Silencio administrativo y Oposición - Sara Mesa

Aviso: esto no es una vuelta; o al menos no es una vuelta al uso. Tan solo es un intento de que no se pierdan, de que no se olviden las lecturas que —finalmente y contradiciéndome a mí misma— han ido cayendo a cuentagotas desde que me ausenté allá por finales de mayo de 2025. He ido escribiendo alguna cosa sobre ellas e iré distanciando su publicación durante un tiempo indefinido. Pero prácticamente todo mi tiempo libre está consagrado al estudio, así que seguiré sin visitar los blogs amigos, así como ausente de las redes sociales.

Leí estos dos libros en noviembre de 2025. Escribo el borrador de esta entrada ese mismo mes. No sé cuándo cuando verá la luz.


No entraba en mis planes leer Silencio administrativo. No por nada; cualquier libro de Sara Mesa es una más que buena opción de lectura para mí. Pero, con tanto por leer, con casi todo de la autora ya leído y tratándose de un ensayo, por breve que este fuera, por mucho que suela disfrutarlos cuando me animo con ellos y que siempre me diga que tengo que leer más, pues no, no estaba este cuadernito (el diminutivo es sin ánimo de minusvalorar) de Anagrama en mi lista de pendientes.

Tampoco entraba en mis planes ir a ver a Sara Mesa. Nunca había ido a ningún encuentro con autores ni a ninguna presentación de libros. Nunca he sentido esa necesidad. Pero fue enterarme de que la escritora sevillana iba a venir a la pasada Feria del Libro de Gijón (la FeLiX, para los oriundos de aquí) y saber que no podía dejar pasar la oportunidad.

El caso es que la persona que la presentó y la acompañó en la conversación, cuyo nombre no recuerdo, del que solo sé que es profesor de la Universidad de Oviedo (a saber de qué) y cuyo único mérito para oficiar de maestro de ceremonias era, en sus propias palabras, ser lector de Sara Mesa (y para qué más), comenzó a hablar de Oposición —novela que la autora había ido a presentar— refiriéndose a Silencio administrativo, haciendo alusión a que uno y otro libro eran dos caras de una misma moneda, la de la Administración pública vista desde dentro y desde fuera. Y, con el planteamiento de esa doble visión, quedé absolutamente pillada y Silencio administrativo se fue a mi congelada lista de pendientes con la promesa de, inmediatamente a él, leer Oposición, que ya estaba en mi lista desde que se publicó.

«—¿Tienes algún prejuicio contra mí? —preguntó K.
—No tengo ningún prejuicio contra ti —dijo el sacerdote.
—Te lo agradezco —dijo K—. Todos los demás que participan en mi proceso tienen un prejuicio contra mí. Ellos se lo inspiran también a los que no participan en él. Mi posición es cada vez más difícil.
—Interpretas mal los hechos —dijo el sacerdote—, la sentencia no se pronuncia de una vez, el procedimiento se va convirtiendo lentamente en sentencia».

FRANZ KAFKA, El proceso

Kafka, tenía que ser Kafka. Inevitable no pensar en él a lo largo de la charla entre el profesor y la escritora, aún antes de que ella lo mencionara como una obvia influencia en la escritura de Oposición, aún antes de pillar al vuelo la alusión a El castillo cuando meses después estaba ya terminando la lectura de esa última novela de Sara Mesa, aún antes de encontrarme con la cita de El proceso sobre estas líneas que preceden a Silencio administrativo y de no poder evitar acordarme de un pasaje en concreto de esa novela de Kafka cuando en el libro de Sara Mesa leo sobre lo perverso que resulta el mutismo de la administración. Creo que pocas cosas hay más kafkianas que la burocracia y que nadie ha sabido captar su absurdidad e incongruencia como ha hecho Franz Kafka.

Pero vamos al lío. Silencio administrativo es la administración vista desde afuera, la estancia en el laberinto a la que condena a aquellos que necesitan hacer uso de ella. No en vano el subtítulo de este libro es la pobreza en el laberinto burocrático. Y sí, este breve ensayo también trata sobre la pobreza.

Cuenta Sara Mesa que la idea de escribir este libro surgió tras la experiencia que vivió cuando junto con una amiga intentó ayudar a una mujer enferma y sin hogar a solicitar la renta mínima a la que tenía derecho. En el libro esta mujer se llama Carmen y Sara Mesa no es Sara, sino Beatriz. Aunque, en realidad, Beatriz no encarna a la escritora, sino al conjunto de personas que se implicaron en ayudar a la mujer real a la que en el libro da vida la ficticia Carmen. Y, «bien pensado», cuenta la escritora al término de este libro, «el hecho de que [...] represente a una colectividad resulta aún más impactante en el balance final: que entre varios no pudiéramos vencer la máquina burocrática de la administración pone de relieve qué poco puede hacer quien está solo e indefenso ante ella». 

El libro habla de todas las dificultades e incoherencias que tuvieron que enfrentar, pero no solo de eso. Es decir, no solo habla del sinsentido que representa la administración pública cuando en vez de facilitar el acceso a ella expulsa, sino de nosotros, los ciudadanos, como sociedad. Habla de aporofobia, de la incomodidad que nos provocan los pobres, nuestra tendencia a levantar una barrera invisible que los condena a ser un ellos sobre los que no podemos evitar pensar que tienen, en parte, cierta responsabilidad sobre su situación. Se nos olvida que los orígenes y vivencias de cada uno determinan en gran medida nuestras diferentes situaciones en la vida. «Esta acumulación de desgracias no responde a la mala suerte ni a la casualidad, sino a la terrible concatenación lógica que encadena los distintos eslabones de la marginación en una escalera descendente. Cada uno de los episodios de la vida de Carmen echa raíces en los anteriores», leo en este libro, y me acuerdo sin remedio del Decidido de Robert Sapolsky y de sus tortugas hasta el fondo.

Y luego está «Esa perfección, esa limpieza, que se les exige a los más pobres. Los queremos beatíficos, agradecidos, puros de corazón, impecables. Que no digan una palabra más alta que otra. Que den siempre las gracias y no insistan. Que se acerquen un poco pero que se retiren enseguida. Que gasten nuestras limosnas en lo que nosotros decidamos que se las deben gastar. Que no haya ni una sola tacha en su pasado, ni un desliz». Recuerdo «la definición de pobreza del filósofo y economista Amartya Sen: la pobreza es falta de libertad. Una definición certera, dolorosamente exacta». Y es que «A los pobres se les exige siempre que detallen sus intimidades si no quieren que sobre ellos se extienda —aún más— la sospecha». Y la Administración también sospecha de ellos. Para ella también son incómodos de mirar. Los mira según su grado de pobreza. Proclama atender a las personas en riesgo de exclusión social. La realidad es que los mecanismos que pone para ello no contemplan una atención integral y que se dificulta el acceso a las ayudas. Pero «Carmen no está en riesgo de exclusión: ya ha sido excluida». Y los ya excluidos no existen a ojos de la Administración. 

Silencio administrativo está escrito con la claridad y sencillez que caracteriza a Sara Mesa. Es un libro que entra solo, pero que tarda en salir porque encierra mucha verdad.

Oposición es, en cambio, la Administración pública vista desde dentro. No hay mejor declaración de intenciones sobre ella que los epígrafes que la preceden y que os comparto en las fotografías más abajo. Es novela; es, por tanto, plena ficción, pero, como tantas veces, la ficción es la mejor aliada de la realidad. Es una novela en cierta medida diferente al resto de las de la autora. Todas son diferentes entre sí, pero esta la siento más abierta, con más corrientes de aire, provocadora de menor opresión. Es curioso, porque toda su trama transcurre dentro del mismo edificio. Es un edificio enorme, laberíntico, en el que a la protagonista al principio le cuesta ubicarse, así como captar su disposición simétrica. Pienso en esa simetría y no puedo evitar pensar en un edificio cuyas paredes son como espejos: una piensa que está avanzando hacia adelante y no hace más que chocarse con lo que ha dejado atrás y rebotar. Y es que el edificio administrativo al que se incorpora como interina a trabajar Sara —con su frenillo, que hace que muchos la llamen Sada por entender así su nombre, su juventud y la ilusión y expectativa ante ese primer empleo— es gigantesco, es un mastodonte que engulle silenciosamente a quienes lo ocupan, un auténtico ente abductor. Es —me acabo de dar cuenta— un personaje más. Quizás sea el auténtico protagonista de Oposición.

Sí, ya sé que así planteado no parece que corra mucho el aire entre esas paredes. Pero el caso es que esta novela tiene cierta dosis de humor que la sevillana tenía hasta ahora escondida a sus lectores. Está, además, escrita en primera persona, algo inusual en la obra de la autora y que tal vez le da un estilo más directo a la narración. Abundan personajes con un punto de absurdo y situaciones un tanto surrealistas, pero sin ser llevados unos y otras al extremo, sino justamente medidos, lo necesario para no restar credibilidad a la historia, pero sacar una sonrisa a los labios del lector mientras asiente ante lo certero de lo leído. Todo esto le da un ambiente más liviano que el que caracteriza el conjunto de la obra de la autora.

Sara transita de la vergüenza inicial por la inactividad al conformismo al que lleva la rutina pasando por la apatía que nace del aburrimiento y la inutilidad, pero, a la vez que se deja conducir dócilmente hacia el rebaño, se vuelve osada, traviesa. Resulta sumisamente díscola. Lo que le pasa realmente es que tiene miedo. «Miedo a pasarme la vida atrapada en un edificio como ese. A que la monotonía se convierta en costumbre y después en necesidad».

La acompaña en su día a día un elenco de personajes pintoresco y a la par que magnífico. Por no extenderme, mencionaré solo a dos: Beni y Sabina.

Beni es una funcionaria de carrera que lleva años trabajando para la administración. Despierta la ternura del lector porque es, fundamentalmente, una buena persona, noble, sin dobleces, bienintencionada, aunque también cargante. Es «una mujer ridícula e inocente, pomposa y buena, cálida y posesiva, de la que era muy fácil reírse y de la que, al mismo tiempo, debería ser delito reírse. Cómo podía ser tan fácil cometer ese delito resultaba una paradoja casi cruel». Con Sabina, en cambio, es fácil reírse. Es fácil, también, sentir el deseo de hacerla reír.


Sabina aparece ya bien avanzada la novela. Trabaja en el departamento de informática. Tiene una edad similar a la de Sara, pero ya ha sacado su plaza. Ambas jóvenes se conocen casualmente y sienten una conexión y complicidad inmediata. Aun así, la intensidad del inicio de su amistad es inversamente proporcional a lo que esta dura. La que entablan es una relación ambigua, desigual —pues Sara está bajo su embrujo y busca constantemente su atención, así como impresionarla—. «Si había riendas en algún lado, era Sabina quien las sujetaba, quien conducía todo, ahora por aquí, ahora por allá, elegante y diestra». En esa relación se despliega la mejor Sara Mesa, la que me tiene conquistada desde el primer libro suyo que leí. Con ella la escritora explora la ambivalencia moral con la pasmosa sencillez que la caracteriza.

No entraba en mis planes volver a leer a Sara Mesa tan pronto. No por nada, simplemente porque hacía escasos meses que había leído un libro suyo y me gusta distanciar lecturas de un mismo autor. Tampoco entraba en mis planes comprar Oposición, o al menos ese día. Pero Mesa estuvo magnífica. No tenía por qué ser así. Se puede ser un escritorazo o escritoraza y no tener aptitudes para los actos públicos, o tener un mal día, o no sentirte cómodo con el entrevistador o el público que te toquen, o qué sé yo. Pero el caso es que estuvo magnífica y me apeteció llevarme su libro a casa. Me apeteció, también, llevármelo firmado.

Había cola. Me fui a dar una vuelta por la FeLiX a ver si aligeraba. Cuando volví, aún había gente esperando. Me puse al final. Alguien se puso detrás, pero se fue al poco. Era, pues, la última.

Cuando me tocó, Sara me preguntó si era para mí y, tras mi asentimiento, cómo me llamaba. Afortunadamente, mi rotacismo solo se hace presente con la rr fuerte y no con la r suave, por lo que no me llevé un Lodena estampado en la portadilla. Me hubiera gustado hablarle de lo de la rr, decirle que mi jefa, como la de su tocaya —la autora trabajó un tiempo en la administración pública y supongo que de ahí el guiño de cederle el nombre de pila a su protagonista— se llama Teresa, contarle que yo también soy una opositora con toda la dualidad que lleva implícita esa palabra en el título de su novela, que me encanta todo lo que escribe, que me leo todo lo que publica. En su lugar, recogí el libro firmado, la miré, le sonreí y le dije: pues muchas gracias por TODO, Sara. Se lo dije así, en mayúsculas, aunque muy probablemente ella solo escuchara todo. Después, me fui tan feliz con su libro, que ya era mío.






Ficha de los libros:
Título: Silencio administrativo / Oposición
Autora: Sara Mesa
Editorial: Anagrama
Año de publicación: 2019 / 2025
Nº de páginas: 120 / 232
ISBN: 978-84-339-1627-3 / 978-84-339-2968-6
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