El inocente - Gabriele D'Annunzio

«Ciertamente creí que en aquel momento mi amor y el amor de aquella mujer se encontraban en su cúspide más alta, en una desmesurada alteza ideal, exento de miseria humana, sin mancha de culpa, intacto».

La novela que os traigo hoy se titula El inocente. Supongo que podríamos considerar como tal a alguien exento de miseria humana, sin mancha de culpa, intacto, libre, por tanto, de pecado original. Es este último un concepto muy cristiano, aunque esta para nada sea una novela de temática religiosa. Sí contiene, en cambio, muchas reflexiones y conflictos morales.

La cita que inaugura esta entrada nos habla de una relación amorosa, también de una idealización; «la inutilidad, la futilidad de los amores supuestamente eternos», vuelvo a suponer. Quien se dirige a nosotros —a sí mismo, en realidad— es Tullio. La mujer mencionada no es otra que Giuliana, su esposa. Estamos en Italia, en el siglo XIX —italiano y nacido en el siglo XIX es también el autor de esta obra, Gabriele D'Annunzio—.

El inocente comienza con una confesión. Es Tullio quien quiere descargar su conciencia. Se acusa de haber cometido un delito. Se trata a sí mismo de asesino. Insiste en la necesidad de revelar su secreto. A esa breve confesión le sigue, pues, la revelación de ese secreto que es esta novela.

Pero la obra de D'Annunzio es mucho más que ese secreto. La sinopsis que facilita la editorial la presenta, entre otras cosas —cierto es—, como la historia de un adulterio. Yo no estoy muy de acuerdo con esto (independientemente de esta pequeña discrepancia, he de señalar que la edición que nos ofrece la editorial dÉpoca está sumamente cuidada). Aun con ello, no puedo negar que hay un adulterio en esta historia; dos, en realidad, pues al adulterio del sempiterno infiel Tullio hay que sumar la sospecha creciente de este de que Giuliana le ha sido infiel.

«Es posible que ella no sea pura. ¿Y entonces? [...] ¡Quién sabe! Conociendo yo el pecado, ¿podré perdonar? ¿Qué pecado? ¿Qué perdón? No tienes derecho a juzgarla, no tienes derecho a alzar la voz. Demasiadas veces ha callado ella; esta vez te toca callar a ti. ¿Y la felicidad? ¿Sueñas con tu felicidad o con la de ambos? Con la de ambos, claro, porque un simple reflejo de su tristeza ensombrecería cualquier alegría tuya. Supones que estando tú contento también lo estará ella: tú, con tu pasado de licencia continua; ella, con su pasado de continuo martirio. La felicidad que sueñas reposa sobre la total supresión del pasado. ¿Por qué, si ella realmente no fuera pura, no podrías correr un velo ante su culpa como haces con la tuya? ¿Por qué, pues, queriendo que ella olvide, no podrías olvidar tú? ¿Por qué, entonces, queriendo convertirte en un hombre nuevo, desligado completamente del pasado, no podrías considerarla a ella como una mujer nueva, en las mismas condiciones? Semejante disparidad sería quizá la mayor de tus injusticias. Pero ¿el Ideal?, ¿el Ideal? Mi felicidad sería posible si pudiera reconocer en Giuliana a una criatura superior, impecable, digna de toda adoración; y en el íntimo sentimiento de esta superioridad, en la conciencia de su propia grandeza moral encontraría también ella su máxima felicidad. Nunca podría abstraerme de mi pasado ni del suyo, porque esta particular felicidad que anhelo no podría existir sin la iniquidad de mi vida anterior y sin esa heroína invicta, casi sobrehumana, a la que mi alma siempre reverenciará. Pero ¿sabrás discernir cuánto hay de egoísmo y cuánto de idealismo en tu sueño? ¿Acaso mereces tú la felicidad, tan alto premio? ¿Por qué privilegio? Si así fuera, tus continuas faltas te habrían conducido no a la expiación, sino a la recompensa…».

Valga el anterior fragmento para presentaros a Tullio con todos los honores. Qué ser tan magnánimo, pensaréis, él, que «había hecho realidad el sueño de [...] ser continuamente infiel a una mujer continuamente fiel», dispuesto a perdonar el desliz de esa mujer a la que ha hecho sufrir tanto con sus múltiples deslices. A Tullio habría que darle una medalla por hacer de Giuliana una mujer tan pura y virtuosa. Y es que, como él mismo nos explica, «para que ella tuviera la oportunidad de aparecer como una heroína, era preciso que sufriese lo que yo le hacía sufrir». Cuánta abnegación, por dios. Qué esposo tan involucrado en sus pasiones extramaritales para hacer de Giuliana una mujer mejor. Una joyita. Claro que no es oro todo lo que reluce. Tullio valora a su esposa por su digna resignación. «Verdaderamente estaba bella, frágil, dócil, tierna, casi diría fluida, tanto, que me hacía pensar en la posibilidad de absorberla poco a poco, de empaparme de ella». Vamos, que tan placenteros sacrificios por parte de Tullio revertían en hacer de Giuliana una mujer más digna de ser amada.

Sí, el egoísmo de Tullio raya casi en la patología. El marido de Giuliana es un hombre un tanto inestable, por otra parte. Su mente es puro bullicio. Es un ser atormentado. Aunque por fuera intenta mantener la compostura, por dentro su intensidad —que es la misma que la de la excelsa prosa de Gabriele D'Annunzio— nos arrastra por las páginas de esta novela.

Retrato de Gabriele D'Annunzio
Imagen en dominio público. Fuente: Polona

La editora Susanna González, que escribe la introducción y posfacio de esta edición, señala que Tullio guarda ciertas similitudes con su creador, así como que en el personaje de Giuliana se percibe cierta mezcla entre la esposa y una de las amantes del escritor italiano. Además, en una carta que D'Annunzio le escribe al traductor francés de esta novela, al que le unía una gran amistad, puede leerse lo siguiente: «El inocente está escrito por un hombre que ha sufrido muchísimo y que ha mirado en su interior con lágrimas en los ojos, muy atentamente». Pues bien, una de las cosas más admirables que consigue con esta novela ese hombre que tanto ha sufrido es trasladar ese sufrimiento a su protagonista y narrador, así como transmitírnoslo a nosotros, los lectores. Solo así puedo explicar cómo un personaje cuyo comportamiento y pensamiento me resulta en gran parte tan reprobable ha conseguido que lo acompañe gustosamente por su vía crucis particular. O tal vez no solo por eso. Las reflexiones de Tullio no tienen desperdicio. Y esa es otra de las cosas admirables de D'Annunzio como escritor.

Como he comentado al inicio de esta reseña, hay un gran componente moral en los temas que toca El inocente. Se dice, de hecho, que una de las grandes influencias del escritor italiano fueron los grandes autores rusos de la época, tales como Dostoievski o Tolstói. A este último, precisamente, le hace el autor varios guiños en esta novela. El hermano de Tullio, por ejemplo, un personaje en las antípodas de la personalidad del protagonista, practica El Decálogo de Tolstói para ser feliz. Asimismo, es el mismo Tullio quien sorprende a su mujer con un volumen de Guerra y Paz sobre su regazo en una escena de esta novela. No puede evitar entonces hojear el libro y detenerse en algún fragmento, así como reconocerse en ellos. «El pasaje transcrito estaba señalado en la página con una única marca. Ciertamente, Giuliana lo había hecho pensando en mí, en mis errores. Pero ¿también la última línea se refería a mí, a nosotros? ¿La había empujado yo, había caído ella «en el abismo de la mentira y el infortunio»?» ¿Parecerían los ojos de Giuliana increparle, como el rostro inerte de uno de los personajes de la gran novela rusa en otro pasaje cuya página que lo contiene también ha sido marcada, y acusarle mudamente con un «¿Qué has hecho conmigo?»?

El flujo de conciencia de Tullio domina El inocente, pero, por supuesto —como ha de ser para que una novela no se resienta—, la trama también avanza. La que no puede avanzaros en la misma soy yo —no es cuestión de desvelaros el secreto que atormenta a Tullio— y bien que lo siento, pues ello me hurta de explorar en esta entrada caminos sumamente interesantes. Apuntar que he sentido que la lectura ha ido un poco de más a menos, pero siendo objetiva creo que esto es algo más achacable a mis preferencias personales que a la novela en sí. Decir también que me he quedado con ganas de conocer a Giuliana en primera persona, más allá, por tanto, de la mirado de su esposo. Para mí, en ocasiones Giuliana ha sido un interrogante. Se trata de un personaje sumiso, inactivo, pero —volviendo a la analogía inicial del pecado— cabe recordar que también se puede pecar por omisión.

A Tullio le corroe la culpa. («¿Por qué fatalidad del destino resulto tan nocivo para las personas que me aman?») Es conocedor de que sus infidelidades han causado dolor a Giuliana. Tiene la sospecha, además, de que ha sido él quien la ha llevado a cometer adulterio. Es, por tanto, el responsable de la situación actual de la pareja. Quiere hacer propósito de enmienda, así como perdonar, hacer como su amante esposa ha hecho tantas veces con él, y emprender juntos el camino hacia la felicidad. Pero hay un obstáculo en ese camino, una mancha perenne recordatoria de la irreversibilidad de lo ya acontecido, una amenaza para la felicidad de Tullio.

No, El inocente no es la historia de un adulterio. Es en parte una historia de celos, pero no solo de celo hacia la pareja. Es también una historia de pasiones, pero no de esas pasiones que llevan a Tullio a visitar lechos ajenos al conyugal, sino de las pasiones en general que nos mueven y nos arrastran de manera incontrolable. Es, fundamentalmente, la historia de un hombre egoísta. Y aquí no me resisto a añadir que quien esté libre de egoísmo, aunque sea de «la parte inevitable de egoísmo que existe incluso en los más nobles actos», tire la primera piedra.

Se me ocurre ahora que tal vez el egoísmo sea una especie de mecanismo evolutivo que trabaja a favor de nuestra supervivencia, no como especie sino a nivel individual. Se me ocurre que tal vez sea ese egoísmo el auténtico pecado original que nos mancha de miseria y culpa, que tal vez solo seamos completamente inocentes en el breve período que acontece desde nuestro nacimiento hasta la toma de conciencia del yo.

«Cierto es que algún resquicio de odio se oculta en el fondo de todo sentimiento que une a dos criaturas humanas, esto es, que une dos egoísmos. Cierto es que este odio indefectible deshonra siempre nuestras más tiernas entregas, nuestros mejores impulsos. Todas las bellas cosas del alma llevan consigo una semilla de corrupción latente, y deben corromperse».

Maria Hordouin D'Annunzio, quien fuera esposa de Gabriele D'Annunzio, en 1888 con uno de sus hijos.
Fotografía de Giuseppe Primoli en dominio público. Fuente: Zeno.org





Ficha del libro:
Título: El inocente
Traductora: Eva María González
Introducción y Posfacio de Susanna González
Editorial: dÉpoca
Año de publicación: 2014 (1892)
Nº de páginas: 336
ISBN: 978-84-938972-8-4



Me ausento de la blogosfera por unas semanas no sin antes desearos que tengáis un feliz inicio de verano. Nos leemos pronto.





Si te ha gustado...
¿Compartes?
      ↓

Comentarios

  1. Conozco el título y la tendencia literaria en la que se inscribe. Sin embargo no la he leído, quizás porque siempre he asociado el nombre del escritor con el fascismo italiano. Nada tiene que ver una ideología política -y más en sus inicios cuando aún nada terrible ha dejado esparcido por el mundo- con la práctica literaria; sin embargo así me ha ocurrido.
    Los fragmentos que has elegido de la novela me parecen excelentes. Ese monólogo interior continuado, ese flujo de conciencia, esa permisividad con el desliz de la esposa equiparable en tono menor a los frecuentes de Tullio... Todo ello es magnífico. Si por algo destacaba D'Anunzio y sus allegados en la estética practicada es por la belleza que inoculaban en sus escritos. El fascismo cuando él y otros lo fundan es una vanguardia que pretendía aunar arte y vida, era un canto al progreso y al optimismo histórico con que el mundo había inaugurado el siglo XX: siglo del maquinismo, de la velocidad, pero también, ¡ay!, del militarismo. "Un coche lanzado a 100 kilómetros por hora es más hermoso que la Victoria de Samotracia" decía Marinetti, fundador del futurismo y compañero fascista de D'Anunzio (también por estos lares ya pululaba un tal Mussolini). Esta figura ya es violenta de por sí. De aquí a justificar la violencia de los hombres contra los hombres no había más que un paso.
    Un fuerte abrazo y muchos besos, Lorena

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es cierto que las ideas de D'Annunzio se consideran ultranacionalistas y que se le vincula con el germen de lo que sería el fascismo italiano. En lo poco que comento del autor en la entrada me centro en su faceta personal, pues es lo que tiene relación con esta novela. Entiendo que hay autores que pueden producir rechazo por sus ideas o incluso actos, pero, como bien señalas, ello no está reñido con la calidad literaria. En el caso de D'Annunzio, además, poco puede hacer ya bajo tierra el autor por el fascismo pero sí mucho sus obras por el disfrute de los lectores. Y la calidad tanto de su prosa como de esta novela está fuera de toda duda.
      Besos

      Eliminar
  2. ¡Holaaaa!

    Mmmm pues me gusta la premisa, todos estos temas de amor, adulterio y celos siempre me intrigan de sobremanera, y si tiene algún tinte biográfico hasta mas. Eso si, que pena que para ti haya ido de más a menos, vaya :/ Aunque veo que igualmente no es que el libro sea malo. De todas formas, esa comparación con autores rusos... ains, yo es que con los rusos no me llevo nada bien, no se si se me haría bola este libro xDD

    ¡besotes!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La novela no es autobiográfica, pero sí está influida por pensamientos, sentimientos y vivencias personales de su autor.
      Como comento en la entrada, esa sensación de que la novela va de más a menos se debe más a gustos míos personales que a la novela en sí. Además, haciendo un cómputo general, puedo decir que esta obra no me ha decepcionado y que el balance que de ella hago es positivo.
      Por mucho que no te lleves con los rusos, si con los italianos te llevas mejor y la novela te llama la atención, yo no la descartaría.
      Besos

      Eliminar
  3. No he podido evitar leyendo tu reseña, recordar a Everard Wemys, el marido egoísta hasta la obscenidad de la novela Vera. A él le vendría bien un poco de reflexión acerca de sus actos y a lo que pueden haber empujado a su primera mujer. Aunque ya veo que nada tiene que ver una novela con otra.
    Nunca me había planteado leer a este autor. Puede que en parte, como Juan Carlos, por su ideología, pero también porque lo imaginaba totalmente distinto, no me preguntes por qué.
    Tras leer tu reseña, creo que El inocente puede entrar plenamente dentro de mis gustos. Ahondar en las propias miserias es un tema literario irresistible.
    Un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tullio tiene una capacidad de autocrítica de la que carece por completo Everad. Ello lo convierte en un personaje atormentado que lastra un gran conflicto interior. No se me parecen absolutamente en nada a excepción de, como bien señalas, en su egoísmo.
      Yo también creo que esta novela podría gustarte, Rosa.
      Besos

      Eliminar
  4. ¡Hola!
    todos somos un poco egoístas, unos más, otros menos, y otros mucho. Pero lo que dices, igual es que tenemos que mirar por nosotros mismos, porque si no lo hacemos nosotros, nadie lo va a hacer (y eso que yo me tengo por una persona poco o mínimamente egoísta, ahora lo soy más, la vida me ha enseñado a no darme tanto a los demás, a que si las cosas no son recíprocas, pues no merece la pena y solo soy desprendida con quién lo merece)
    En general, veo que la obra te ha gustado, por más que haya ido a menos a lo largo de la lectura, eso me da rabia, prefiero las que van de menos a más y encumbran con un gran final.
    Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. En última instancia, hasta los que nos consideramos menos egoístas lo somos. El egoísmo nos mueve mucho más de lo que pensamos. Hasta nuestros comportamientos más altruistas están motivados por el egoísmo, para sentirnos bien con nosotros mismos o para evitar posteriores sentimientos de culpa. Pero, en fin, la novela va por otros derroteros menos altruistas.
      Sí, yo también prefiero las lecturas que van de menos a más. En este caso, tampoco es que se me haya desinflado la lectura. Como digo, es más cosa mía que del libro.
      Besos

      Eliminar
  5. No lo conocía de nada antes de leer tu reseña. Feliz fin de semana!

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Gracias por tu tiempo.
Participa siempre con libertad y respeto.
Por favor, no dejes enlaces a otras webs o blogs. Si quieres ponerte en contacto conmigo por motivos ajenos a esta entrada puedes escribirme a mi dirección de correo electrónico. Búscala en la pestaña Información y contacto.