo para pensar. Y en uno de esos largos plazos yo lo he visto.
—¿A quién?
—Al mundo. Muchas veces le quito mentalmente cosas y no sucede nada. Pero un día se me ocurrió sacarle las culpas, y entonces no quedó mucho, apenas si una red vacía, algo formado por los agujeros que antes ocuparan esas culpas».

Asimismo, Un cuadro para el Bosco, Un remoto sabor a cal y El hacedor de girasoles están contenidos en El hacedor de girasoles. Tríptico en amarillo para un hombre ciego. El primero de estos cuentos está protagonizado por un pintor cuyo nombre es una conjunción de dos personalidades pasadas. El segundo contiene claras referencias a Virginia Woolf y su novela Orlando. Y el tercero hace lo propio con Vincent van Gogh. Es en este último donde me encuentro con lo siguiente:

«Pero ocurre que cuando el insomnio agarra a alguien en la forma perversa de un karma (te extrañará este lenguaje, lo sé), el que es mi caso, tampoco quedo completamente despierto. Es decir que mi siniestro es la semivigilia, como si durmiera con un solo ojo, pero cuidado con el otro, que es polifacetado como el de las moscas. Y en esa zona fue que sucedió. Sucedió que los basurales que habían dado en llamar endémicos, pues parece que si les endosas una palabreja rebuscada les concedes la dignidad de una chistera o un bastón, se volvieran de nuevo.
Y ahora viene el cuadro que tú no pintarías. Vestidos con sus harapos de cáscaras de patatas y limón —sin embargo buen contraste de colores— de bichos muertos y ratas vivas, de algodones infectos, de jeringas desechables vaya a saberse con la sangre pútrida de quién, de cosas que preservan de la procreación, pero resulta que también y a pesar nacen o quedan en proyecto esos pobres condenados a terminar allí. Y el allí es así mismo un desposorio con las escobas sin mango, los zapatos que han perdido el don del par, los culos de vasos y de botellas, la comida sobrante de los unos que a los otros les falta, las cabezas de pescado y hasta de gatos, con los ojos abiertos en la sorpresa del morir».
«Y entonces, no por ser somnílocuo, sino por indefenso, grito de verdad que la basura ha vuelto, pero humanizada, amenazante como todo lo que ha adquirido conciencia. Y en busca de los que la arrojamos con desprecio viene a darnos guerra, entra de nuevo a nuestras casas, a nuestras oficinas, a nuestros cementerios, ya que los que están muertos también un día contribuyeron a la orgía del residual».

Destaco este fragmento porque me parece muy representativo de lo que Armonía Somers hizo con sus ficciones. Lo que consiguen sus cuentos es hacer retornar nuestras basuras, pero, eso sí, se trata de unos residuos que son lo más definitorio de nuestra esencia. También en todos sus cuentos hay un hecho o momento desencadenante, como el «Y en esa zona fue que sucedió» del anterior fragmento. Se trata de la esquina de Jezabel, «lugar que siempre resultará peligroso dada la toma de decisiones». Es «ese ruido previo de los derrumbes» de El derrumbamiento, primero de sus cuentos, como ya he señalado, cuyo título tan bien preconizó un elemento común en todos los que le seguirían.

Los cuentos de la uruguaya son muy diversos, pero, sin embargo, y como es habitual en los de un mismo autor, queda patente a lo largo de los mismos las inquietudes de su creadora. Pues bien, si hay alguna inquietud que predomina sobre todas ellas, esa es la de la muerte, llegando incluso a convertir un cortejo fúnebre en parte importante de uno de sus cuentos (Réquiem por Goyo Ribera) y en leitmotiv de otro de ellos (El entierro) (el cual por momentos casi parece alcanzar cierta comicidad), así como en narrar la subasta de un sepulcro en el cuento que lleva por título La subasta. Así, en Réquiem por Goyo Ribera leo: «Tus huesos van a ser una cosa ultrajada de tierra, una pequeña cosa gris, como tu vida, como tu historia». Y en Un remoto sabor a cal me encuentro con las siguientes palabras: «Debajo de esas losas no hay nada más que huesos. A los noventa y nueve años de cada difunto nos mandan abrir, guardan la lápida como reliquia junto al muro del fondo y adiós, un hoyo para el enfriado nuevo, esa es la historia de verdad». En Esperando a Polidoro, en cambio, es la muerte quien espera al Polidoro del título, el cual ha conseguido burlarla a través de un reloj que da la hora con retraso. Pero a la muerte no hay quien la burle y eso bien lo sabía Armonía Somers.

Estación de tren de Pando, localidad uruguaya en la que nació Armonía Pando. Fotografía de TaLu13 bajo licencia CC BY 3.0.

Hay otra clase de muerte, sin embargo, a la que la cuentista hizo también referencia en varios de sus relatos. «No, nunca sabrían los gusanos vivos que andaban por allí lo que él estaba sintiendo. Él, un supermuerto rodeado de infravivos, él, sufriendo en esa forma», leo en Las mulas. Y es que infravivir es otra manera de morir. 

Tendemos a pensar que la vida «se inaugura con el nacimiento. Qué error. La vida (también la muerte íntima) está marcada en el minuto x del día x de cada uno. Lo que ocurre para explicar el equívoco habitual es que la mayor parte de la humanidad, o se muere físicamente antes de despejar su incógnita o, por levantar una mísera moneda metida de perfil entre las losas de la acera, deja pasar el instante supremo que le salta por encima del espinazo como en cierto juego de niños. Son los responsables de la idea falsa. Y es debido a ellos que aparece luego en las biografías la fórmula petrificada: Fulano, año mil y tantos † año mil y tantos más. Nadie sino él podrá saber jamás, sin embargo, qué día de los contantes entre las fechas nacería o moriría el hombre. Pero se han atrevido a encerrarlo entre números convencionales como a un camino señalado por mojones».

Lo anterior lo leo en el cuento El memorialista, en el que poco después me encuentro con este otro fragmento: «Comencé, pues, preguntándole por su vida. Él me respondió como mis bolsillos, con la nada. Y ahí empieza a darse lo inexplicable. Porque un hombre puede tener los bolsillos vacíos, pero no logrará jamás ser un individuo sin problemas, sin hijos a quienes extirpar las amígdalas, sin mujer con várices, sin grifos del agua corriente que arreglar con urgencia, o libre de algún negocio que dependa de valores fluctuantes o de la rapacidad de una compañía financiadora». Parece que además de estar hermanados por esas consideradas miserias que se escapan a las convenciones, lo estamos también por esas otras que son las obligaciones que tantas veces nos condenan a infravivir. No es este el único de los relatos de este libro que contienen esta idea. Así, en el ya varias veces citado Jezabel me encuentro con una reflexión parecida por parte de su protagonista, el cual cae «en la cuenta de que un hombre está hecho con cierto conjunto mínimo de cosas miserables puestas en columna: el trabajo y el dinero que produce, o el que no alcanza a producir, y entonces la fórmula es trabajo más conflicto menos dinero; la comida y sus emanaciones peculiares; la mujer y sus continuos baños en sangre, los normales y los ocasionales; la amante y sus malditas exigencias para transformarse en objeto legal y ser luego la misma carga molesta. Después, un día o una noche, ya no se trabaja más, no se metaboliza más, no se ve volver a Rose pálida y cejijunta agarrándose de las paredes en la escalera luego de haberse quitado una nueva vida en cierne de las entrañas. Y ya no tendrá uno por qué mesarse los cabellos para que la querida crea que se viene de discutir por ella, ya no se la verá llorar más silenciosamente en los aniversarios del primer encuentro que se olvidan entre tanta hojarasca de calendario. Entonces, en esa fecha cualquiera, el pobre individuo que ha perdido su inestable reino terrestre pasará a unas grandes categorías problemáticas del pensamiento cuyos títulos intimidan a los que están aún vigentes. Pues ¿es o no libre el hombre? ¿Está solo o acompañado el hombre en la multitud? ¿Pervive o desaparece el ejemplar egocéntrico que ha dejado de girar sobre sí? Y en todo caso, según la angustia de los más simples, qué locura morir con tanta vida a mano».

Sí, qué locura morir con tanta vida a mano. Algo así se nos recuerda en La subasta: «El aire entra a tus pulmones y sale tuyo. Cortas pedazos de la noche con las tijeras de sastre de tus piernas y es tuya la huella de tus pies en el parque. Pisaste una hoja, la hoja crujió. Y tú ignorando eso tan inmenso, lo que vale el oír el ruido de algo bajo tus zapatos». Vivir es ir muriendo y es por tanto lógico que contemplar el destino último de la vida nos exhorte de alguna manera a aprovechar esta. A este respecto se pronunció la propia Armonía Somers en primera persona. Lo hizo hacia el final de su vida en La carta de El Cabildo, contenida en este libro, con motivo de la celebración en el Cabildo de Montevideo por parte de la Academia Uruguaya de las Letras del cuadragésimo aniversario del libro El derrumbamiento. Como la propia autora afirmó en otra de sus manifestaciones que «una carta me parece siempre la transmisión de un latido», creo que el fragmento que sigue de dicha carta es un magnífico broche para cerrar esta entrada dedicada a esta extraordinaria cuentista que no quiso ni pretendió «imponer la literatura que molesta, sino y solo sacarla del banquillo».

«Queridos Amigos:
Yo sé que dentro de tanta cosa bonita que de vez en vez oigo sobre mí en estos actos, se está celebrando mi final. Y lo digo sin mayor angustia, porque cualquier mente racional sabe que todo lo que empieza termina, es claro que con excepción de la inabordable infinitud.
[...]
No repito, como lo hago vida adentro, que no escribiré más. Y ello porque nadie, ni uno mismo, sabe de esa compulsión que vuelve a traernos y llevarnos, a veces golpeándonos contra las rocas de la costa del vivir. Un Sabato, un gran Sabato puede hacerlo. Científico, escritor y ahora pintor puede hacerlo. Pero estamos los débiles que volvemos a caer en el cepo, y quizás bien pudiera yo ser uno de ellos.
Eso sí, confieso que estoy cansada. Cansada de las famosas entrevistas que ya no concederé más, pues creo que lo he dicho todo. Y desde luego que fatigada de la continua invención, que implica un ordenamiento de ideas y muchas veces de investigaciones que se imponen para que lo escrito quede medular. Investigaciones que también son sobre uno mismo. Porque escribir es exponerse, dar la propia nota disfrazada del acontecer ajeno.
¿Y dónde queda el vivir? Me olvidé de vivir, dice un cantante melódico muy conocido. ¿Y dónde queda el leer? Es increíble que nos falte aún completar a un Chesterton, a un Conrad, y nada menos que a una Margarite Yourcenar. ¿Y dónde quedan las cosas simples como sentarse en una plaza, o lo que angustia a Fidel Castro, el no poder pararse en una esquina? ¿Y dónde quedan los afectos cuando uno debe decir esperen a que termine esto? ¿Y los problemas del mundo? Y al final nos arrojan del convoy adonde vamos. Es en un terraplén que me permití describir en un cuento. Allí se amontonan todos los que mueren el mismo día. Pero ya no sirven, están fríos. Y el calor, antes de que se apague el sol, hay que aprovecharlo. Ustedes dirán que me lo han ofrecido y me lo siguen ofreciendo como hoy, es cierto. Pero en muchos casos ese calor contiene compromisos. Que el cuento sea inédito, que el librito se pueda editar como una joya. Perdónenme, pues, por un tiempo. Pero tengan la seguridad de que, si no repito el lugar común de gracias, es porque hay sentimientos que deben quedar implícitos. Y que así sea hoy y siempre. Esto, tan poca cosa literaria, es, sin embargo, una breve carta oral que les he escrito. Alguna madrugada me habré levantado —de día imposible— a decirles me voy pero me quedo. No dejen de quererme. Eso es lo que importa».

Cementerio Británico de Montevideo, en donde reposan los restos de Armonía Somers. Fotografía de Mx. Granger bajo licencia CC0 1.0.






Ficha del libro:
Prologuista: María Cristina Dalmagro
Editorial: Páginas de Espuma
Nº de páginas: 656
Año de publicación: 2021
ISBN: 978-84-8393-305-3
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Viajar leyendo autoras: con la lectura de los Cuentos completos de Armonía Somers continúo, tras saltarme el viaje a África, en el que se leyó a Yaa Gyasi, mi participación en el club de lectura #ViajarLeyendoAutoras organizado por Isa Martínez (@MtnezIsa@readingsnorth). La iniciativa consiste en lo siguiente (copio y pego de la descripción del club facilitada por Isa en el grupo de facebook en el que se desarrolla el mismo):

Club Viajar Leyendo Autoras:
Las lecturas serán bimestrales. En enero y febrero viajaremos a África. En marzo y abril viajaremos a América. En mayo y junio viajaremos a Asia. En julio y agosto haremos el viaje especial a España. En septiembre y octubre viajaremos a Europa. Y por último, en noviembre y diciembre viajaremos a Oceanía.
Cada bimestre, a través de una encuesta, escogeremos una autora y cada uno leerá la obra u obras que decida
. Iremos comentando nuestras elecciones, compartiendo impresiones y haciendo recomendaciones.

Para leer en marzo y abril han sido propuestas Armonía Somers (Uruguay), Mónica Ojeda (Ecuador) y Nona Fernández (Chile), siendo elegida por votación la primera de ellas. Mi voto fue para Armonía Somers.

Armonía Somers, cuyo verdadero nombre fue Armonía Liropeya Etchepare Locino (Pando, 1914 - Montevideo, 1994), fue una escritora uruguaya. Hija de un anarquista y de una mujer de fuertes convicciones católicas, fue la única de su sexo en un escuela privada de un maestro español. Durante varias décadas desarrolló una importante carrera como maestra y pedagoga centrándose en las necesidades especiales de determinados ambientes sociales y en la documentación pedagógica. Debutó en el panorama literario en 1950 pero no fue hasta 1971 que se dedicó íntegramente a su faceta de escritora. Está considerada como una de las más destacadas cuentistas de su país de la segunda mitad del siglo XX. Entre sus novelas destacan la novela corta erótica La mujer desnuda, la cual fue su debut literario y supuso todo un escándalo, y su novela cumbre Solo los elefantes encuentran mandrágora, escrita al albor de su experiencia sufrida con la poco común dolencia del quilotórax. Su obra ha sido traducida a varios idiomas.





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Comentarios

  1. Desconocía por completo el nombre de esta autora uruguaya. Gracias a tu reseña me entero de su enorme calidad. Una calidad que sabes transmitir en una reseña magnífica y sé que difícil -al menos así me lo parece a mí- pues reseñar libros de relatos es tarea compleja por demás.
    Por las citas que colocas veo que no es una autora cómoda, simple, sencillota... Entiendo que va al meollo de las cosas, de la vida y... de la muerte. La relación hombre-mujer, los deseos inconfesados -pero potentes dentro de uno- de una persona que desea algo imposible para él como es concebir por parte de un homosexual, la inexorabilidad de la muerte, un mundo culpable lleno de culpas, etc. Todo esto está, creo, en estos relatos de los que en este preciso momento tomo nota.
    Un beso, Lorena

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    1. Para mí era una completa desconocida hasta que Isa la propuso como autora americana para el segundo bimestre del año. Fíjate que cuando publicó la terna de autoras mi primer impulso fue votar por Mónica Ojeda, escritora a la que llevo tiempo queriendo leer. Pero, como nunca me resisto a indagar sobre las autoras propuestas y sus libros, fue conocer un poco de la uruguaya y saber que la tenía que leer. Como finalmente salió elegida, me fue muy fácil cumplir mi deseo.
      Efectivamente, Juan Carlos, no la considero una autora fácil (y tampoco me ha resultado fácil escribir esta reseña). Ello no me ha disuadido de completar la lectura de sus cuentos, pues tenía el pálpito de que iba a ser así. De hecho, y aunque es algo que no acostumbro a hacer, me planteé desde el primer momento alternar estos relatos con otras lecturas, cosa que finalmente hice. Con todo, ha sido una experiencia lectora muy enriquecedora, por lo que pienso que haces bien tomando nota de esta autora tan injustamente desconocida.
      Besos

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  2. ¡Hoooola!

    Pues no me sonaba la autora, pero has logrado picar mi curiosidad.
    Eso si, ya voy avisada: veo que su pluma no es fácil, que su estilo no es amigable con los lectores y que puede ser difícil entrar en sus cuentos, que a veces te tienes que pelear un poco con ella jajaaj
    De todas formas, por todo lo demás que nos cuentas algunos relatos me han llamado la atención, creo que podría darle una oportunidad, aunque iré preparada mentalmente jajaj

    ¡besotes!

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    1. Sí, creo que está bien ir avisada cuando un autor o un libro requieren cierto esfuerzo, para así no abandonar la lectura a la primera dificultad.
      Espero que, si te animas, te resulte una lectura tan enriquecedora como a mí.
      Besos

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  3. Muerte, erotismo, precariedad, basuras que vuelven. Parecen unos cuentos muy negros, muy representativos de la parte más comprometida de la vida
    "Vestidos con sus harapos de cáscaras de patatas y limón —sin embargo buen contraste de colores— de bichos muertos y ratas vivas"... ¿Se refiere a Los girasoles de Van Gogh? Porque creo que es la mejor forma de evocar los colores que el pintor empleó en todos sus cuadros de esas flores.
    No conocía para nada a la autora, pero creo que estos relatos resultan totalmente turbadores. He visto que también tiene varias novelas. Buscaré algo para conocerla más a fondo.

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    1. El relato del que está extraído ese fragmento es como una especie de carta/extracto de diario/monólogo dirigida a Van Gogh. No queda muy claro quién es el narrador. Pero sí hace referencia al final al color de los girasoles. Como digo, es difícil en algunos de los cuentos entenderlos completamente. Habitualmente he tardado en entrar en ellos y en algunos me he perdido en algún momento. También los hay que los he seguido sin problema de principio a fin. Pero todos tienen algo. Todos en algún momento te paran o te agarran o te dan la vuelta. Para mí Armonía Somers también era una auténtica desconocida, pero me alegro mucho de haberla descubierto. Me da que sus novelas tampoco serán lectura sencilla, pero seguro que resultan también una experiencia enriquecedora.
      Besos

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  4. ¡Hola!
    Yo creo que siempre hay algo de cada escritor en sus libros. No conocía para nada a Armonía Somers, ahora sí la conozco, a través de ti. Ya sabes que probablemente (nunca digas nunca jamás) no leeré esta recopilación de cuentos, por cuestión de prioridades y porque los cuentos no son lo mío, aunque te reconozco que me resulta superatractivo esa mezcla que dices entre erotismo y religión, fijo que le llovieron hermosas críticas, jeje. Uruguaya, brasileña..., si es que las escritoras sudamericanas tienen un algo que las asemeja y que me encanta y últimamente parece que las vamos descubriendo cada vez más (en casi todas predomina el tema de la muerte y también el de la violencia). Tremenda esa carta final...
    Besos

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    1. También pienso que siempre hay de cada escritor en sus libros, si no biográficamente sí en cuanto a pensamiento o incluso solo en cuanto a forma de observar.
      Sinceramente, Marian, no veo estos cuentos muy de tu estilo, pero es cierto que nunca se puede decir nunca jamás. Hay libros que leo ahora que nunca me hubiera imaginado leyendo y otros que he leído y disfrutado que ahora ni me plantearía leer.
      Hemos comentado en otras ocasiones que las escritoras sudamericanas vienen pisando fuerte y con una voz muy potente. Tal vez lleven tiempo haciéndolo sin que les hayamos prestado la debida atención. Armonía Somers es un buen ejemplo de ello.
      El derrumbamiento, ese cuento en el que se mezcla el erotismo con elementos religiosos, es en mi opinión uno de los más asequibles de la autora. Supongo que a muchos les escandalizaría esa mezcla, así como supongo también que aquellos que se escandalizaron se quedaron tan solo en la superficie del cuento.
      La carta del final desprende una gran sabiduría y es toda una lección de vida. No debería de extrañar teniendo en cuenta que viene de alguien que se encuentra al final de la misma. No por ello deja de ser menos verdad cuanto en ella se dice ni de captar menos nuestra atención.
      Besos

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  5. Conocía de pasada a Armonía Somers, porque la vi no hace mucho en un blog amigo de mi lista; en "Atlas de literatura" de mi amigo Wineruda, en ese caso fue con una novela, "Retrato para Dickens", ahí ya constaté que era una autora de cierta complejidad, su universo particular puede parecer algo desconcertante, y es lo vierte en su obra. Y recuerdo que de sus letras emanaba un ambiente algo turbio.
    Me pareció una autora interesante, y lo corroboro ahora contigo.
    Un abrazo, Lorena.

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    1. Sí, no es una autora fácil. Hay que cogerla con ganas y sin miedo de que parte de lo que leamos nos resulte impenetrable. Como digo, leerla es como extraer diamante, con todo el esfuerzo que implica pero también con su valiosa su recompensa. Y la luz que desprende ese diamante no es diáfana, sino, como bien has percibido, turbia, igual que lo es muchas veces la disparidad de motivaciones de los seres humanos.
      Una autora más que interesante, Paco.
      Un abrazo

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