Una belleza terribe - Edurne Portela y José Ovejero

Aviso: esto no es una vuelta; o al menos no es una vuelta al uso. Tan solo es un intento de que no se pierdan, de que no se olviden las lecturas que —finalmente y contradiciéndome a mí misma— han ido cayendo a cuentagotas desde que me ausenté allá por finales de mayo de 2025. He ido escribiendo alguna cosa sobre ellas e iré distanciando su publicación durante un tiempo indefinido. Pero prácticamente todo mi tiempo libre está consagrado al estudio, así que seguiré sin visitar los blogs amigos, así como ausente de las redes sociales.

Leí este libro en diciembre de 2025. Escribo el borrador de esta entrada ese mismo mes. No sé cuándo cuando verá la luz.


No sé qué fue lo que me sedujo primero, si el título o el nombre de sus dos autores. 

No puedo negar la atracción que suelen provocarme los oxímoron, y, sin duda, la combinación de palabras del título de este libro se acerca bastante a constituir un evocador ejemplo de esa figura literaria. Procede de un poema. Eso lo sabré después, cuando trascurridos meses tras saber de esta novela comience a leerla.  «¿Y si un exceso de amor los deslumbró hasta su muerte? (...) Ha nacido una belleza terrible. «Pascua, 1916», W. B. YEATS». Eso es lo primero que leeré, a lo cual le seguirá: «Ya no pertenecemos al futuro pertenecemos por completo a esta época: es sanguinaria y vil en su amor por la humanidad. Somos sanguinarios y viles como los hombres de este tiempo. «Confesiones», VICTOR SERGE». Me acordaré más tarde de esta segunda cita. Pensaré en ella cuando, ya bien adentrada en este libro, me encuentre con lo que sigue: «Cuando hablo de aquellos años a gente más joven, no acaban de creerse que pudiésemos llevar vidas tan expuestas, tan precarias. Hoy nadie está dispuesto a sacrificarse de esa manera. A lo mejor en África o en sitios así, no lo sé. Pero ¿en Europa, en Argentina, en Chile? Somos dinosaurios. Estamos a punto de extinguirnos. Nadie va a tomar el relevo de nuestras luchas. Piensan que no merece la pena. Y, cuando estoy tan cansada como ahora, me digo que a lo mejor tienen razón».

Edurne Portela, José Ovejero (respeto el orden en que aparece su condición de autores de esta novela). Esos son los dos nombres que me llaman la atención. He leído a ambos. Tengo en mente volver a hacerlo. Sé que son pareja. Bien avenida tanto en lo personal como en lo literario, al parecer. Y, sin embargo... nunca me han llamado la atención las novelas escritas a cuatro manos; es más, me escaman. ¿Por qué me atrae esta doble autoría en esta ocasión? No sabría decir. O sí. No sabría explicar, más bien. Es una de esas interconexiones de hebras procedentes de diferentes retales de mi bagaje lector, un cruce de vías de ese mapa literario que sigo sin ruta marcada ni brújula que me guíe más allá de mi intuición. Será el trotskismo, que me remite a esa mi Rusia literaria que tanto le debe a Marina Tsvietáieva (aunque esta novela, que atraviesa un siglo y dos continentes, no pisa territorio soviético). Será que me acuerdo de Un amor al alba (no sé por qué el sintagma Una belleza terrible me recuerda a Un amor al alba), que también sucede en París, que también tiene su conexión rusa, que también novela vidas de personajes reales, que también necesitó de una autora fascinada por unas vidas, por seguirles la pista, por insuflarles de nuevo aliento a través de la literatura. Será que tenía que ser.

Bueno, al lío. Supongo que, más que saber lo que me llevó hasta esta lectura, lo que os interesa es de qué va. Digamos que va de Raymond Molinier y sus mujeres. Digamos que esto suena un poco como suena. Digamos que ni es lo más justo decir esto, ni es lo más correcto y que si no es justo decirlo es precisamente porque no es correcto. Digamos que sí es lo más sencillo y que hasta sus autores lo entienden así cuando hablan de que «La dificultad de encontrar información es uno de los problemas más frustrantes a la hora de contar la historia de Molinier y las mujeres de su entorno, a quienes nos referimos así porque él es la figura histórica que tienen todas en común, no porque consideremos que aquellas mujeres activas en los movimientos revolucionarios de los años treinta a setenta no tengan su vida independiente, sus opiniones, sus actos, que merecerían atención y una historia propia. A pesar de su importancia, la historiografía apenas las tiene en cuenta y ellas casi nunca dejan testimonio escrito sobre sus acciones».

Jeanne Martin de Pallières, Vera Lanis, Suzanne Demanet, Elisabeth Käsemann. Estas son las mujeres que tuvieron en común a Raymon Molinier. Probablemente pocos o incluso ninguno de estos nombres os suenan. No importa. Quedaos con que todos ellos (o todas ellas, a excepción de Suzanne Demanet) fueron revolucionarios. Quedaos con eso, pues de ello va este libro.

Algunas cosas para darle al coco:

«No existen las guerras limpias. No existen las decisiones que te permiten poner a salvo tu conciencia cuando solo puedes elegir entre dos males: que peligre la estabilidad de lo logrado y cometer un acto injusto contra personas que tienen hambre, que no consiguen ya ver por qué la revolución era necesaria si su situación no ha mejorado en absoluto».

«Eres culpable, el poder nos vuelve culpables».

«Un revolucionario no debería tener hijos, porque su compromiso no es con lo pequeño y lo cercano, sino con lo inabarcable y con un futuro que siempre queda lejos».

«Pero Bufano insiste, y nos lo confirma durante una conversación privada, en que Käsemann, como él, apoyaba la lucha armada; negarlo equivale a borrar parte del pasado de las víctimas, amputarlas para convertirlas en víctimas puras, cómodas, sin tacha».

«[...] como si se pudiese llamar terrorista a quien lucha contra un régimen de terror».

José me cuenta en este libro de su fascinación por Raymond Molinier. Si algo malo puedo decir de Una belleza terrible, es que no ha conseguido contagiarme esa fascinación. Me llega la rabia del Raymond niño; su ira, su indignación, la vergüenza por la figura vencida de sus padres, su repulsa de la caridad — que no es sino una forma enmascarada de dejar constancia de la diferencia de clases— el motor, en suma, que lo puso en movimiento y que no se apagó hasta que su cuerpo dijo basta. Siento empatía por el anciano que es en sus últimos días. Pero lo que es su vida adulta, su vida como revolucionario, su relación y actitud hacia las otras protagonistas de esta historia casi siempre la siento como una distancia no siempre salvable.

Tengo más suerte (o más feeling) con 'sus mujeres'. Especialmente con Jeanne. Me gusta. Me conmueve su resistencia. Me indigna lo mismo que a ella le indigna. Me traspasa su dolor. Cómo la echo de menos cuando en esta novela ya no es más que una sombra o un recuerdo. Cómo me ha gustado la Jeanne que Edurne Portela ha construido para mí. Porque sospecho que es creación suya, por mucho que de las partes noveladas de Una belleza terrible no pueda tener confirmación de qué pertenece a cada autor. También me llega especialmente Elisabeth Käsemann. Los fragmentos y retazos que de ella veo a través de la mirada de Edurne. Aquí sí tengo constatación.

Edurne y José, así se llaman entre ellos. Así también los llamo yo. No cabe que haga alusión a ellos de otra manera cuando ambos son también, en cierto modo, personajes del libro que escriben entrecruzando sus manos.

Aparece Edurne al principio de Una belleza terrible. Se inhiben los dos en el resto de esa primera parte de esta novela, la cual transcurre en Europa. Vuelven sus voces en esa especie de interludio que es Tierra de nadie. Vienen y van en la parte americana, que acontece principalmente en Argentina.

Me gustan sus apariciones. Me dejo enredar con gusto y placer en sus disertaciones literarias, en sus opiniones/relaciones con uno u otro personaje. También cuentan algún que otro detalle personal, aunque ahí me gustan un poco menos.

Os cuento esto porque Una belleza terrible también va de eso. Va de literatura. Va de vida. Va de poner la literatura al servicio de la vida y no la vida al servicio de la literatura. Supongo que de ahí mi pálpito con este libro, ese será que tenía que ser.

Un fragmento para terminar:

«No es lo mismo inventar e imaginar. No da lugar al mismo tipo de novela. La invención renuncia a acercarse a la verdad de los hechos, la imaginación lo intenta sabiendo que es imposible lograrlo por completo. Y a veces nos sorprendemos y alegramos cuando, tras escribir una novela, alguna casualidad, quizá un testigo inesperado, nos confirma que lo que imaginamos sucedió, que nos hemos acercado a la verdad de un personaje o de una situación.
Sabemos que hay quien desprecia este tipo de enfoque. La literatura es un espacio de libertad, dicen, y esa libertad no debe tener límites. Tonterías. La libertad siempre tiene límites: los que impone el mercado, los que fija tu deseo de agradar o tu miedo a ofender, y, por supuesto, los de tu propio talento. La libertad absoluta no existe ni en la vida ni en el arte. Y nosotros preferimos elegir nuestros límites, no solo porque nos parece más honesto hacia el pasado y por ello hacia quien nos lee, también porque esta manera de trabajar estimula nuestra creatividad y nuestra imaginación, nos lleva a introducirnos de lleno en la textura de lo sucedido, a sentirla casi físicamente, nos obliga a no adentrarnos por la senda fácil de elegir lo que añadimos o quitamos o cambiamos para sentirnos a gusto. No nos sentimos a gusto. Nos sentimos dentro. Partícipes. Cómplices.
Y nos emocionamos al descubrir durante la escritura un pequeño detalle que nos ayuda a profundizar en unas vidas y en un tiempo que no son los nuestros. Nos sucedió ayer, cuando encontramos una foto que no conocíamos de la última compañera de Raymond, Elisabeth Käsemann: ella, adolescente o al menos muy joven, vestida con ropa clara, acuclillada y abrazada a un enorme perro blanco; Elisabeth ríe, podemos imaginar lo que siente al abrazar a su peludo amigo y percibir su calor, y nos conmueve porque no sabe las cosas terribles que le van a suceder, pero nosotros sí, y nos duele, y quisiéramos cambiarlas, pero no podemos, no debemos, y nos limitamos a alegrarnos con ella por ese momento de felicidad, y continuamos escribiendo con la sensación de que estamos rescatando algo de esa chica a la que admiramos y a la que desearíamos un final diferente. Pero no se lo daremos, no para tranquilizar, aliviar o imprimir un giro inesperado.
Es extraño que Edurne y yo coincidamos tanto en esta cuestión: respetamos más la vida que la literatura. Por eso somos escritores».





Ficha del libro:
Título: Una belleza terrible
Autores: Edurne Portela y José Ovejero
Editorial: Galaxia Gutenberg
Año de publicación: 2025
Nº de páginas: 344
ISBN: 978-84-10317-32-1
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