martes, 12 de julio de 2016

Cuando leo nunca piso tierra firme...

Me voy, de este blog, que soy yo misma.

Me voy y hace tiempo que me he ido. Llevo varios meses tirando de reseñas provenientes de un arranque de año lector espectacular.

Me voy y os debo una disculpa. Por estar semipresente, por tardar en visitaros a muchos compañeros o no hacerlo con la acostumbrada asiduidad. Por tener las redes sociales también semiabandonadas.

Me voy pero volveré. Porque no se puede renunciar a lo que se es.

Me voy y os dejo una canción. Escribe y canta Fito Cabrales que cuando canta nunca pisa tierra firme. Tampoco lo hago yo cuando leo. Bordeo precipicios, me asomo a abismos, coqueteo con la cuerda floja sin red de seguridad.

Me voy, en busca de esa seguridad que me falta, de la que en nada tienen culpa mis lecturas pero a las que he de sacrificar temporalmente a unos dioses que ni sé cómo invocar.

Me voy y el sacrificio aún no duele demasiado. Sabiendo de antemano que las heridas escuecen más en frío. Negándome a que cicatricen por miedo a que la falta de un hilo de sangre me borre las pistas del camino para regresar.

42 Feet in Ocean. Fotografía de Massimo Tomaselli
Me voy a trenzar esa malla que espero me sostenga. Sospechando que como tantas otras veces terminaré deshaciendo los nudos y volviendo al punto de partida, más vieja, más sabia y más cansada, pero orgullosa de levantarme una y otra vez y de volverlo a intentar.

Me voy y la canción que he elegido de despedida sin ser canción de verano me trae ecos de otra época estival. Baños de sol a su ritmo, que más que un moreno fugaz trajeron a mi piel la impresión imaginaria de otra de sus frases para enmarcar.

Me voy y os deseo que sean otros sones más alegres los que pongan banda sonora a vuestro verano. Que hagáis un bonito álbum de recuerdos, que lo llenéis de bellas lecturas.

Me voy y no consigo irme. ¿Cómo se va una de sí misma? Aquí quedan los trocitos más sinceros de mi ser, los más íntimos, los más escondidos. Para el que los quiera leer, para el que los sepa leer.

Me voy, me voy, me voy...

Estoy, estoy, estoy...





Traduciendo, que apenas tengo tiempo para leer y mucho menos para reseñar. Entre asistir a clases de un curso que estoy haciendo y preparar oposiciones para una bolsa de empleo temporal que ha convocado el ayuntamiento de mi ciudad se me va la vida. Si no hay novedades, tal vez sobre octubre asome por aquí aunque sea a bajo ritmo, pero no me atrevo a prometer nada.

Lo dicho, disfrutad mucho del verano los que podáis, y los que no, aprovechadlo aunque sea a ratitos.

Leed, amad, soñad.

Sed felices.

viernes, 1 de julio de 2016

Mujeres - Andrea Camilleri

"Y así descubrí que todas las mujeres tienen, más o menos en secreto, un poco de Angélica."
Angélica. A. Primera de las treinta y nueve mujeres que protagonizan los treinta y nueve relatos breves que componen este libro de Andrea Camilleri. Le seguirán otras treinta y ocho, todas ellas ordenadas por orden alfabético, capricho organizativo que exime de otorgar mayor importancia a unas que a otras. Y sí, una vez terminado el libro, puedo concluir que todas las mujeres de la vida de Camilleri tienen, más o menos en secreto, un poco en común.

Portada de Mujeres
Desinhibidas, sensuales (no deja de ser la del escritor siciliano una mirada masculina), algunas tiernas y dulces, todas ellas enigmáticas e inexpugnables, decididas y protagonistas por derecho propio de su propia historia. Así son las mujeres que pueblan estas páginas. Algunas de ellas ocuparon un lugar privilegiado en la vida del autor, con otras apenas se cruzó pero causaron en él una honda impresión. Las hay rescatadas de la literatura, la historia y la mitología, y otras que no conoció pero de las que oyó hablar y tras pasar por su pluma casi superan la leyenda de las anteriores. Las mujeres de Camilleri transcienden la realidad para alzarse en mito.

Se aleja el siciliano de la novela policíaca que predomina en su bibliografía e incluso de otras incursiones fuera de este género (podéis leer otra reseña de uno de sus libros aquí) y se biografía en parte con estos relatos. Al hablar de sus mujeres sus mujeres hablan de él. Y no solo se queda en una narración a ratos íntima a ratos declaración de intenciones, el contexto histórico de una Sicilia en guerra y de una Italia fascista ponen música de fondo a sus páginas, y su gratificante ironía consigue más de una cómplice sonrisa.
"Por fortuna, a finales de siglo nacerán en Francia la moda del Bal Tabarin y el vodevil. Las mujeres volverán a ser glorificadas como nunca por sus gracias exhibidas con gracia, no por sus peligrosos cerebros, así fue como los buenos espectadores burgueses pudieron volver a dormir tranquilos."
Tiene un aire de ensayo también este libro, aun sin proponérselo, especialmente en los relatos que hacen alusión a mujeres del mundo artístico, histórico o incluso legendario. Podría sacarse alguna ligera conclusión acerca de la percepción que se ha tenido de las mujeres y de la feminidad desde la Antigüedad hasta nuestros días. El mismo Camilleri, como he comentado anteriormente, evoca cierta imaginería mitológica cuando retrata a alguna de sus coetáneas que ya pertenecen al mundo real.

Declara el autor en una nota al final de este libro que "nunca había pensado en publicar un libro tan íntimo sobre la figura de la mujer, aunque también es cierto que nunca había pensado que en Italia, en el año 2013, sería necesario aprobar una ley contra el "feminicidio"." Y no lo había pensado un hombre que ha sobrepasado ya la novena década de vida y que proviene de una país tradicionalmente machista, tal vez porque desde la lucidez de su mente no creyó necesario incidir en lo que para él es una evidencia. Queda inmortalizado con estos relatos su particular homenaje a las mujeres en general y a aquellas que de un modo u otro le dejaron huella en particular. Y aún nos hace una concesión más, dejar aunque solo sea por algunos instantes su habitual socarronería e irreverencia, y regalarnos un trocito de su más secreta intimidad.
"Cerré los ojos y me abandoné. La de veces que mi madre me había cantado esa nana para ponerme a dormir... Durante unos minutos, Ofelia obró el milagro. Desapareció la guerra, desaparecieron la muerte y la destrucción, y se instauró un gran silencio, una gran paz en la que lentamente se disolvían el miedo y el tormento, el horror y la angustia... Caí en la cuenta de que estaba llorando lágrimas de liberación."
Libertad. Fotografía de Diógenes ;)
Ya que abrí esta reseña con la A lo suyo sería cerrarla con la Z. Me salto sin embargo el orden alfabético y rescato la E. Dos Elviras hubo en la vida de Andrea Camilleri, la que fuera mucho más que su editora, y su abuela materna. Cuenta este que no le ha dedicado a esta última ninguno de los libros que ha escrito, "quizá porque sé que ella los ha escrito conmigo." Yo, tras intuir la carismática personalidad de esta mujer esbozada por su nieto y sospechar que alguna incidencia tuvo en la creación artística de este, no puedo resistirme a dedicarle esta reseña a Doña Elvira. Mi particular homenaje a una mujer que para mí, gracias a lo que se desprende de las palabras de su nieto, ya se ha convertido en mito.


Ficha del libro:
Título: Mujeres
Editorial: Salamandra
Año de publicación: 2015
Nº de páginas: 208

jueves, 23 de junio de 2016

Nada se opone a la noche - Delphine de Vigan

"Pintaba un día, el negro había invadido la tela por completo, sin formas, sin contrastes, sin transparencias. En ese extremo vi de alguna manera la negación del negro. Las diferencias de textura reflejaban la luz con más o menos claridad, una luz pictórica, cuyo poder emocional particular animaba mi deseo de pintar. Mi instrumento ya no era el negro, sino esa luz secreta procedente del negro."

Pierre Soulages
El dolor desprende hermosura. Siempre me lo ha parecido. Por eso lo busco con una especie de masoquismo lector. La fragilidad, la exposición de esa fragilidad, de las almas rotas, no hay belleza más auténtica. Como una muerte dulce, nos dejamos desangrar y gota a gota damos salida al dolor. Vaciamiento, ausencia. El negro es también sinónimo de ausencia, de color en este caso. El negro no es capaz de reflejar luz alguna precisamente porque la absorbe toda. Quiero pensar que hay personas que son como agujeros negros, pozos aparentemente vacíos, huecos, abisales, que ostentan sin embargo tal carga de luz en sus profundidades que no saben manejarla. Quiero pensar que hay otras capaces de detectar esa luz salvaje y no dejarse cegar. La luz devuelta a la superficie, el negro restituido en color. Quiero pensar y pienso porque Lucile Poirier brilla en este libro a través de la mirada de su hija Delphine. Pierre Soulages tiene razón, hay una luz secreta en el negro cuyo poder emocional irradia y trasciende. No he podido ser inmune a él. No he querido.

Portada de Nada se opone a la noche
La cita del pintor francés es la elegida por Delphine de Vigan para encabezar esta especie de novela biográfica sobre su madre que constituye "Nada se opone a la noche". Una presentación perfecta que ya me lo pareció aún sin saber lo que me esperaba. La noche termina cerniéndose sobre Lucile, madre de Delphine, la noche siempre ha habitado en ella, y Delphine de Vigan recoge los pedazos que ha cristalizado esa fría y misteriosa helada nocturna y reivindica con ellos a su madre, se reconstruye y levanta a sí misma, y honra la memoria familiar.

Conocemos a la Lucile niña, tercera hija de una familia numerosa francesa en los años cincuenta. Lucile es rubísima y hermosísima por lo que colabora en la economía familiar posando como modelo publicitaria. Adora esas sesiones por el tiempo que tiene a su madre solo para sí, pero secretamente le incomodan por la expectación y atención que despierta. Se cría entre el alboroto y algarabía de su casa y las calles circundantes en una época en que los niños eran reyes del asfalto y no rehenes de la suspicacia y del exceso de protección. Un cuadro costumbrista y casi entrañable si no fuera porque hay algo en la narración que nos hace permanecer alerta, pendientes y al acecho de lo que tal vez al pasar la página nos corte la respiración y nos deje sin aliento. Primera tragedia familiar. Le seguirán otras. Pum, pum, pum, pesas en un platillo de balanza que amenazan con hundirlo. La familia de los Poirier parece asolada por una maldición, o tal vez ella misma esté maldita, enredada y condenada por relaciones ambiguas y viciadas.

Delphine de Vigan escribe con el permiso de los hermanos de su madre que continúan con vida, también con el de su propia hermana hija también de Lucile. Con su permiso y con su colaboración. Muchas son las horas de charla grabadas, los documentos compartidos, fotografías, las diferentes versiones contrastadas. Con su permiso, su colaboración, su temor y su esperanza. Muchas son las reflexiones sobre la escritura y la realidad que la autora deja patentes en estas páginas. Qué contar, qué callar, qué rescatar, qué descartar. Cómo llegar a la verdad, qué estéril e inútil tarea, toda verdad es inalcanzable, la de Lucile aún más. Cómo contar sin dañar, otra labor imposible, escribir es exponer.

Todos son generosos, Delphine también. Aun así se calla cosas, protege. A su madre, a sí misma, a sus tíos, abuelos, hermana. Pero tengo la impresión de que protege a alguien en particular, alguien que supongo ha preferido quedarse al margen y que ella no ha dudado en respetar. No importa, los silencios son poderosos, a veces más que las propias palabras, y los de este libro no merman para nada la sinceridad y honestidad que desprenden sus páginas.

Delphine es generosa, sí, y también valiente. Llegará un momento en el que cada vez necesitará recurrir menos a testimonios ajenos y a anécdotas mil veces escuchadas pero no vividas para acudir a sus propios recuerdos y vivencias. Dejamos atrás los años cincuenta y sesenta y nos adentramos en los setenta y décadas posteriores. Un cambio social en Francia y una ya joven Lucile que camina tambaleante por la cuerda floja. Y una joven madre con dos niñas que comienza a reflejar los primeros destellos de su enfermedad mental.

Sentido. Fotografía de jeronimo sanz
Con un respeto exquisito pero sin tapujos habla la escritora francesa sobre la enfermedad de su madre, con la misma naturalidad y sin cortapisas con la que cuenta todo lo demás. No culpa, no acusa, no señala. Delphine cuenta a su madre en un intento de acercarse y comprenderla, y sin querer o tal vez queriendo se cuenta en parte a ella. Escribir es también eso, un vaciarse, una catarsis, un desmontarse para reconstruirse y poder seguir camino. Las palabras de de Vigan son un conjuro contra la maldición familiar, la pócima que los resarcirá a todos de las tragedias acumuladas, el fin del temor a volver la página pensando en un nuevo daño que vendrá.

Pensaréis que os lo estoy contando todo. No, no os estoy contando absolutamente nada. Me he quedado en la superficie, en el borde de ese agujero negro que solo promete oscuridad. Para descubrir la luz hay que adentrarse en el libro, en Lucile, hermanarse con su dolor y su sufrimiento. Dejar que sus fragmentos rocen y perforen nuestra piel. Tragarlos, dejarnos desgarrar y digerirlos hasta vomitar sangre. Sangre que se unirá a la que ya resbala por nuestra epidermis, que nos lleva a un estado comatoso que nos acuna y adormece. No sé cuánto dolor puede absorber una persona, cuánto es capaz de acumular una familia, ignoro cuánto puede sobrellevar un lector aunque tal vez este libro se acerque al límite. Sí sé que había luz en Lucile, tanta que por momentos la hizo brillar y por otros la deslumbró desorientándola y perdiéndola. Sé además que tras su muerte su hija pudo atemperar ese fulgor y reflejarlo en un haz de luz que aunque no lo creáis es negra. Ojalá pudiérais verla.
"La mirada de George sobre su hija parecía marcada de extrañeza. Lucile tenía algo de sombrío que la asemejaba a él. Desde muy pequeña, Lucile le intrigaba. Esa forma que tenía de aislarse, de abstraerse, como si estuviese esperando a alguien, de utilizar el lenguaje con parsimonia, esa forma, había pensado a veces, de no comprometerse. Pero él sabía que a Lucile no se le escapaba nada, ni un sonido, ni una imagen. Lo captaba todo. Lo absorbía todo. Como sus otros hijos, Lucile quería complacerle, buscaba su sonrisa, su aprobación, sus felicitaciones. Como los demás, esperaba la vuelta de su padre y a veces, cuando Liane se lo proponía, le contaba su jornada. Pero Lucile, más que los demás, estaba ligada a él.

Y Georges no podía dejar de mirarla, fascinado.

Años más tarde, su madre hablaría de esa atracción que Lucile ejercía sobre los demás, esa mezcla de belleza y ausencia, esa forma que tenía de sostener la mirada, perdida en sus pensamientos.

Años más tarde, cuando también Lucile estaría muerta, mucho antes de convertirse en una anciana, encontraríamos entre sus cosas las imágenes publicitarias de una niña sonriente y natural.

Años más tarde, cuando hubo que vaciar el piso de Lucile, descubriríamos en el fondo de un cajón una película entera de fotos del cadáver de su padre, hechas por ella misma y desde todos los ángulos posibles, con un traje beige u ocre, color vómito."
Ascensão. Fotografía de jeronimo sanz


Ficha del libro:
Título: Nada se opone a la noche
Autor: Delphine de Vigan
Editorial: Anagrama
Año de publicación: 2012
Nº de páginas: 376

miércoles, 15 de junio de 2016

Fémina - Ángela Barco

Las ciudades guardan un registro de sus habitantes, las casas susurran a gritos las vidas de sus inquilinos. Ambas adoptan la personalidad de quienes transitan por ellas, se amoldan gustosa y presurosamente con un mimetismo admirable y un significado devastador. ¿Seguirán ostentado la huella que les hemos imprimido cuando nos vayamos? ¿Nos delatarán los edificios e infraestructuras, nos contarán el mobiliario y los decorados? O tal vez guarden silencio, mudos no por obstinados sino por incapacidad de encontrar algo que relatar. Qué de nosotros sobrevivirá al olvido, qué se transmitirá por vía intergeneracional. Qué de nuestra vida se escapará a la muerte. Muerte, muerte, no hay más muerte que la muerte en vida de una vida no vivida.
"Todo aquello que veía la hizo el efecto de una gran celda almohadillada con riquísimos terciopelos, en la que se ahogarían sus gritos de pasión y de juventud, sus ansias de bohemia, su hambre de sol y de multitudes..."
Portada de Fémina
La ciudad de la que hablo es Salamanca, la casa a la que me refiero es la de Gabriela. No la casa en la que se crió (aunque bien pensado también podría haber sido esa una casa de muerte) sino aquella a la que se traslada tras sus nupcias con un reputado banquero de la ciudad universitaria por excelencia. Estamos a principios del siglo XX, Salamanca comienza a abrirse tímidamente a la modernidad, mas al marido de Gabriela le espanto todo aquello que huela a cambio e innovación, no solo en su ciudad sino también en su casa. Y en su joven y hermosa mujer.

Ángela Barco fue una escritora nacida en Salamanca hacia finales del siglo XIX. En su juventud comenzó a destacar en el mundo literario de la época no solo con sus cuentos sino también con artículos, alguno de ellos polémicos por reivindicar un mayor protagonismo de la mujer en una sociedad en la que todavía la mayoría de las féminas poca relevancia tenían más allá de los muros de su hogar. "Fémina" precisamente es el título de la novela breve que hoy os traigo, publicada por primera vez en la revista El cuento semanal en 1910 y rescatada 106 años después por la también escritora salmantina Laura Rivas Arranz en su blog dedicado a la ciudad de Salamanca Historias del cuarto de atrás.

No solo saca del olvido Laura Rivas esta novela y otras publicaciones de la autora, sino también a la mismísima Ángela Barco. La autora de "Fémina" es una desconocida, un misterio. Poco cuenta de ella su ciudad, nada delatan las paredes que la albergaron. Rivas Arranz no solo resucita parte de su obra sino que además realiza un trabajo de documentación encomiable que contextualiza los escritos de esta escritora y su figura social y literariamente.

La historia de Gabriela, protagonista de "Fémina", podría haber sido la de la propia Ángela Barco o la de muchas otras mujeres de la época. Educada desde corta edad para convertirse en esposa, con una vida plácida, carente de expectativas, la joven Gabriela tan solo puede alimentar sus sueños y fantasías con las novelas que caen en sus manos provenientes de las de su padre. Su matrimonio con un hombre acaudalado, lejos de colmar las ansias de aventura que han comenzado a germinar en ella, la sumirán en un tedio y monotonía que serán su sepultura en vida. Las paredes se le caen encima, la fastuosa decoración la engulle, el silencio reinante ahoga sus gritos y risas de muchacha que debería estar comenzando a vivir y en cambio se consume día a día. Pero Gabriela tiene un plan para combatir su aburrimiento y lo llevará hasta sus últimas consecuencias. No hay más muerte que la muerte en vida de una vida no vivida.

Salamanca - Casa de las Muertes. Fotografía de Constantin Uhde
La prosa de Barco es elegante y envolvente. Nos sumerge en la historia con sus ricas pinceladas descriptivas hilvanadas a las reflexiones de sus personajes. Ambas se entretejen para contarnos su historia que es una sola. Así levanta una trama cuyo final aunque se va viendo venir no por ello es menos revelador. La última frase de Gabriela es demoledora y actúa a modo de detonador socavando los cimientos de esa casa muerta.

Demoledoras también en cierto sentido son algunas de las frases proferidas por su marido. Frases como: "Todo, desde que mi mujercita guardó sus nervios entre las cosas que para nada sirven, que bien estorban, todo marcha a pedir boca." o: "Así, así es como quiero yo verte, alegre, dulce, reposada, las tres únicas cualidades que pueden hacer adorable a una mujer..." son representativas de lo que se esperaba de una mujer de la condición de Gabriela en los años en los que vivió su autora. No podía despedir esta reseña sin dejar constancia de ellas.

Pocas páginas necesitó Ángela Barco para contar la historia de la sociedad salmantina (y por extensión la española) en la que creció y vivió hasta su juventud. Pocos años le hicieron falta a esa misma sociedad y a sus generaciones posteriores para silenciar su voz y sepultar su palabra. Laura Rivas ha exhumado un pequeño tesoro que un siglo después mantiene su valor inalterado. Viene con un mensaje escrito con tinta indeleble que nadie que lea podrá despreciar: vida y justicia para Ángela Barco, futuro y esperanza para su fémina Gabriela. Quiénes somos nosotros para negárselo.
"Jamás podría ella contar, estaba segura, más que esos dos tiempos: pasado y presente; porque éste, ¡no!, no había de cambiar en nada, para exasperarla con su monotonía invariable."

Jules-Joseph-Lefebvre-xx-Liseuse-xx-Public-collection_m. Fotografía de leo.jeje



Ficha del libro:
Título: Fémina
Autor: Ángela Barco
Edición: Laura Rivas Arranz
Año de publicación: 2016 (1910)
Descarga gratuita aquí

martes, 7 de junio de 2016

Las efímeras - Pilar Adón

"Ahora no hablaban. Las ramas de los árboles se revolvían convertidas en seres coléricos, como si esperaran poder escapar de un tronco despótico que las obligaba a convivir atadas a él y a ser azotadas continuamente por la tormenta que ya tenían encima. Y aquél era el único sonido que escuchaban en ese instante. Con su evidente rastro de delirio y ferocidad, lo que le hizo considerar a Anita que tan salvaje como el viento exterior podía llegar a ser su comportamiento en el interior." 
Sería ingenuo por mi parte declarar que las imágenes que me sugieren el párrafo bajo el que escribo resumen de alguna manera el libro del que hoy os vengo a hablar. Sin embargo, me siento impotente para ofreceros una descripción mejor. Son muchas las cosas que me dicen estas frases: el miedo a lo ajeno a nosotros cuando el mayor enemigo reside en nuestro interior; las ramas clamando por su independencia del tronco en un esfuerzo titánico, el grueso tronco que las somete con tiranía, ambos igual de perturbadores, tronco estéril sin ramas, ramas inertes sin tronco; las ramificaciones que tiene esta historia, los brotes silentes y palpitantes que Pilar Adón nos presenta para que cada uno deguste el más apetitoso o el más amargo; la naturaleza salvaje e inclemente que lo mismo asusta que al instante siguiente nos muestra su calma cual niña mimosa y zalamera; el mimetismo del hombre y sus sentimientos con esa misma naturaleza, el hombre que vuelve a la tierra, el hijo pródigo que regresa, el hijo pródigo que no es único. Sí, son muchas las cosas narradas en este libro, o tal vez sea solo una y sea yo la que como humana todo lo complica.
"Dora cargaba la pala, vaciaba la pala. Carga y vaciamiento."
Portada de Las efímeras
Dora Oliver vive junto a su hermana Violeta en una casa aislada situada a las afueras de una comunidad. Las dos viven solas desde que faltaron sus padres y apenas mantienen relación con otros miembros de esa comunidad a la que pertenecen. Este ambiente paradójicamente tan cerrado, teniendo en cuenta que viven en plena naturaleza, las ha llevado a desarrollar entre ellas una relación insana de dominación y sometimiento. Un día Violeta conoce a Denis, un tímido muchacho sobre el que cae el peso de un turbio pasado. A partir de entonces las leyes no escritas de la convivencia de las dos hermanas pugnarán por resquebrajarse.

Algo va a salir mal. Lo presiento. Desde la primera página. Mi presentimiento se acentúa a medida que avanzo en la lectura. Será el bosque que guarda mil secretos; serán las frases de Pilar Adón en las que rascas, rascas, rascas, y a cada nueva lectura descubres algo nuevo. Pero no tengo ni idea de lo que va a pasar ni de por dónde me va a llevar la autora madrileña. Viajo sin rumbo, sin mapa, sin GPS; mis pies descalzos, mi piel desnuda, mi pelo suelto. Yo no conozco la comunidad, apenas me entero de que la llaman La Ruche (tras terminar el libro descubro que existió de verdad), no sé a quién acudir. Dora sí sabe: molesta a Tom, recién llegado, cuando tiene algún problema en su propiedad; ante sus problemas con Violeta busca a Anita, la mujer que vela por los habitantes de esa colmena, la encargada de mantener el equilibrio. Y yo sigo en el bosque, agazapada, escondiéndome tras los árboles, escuchando, tejiendo y destejiendo. Y los persigo, a Violeta y a Denis, a Dora, a Tom y a Anita. Y sé que algo malo va a pasar, pero no sé a quién, ni cuándo o dónde. Cómo advertir. Cómo evitar.

Sobre estos cinco personajes principales levanta Pilar Adón la trama de su novela. Miento, me falta uno, el más importante, la magnífica ambientación que lo devora todo cual colmena de termitas. Los habitantes de La Ruche han llegado a ella buscando despojarse de todo lo prescindible y vivir tan solo con lo que se aleja de lo superfluo, han venido a vivir en una comunidad y sin embargo se mantienen alejados unos de otros, buscándose solo cuando la necesidad apremia. "Las efímeras" es una brillante alegoría de las contradicciones de los seres humanos, tanto individualmente como considerándolos como grupo. Las ansias de libertad, de independencia, la dependencia emocional, la preservación de la intimidad, el culto a la soledad y el miedo a sentirse solo, el esconderse tras responsabilidades autoimpuestas para mantenerse alejado de lo que realmente es vivir, todas estas contradicciones viven alojadas en los personajes de Adón, separadas tan solo por una fina barrera de piel de otras mil contradicciones que aguardan en el exterior.
"-Creo que fue Schopenhauer quien dijo que el instinto social de los hombres no se basa en el amor a la sociedad sino en el miedo a la soledad,..."
La ruche, la salle d'études. Fotografía de Christian Rouet
Y es ese exterior lo más memorable de esta novela. La lluvia inclemente, la tierra engañosa, el mantillo de descomposición mezcla de lo que muere y lo que nace de lo muerto. Somos diminutos y efímeros, cazadores y cazados, y Pilar Adón ha venido a recordárnoslo. Me ha mantenido ahí, completamente fascinada, envuelta en un escenario y una historia inquietantes. Y yo me he sometido mansa, sin rebelarme; no me ha importado pasar frío, quedarme sola de noche en el bosque o transitar por él sin brújula ni guía. Algo malo va a pasar y voy directa a su encuentro, intentado recoger las pistas que me brindan para amortiguar el impacto que barrunto me espera. Pero soy humana y sé que no aprenderé a la primera, tendré que volver a acudir a Pilar Adón. Sé dónde encontrarla, hay títulos suyos llamándome bajito pero incesantemente. Sé también dónde esperarla: en el punto de mira, brazos abiertos. Mis pies descalzos, mi piel desnuda, mi pelo suelto. Mi pecho abierto.
"En todos los lugares del mundo los pájaros enmudecen cuando un cazador se acerca. Se alteran de alguna manera. Cambian de comportamiento. Dejan de cantar. Abandonan su actividad previa y se entregan a la única tarea de guarecerse y conservar la vida. Éstos, en cambio, fueron ingenuamente al encuentro de los primeros navegantes que recalaron en sus islas, y se quedaron inmóviles ante ellos, confiados. Sin asustarse. Incapaces de sospechar que hubiera motivos para temerlos. No sabían que debían esconderse y protegerse, y lo que hicieron, en cambio, fue mirar de frente a sus asesinos sin poder imaginar que lo eran."
Green frame on broken red bricks. Fotografía de Horia Varlan


Ficha del libro:
Título: Las efímeras
Autor: Pilar Adón
Editorial: Galaxia Gutemberg
Año de publicación: 2015
Nº de páginas: 240
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lunes, 30 de mayo de 2016

El pudor del pornógrafo - Alan Pauls

"...a veces pienso que no soy sino una máquina de medir obstáculos, un obstaculómetro."
Medir obstáculos: hay que detectarlos y cuantificarlos, estar alertas y receptivos a la percepción de los mismos. Tanta solicitud en la tarea puede llevarnos a una predisposición a reconsiderar todo nuestro entorno como uno de ellos, o tal vez seamos nosotros mismos quienes en nuestra paranoia nos hayamos procurado tanta inconveniencia. Qué obsesión enfermiza. Qué paradoja extrema especialmente cuando sabemos que tras el obstáculo habita nuestro más anhelado deseo.

Portada de El pudor del pornógrafo
De obsesión y paradoja tiene mucho la historia que hoy os traigo. El protagonista de esta novela vive recluido en su apartamento. Allí se dedica a una única actividad: contestar cartas, en eso consiste su trabajo. Tan solo se permite unos minutos de interrupción para asomarse al balcón y divisar en el parque que desde el mismo se contempla a su amada Úrsula. En ese mero contacto visual consiste su relación hasta que un día Úrsula decide cambiar la naturaleza de la misma. Ya no más miradas en la lejanía, a partir de entonces comenzarán a cartearse. Nuestro protagonista vivirá solo por y para las cartas de su amada, debatiéndose entre la espera de la recepción y la urgencia de su respuesta, y cumpliendo entre ambas metódica y eficientemente con su deber de responder a las otras cartas.
"Esas cartas, Úrsula, esas carradas de cartas que, recibidas, van apropiándose de mis energías, se adhieren como ventosas a mi piel y con invisibles labios extraen de mis arterias la sangre que yo sólo sacrificaría sin vacilar para encontrarme contigo, aunque fuera apenas unos segundos. Pero esa sangre, amor mío, esa sangre que las cartas extraen de mí sin piedad, yo la recupero milagrosamente al leer las tuyas, al proveerme tú de tus noticias... Ya lo ves: lo que aquéllas me quitan, tú me lo devuelves purificado, redoblado en su vigor."
Las otras cartas son de contenido sexual, hombres y mujeres le escriben confesándole sus pasiones más secretas. Este libro es la reedición, treinta años después de su publicación, de la primera novela de Alan Pauls, así que por fechas podríamos pensar que el trabajo del incansable escribiente no sea otro tal vez que responder la correspondencia del consultorio de alguna publicación erótica. Las cartas de Úrsula representarían la pureza del amor en contraposición del simple deseo y satisfacción carnal. Deberían arrojar luz, sosiego, sin embargo, el juego epistolar se torna para el pornógrafo en febril y delirante obsesión.
"Son también nuestras cartas, Úrsula, las que al dar alivio a nuestros inmensos deseos, las que al concedernos por un instante -el fugaz instante que dura la lectura de nuestras cartas- la ilusión de yacer, caer un cuerpo del otro cuerpo, casi tocándose, al mismo tiempo se encargan una y otra vez de devolvernos al abismo de distancia que nos "separa"... ¡Ah! ¿Podrá concebirse alguna vez una máquina que, como la de nuestra correspondencia, paradojal e implacable, nos haga sufrir y desear tanto?"
Letters. Fotografía de Mariya Chorna
Lo que debería ser una novela epistolar termina siendo el monólogo obsesivo de su protagonista, un discurso encadenado que actúa sobre nosostros cual fuerza centrípeta arrastrándonos hacia el torbellino de sus emociones. Suyas son sus palabras y pensamientos, suyas las cartas que con nosotros comparte. De las de Úrsula solo conocemos su interpretación y algún fragmento que en las propias transcribe el protagonsita y también narrador. Así, con tan pocos elementos, fijando la acción en el presente, sin ofrecernos referencias temporales o de otro tipo, construye Alan Pauls una narración con claros tintes kafkianos.

Kafkiano es también el personaje que falta para completar la trama, el cual será todo un elemento desestabilizador. Un mensajero enmascarado por cuyas venas pareciera que en vez de sangre corriera la tinta de las cartas que trae y lleva, la misma tinta en la que el pornógrafo descifra sutiles cambios en la caligrafía de su amada a través de los cuales adivinará sus estados de ánimo. Guiños cómplices (todas estas alusiones a la escritura) al lector en una novela en la que no solo quedan patentes la paradoja y obsesión que supone a veces el amor, sino también la del oficio de escritor.

Me acerqué a este libro por su sinopsis, por asistir a esa evolución del pornógrafo que por primera vez recibe y escribe cartas de amor. Su lectura no fue como esperaba. No diré que no ha cumplido mis expectativas pues no se trata de eso y además sería injusta con el libro y con su autor. Simplemente no era el libro que quería o necesitaba en el momento en que lo leí, y de haberlo sabido hubiese postergado su lectura para disfrutarlo más de lo que lo hice. Sin embargo, esta más que interesante y curiosa historia, también extraña y por tanto difícil de recomendar o no del gusto de muchos lectores, tiene valores de sobra para que dedique parte de mi tiempo (del que no ando sobrada precisamente en estos momentos) a escribirle una reseña. ¿El final? Tal vez lo intuáis, tal vez no. O tal vez solo me reste añadir: qué esperar de quien dedica sus días a cultivar obstáculos. Me cuento, me escribo y me re-escribo.
"Todos mis sueños, Úrsula, están atados indisolublemente a lo imposible."
Protagonico. Fotografía de Carolina L. Llano


Ficha del libro: 
Título: El pudor del pornógrafo
Autor: Alan Pauls
Editorial: Anagrama
Año de publicación: 2014
Nº de páginas: 160

viernes, 20 de mayo de 2016

Una letra femenina azul pálido - Franz Werfel

A veces el pasado viene a buscarnos. Nos silba, nos hace un guiño. Un detalle imperceptible para los otros que para nosotros se presenta cargado de significado. Algo que se cuela por las invisibles grietas de nuestra inmutable apariencia y que nos enfrenta abruptamente con quienes fuimos. Qué lejano ese yo del pasado. Qué ingenuo, qué absorbente, qué inoportuno. Nuestro yo presente no puede permitirse el lujo de presentar su joven yo a su actual vida: hola familia, hola compañeros de trabajo, hola sociedad, este es mi antiguo yo. Caras de rechazo y confusión. No encaja, no pertenece, esta no es su vida ni su lugar. ¿A qué habrá venido? ¿Qué querrá? ¿Qué nos reclamará?
"¿De dónde venía aquel terror indigno e incomprensible que sintiera minutos antes cuando esa carta lo miró de pronto fijamente entre toda su correspondencia anodina? Era uno de esos terrores que provienen de los inicios de la vida. Uno de esos miedos que no debe ni puede sentir un hombre que ha llegado a la cúspide y casi ha completado su trayectoria."
Portada de Una letra femenina azul pálido
Una carta es la que lleva al yo pasado de Leónidas al encuentro con su yo presente, una carta escrita por una letra femenina azul pálido que Leónidas reconoce de inmediato. Leónidas ocupa un alto cargo como funcionario en el ministerio de Educación y Ciencia en Viena y la remitente se dirige a él cordial, respetuosa y educadamente solicitándole ayuda para que un muchacho alemán de dieciocho años pueda estudiar en la capital austriaca. León recuerda una relación con esa mujer menos distante y sí más íntima, amorosa y apasionada. No necesita hacer cuentas para preguntarse (pues esa relación pasada y pasajera ha anidado en su interior) si acaso el muchacho para el que es inquirida su ayuda no podría ser un hijo suyo hasta entonces ignorado.

León proviene de un origen humilde. Toda su meteórica carrera se ha ido escalonando sobre la suerte aprovechada y la oportunidad ofrecida y no desdeñada. Casado con una mujer de acaudalada familia y ostentando un cargo influyente, se ha amoldado a su vida de nuevo rico con un mimetismo asombroso y digno de elogio. Se desenvuelve socialmente con escrupulosa perfección, pero la carta recién recibida hará que surjan las inseguridades y que se sienta en parte un impostor ocupando una posición y una vida que no le corresponden. Teme que todo lo que ha conseguido comience lentamente a desmoronarse.
"Yo personalmente, por ejemplo, no debo mi meteórica carrera a ningún atributo excepcional, sino a tres talentos musicales: un oído muy fino para detectar las vanidades humanas, un gran sentido del ritmo y -éste es el más importante de los tres- una capacidad de imitación extremadamente acomodaticia que, sin duda, tiene sus raíces en la debilidad de mi carácter."
El funcionario ministerial ha causado en mí una antipatía profunda. Pensé que esta se iría difuminando a medida que avanzara en la lectura pero no ha sido así. En algún momento esta se ha rebajado e incluso al cercarse el final me ha llegado a inspirar pena pero la antipatía sigue ahí. Y soy indulgente con los personajes, aunque no comulgue con ellos. Perdono sus debilidades, disculpo sus actos de cobardía, abrazo sus inseguridades. Pero es que nuestro protagonista además de todo esto cultiva la hipocresía con fino arte. Tanta fachada, tanta falsedad, ya me cuesta un poquito más de disculpar, porque cuando se quita uno la careta los débiles cimientos que hay detrás se desvanecen y no dejan ningún sostén al que aferrarse.
"En su terso rostro las rutas de acceso a la vida no estaban obstruidas ni vacías, sino que eran alegremente transitadas. Por ellas se pavoneaban sonrisas de todo tipo, de amabilidad, de burla y de buen o mal humor, así como la mentira en todas sus versiones."
Bow Tie. Fotografía de chrstphre campwell
Y a pesar de tanta antipatía no me queda otra que proclamar las bondades de esta exquisita y breve novela que nos dejó de regalo Franz Werfel. Exquisita es la prosa de este autor, que me ha recordado a la de su coetáneo Stefan Zweig, y es ella la que nos lleva, nos envuelve y nos permite asistir maravillados a cómo evoluciona esta historia hasta coronarse con un soberbio final. Por ello he disfrutado de una narración que se sustenta en el personaje del frívolo y encorsetado Leónidas. Le acompañan dos consortes magníficamente retratadas como son su esposa y su antigua amante, pero todo se relata desde la perspectiva del funcionario, recurriendo a la tercera persona y dejando en muchas ocasiones paso a reflexiones en propia boca del protagonista a través de las cuales podemos comprobar como la culpa le atenaza y mortifica.

Si alguno de vosotros se pregunta por el motivo de que el autor austro-checo eligiese a un personaje tan aparentemente poco apetecible como protagonista de una de sus novelas, le diré que el impecable, elegante y siempre correcto Leónidas no es más que el retrato de una sociedad y una época. Una Viena cúspide de la cultura europea, una Alemania que comienza a temblar y contagiar a los países a su alrededor (el chico alemán para el que se solicita ayuda es de origen judío), el final de centroeuropa tal y como era conocida y el principio de una nueva época.

Todo es un efecto dominó en el que el empuje de una ficha lo echa todo a rodar. Así opera esa letra femenina azul pálida en León y así obra también la prosa de Werfel en nosotros. Ese azul pálido me transmitió reminiscencias de algo suave, elegante, cadencioso, también sutil, y tal vez la mano femenina creadora de esa letra contribuyera a reafirmar esas impresiones. Reconozco que lo del título fue amor a primera vista y la preciosa portada el alcahuete perfecto. Tras el idilio aquí os lo dejo por si alguno lo quiere recoger por tentarle descubrir cómo se maneja el cincuentón Leónidas con su culpa y si decidirá aprovechar la oportunidad de redimirse que le ofrece su yo pasado. Yo aquí me quedo pensando si recibiría de buen grado al mío propio o si aquella que alguna vez fui vendría a aprobarme o a reclamarme. O mejor me dejo de tanto pensar y me dedico a vivir de verdad. Solo así se obtienen ganancias para saldar las deudas pasadas.
"¡Qué atroz manía de funcionario esa de buscarle motivaciones a todo, de fundamentarlo todo! ¿No reside acaso la verdadera vida en lo imprevisto, en la inspiración del instante? Corrompido hasta la médula por el éxito y el bienestar, ¿no se le habría olvidado a sus cincuenta años lo que era vivir de verdad?"
Roses 2. Fotografía de Allan Henderson


Ficha del libro:
Título: Una letra femenina azul pálido
Autor: Franz Werfel
Editorial: Anagrama
Año de publicación: 2015 (1941)
Nº de páginas: 144

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