Lección de alemán - Siegfried Lenz

Si hoy fuera viernes tocaría escribir. En el centro para jóvenes inadaptados en el que está internado Siggi Jepsen cada día de la semana está dedicado a una actividad. Así, existe el día de la música, el reluciente para aplicarse a las tareas de limpieza, el fresco para practicar deporte,... pero el viernes es el día ordenado y, por tanto, aquel en el que los chicos han de escribir sus redacciones en alemán. Escribir=poner en orden, no me parece mala la definición. Si hoy fuera ese viernes el tema de la redacción sería Las alegrías del deber. Tic-tac, tic-tac, tic-tac,... Transcurre la clase y Siggi entrega su cuaderno de redacciones en blanco. Castigo: permanecer encerrado en su celda hasta que concluya su tarea. El joven Jepsen debe de tomarse muy en serio esas alegrías que surgen del deber porque prolonga su castigo voluntariamente durante días, semanas y meses, y no porque siga enfrentándose a la hoja en blanco sino porque su redacción rebasa ya varios cuadernos.

Comprendo a Siggi, al de la página en blanco, porque yo me enfrento a esta pantalla en blanco con la misma impotencia que él y juro que mi inactividad no es desidia. Pero él me vence, consigue poner en orden sus ideas, bucear en sus recuerdos, echar el anzuelo y rescatarlos. Cuidado con la trampa de los recuerdos, Siggi. Anzuelo=trampa, tampoco es mala la definición.

Comienzo con ¿tonterías? acerca de los días de la semana, por buscar un cabo del que tirar, pero el cabo se me atasca. Y no, no me he autocastigado, que hoy no es viernes, pero, al igual que Siggi, considero importante acabar mi redacción, quiero entender, quiero poner orden. Siggi tiene más suerte, o más perseverancia, o más... sí, es buena la palabra, me gusta, me viene bien (echo anzuelos a la desesperada y a veces pesco), o más clarividencia. Siggi tira de su cabo y salen cosas. Comienza así:
«En el año 43, por empezar de algún modo, un viernes de abril, por la mañana o puede que al mediodía, mi padre, Jens Ole Jepsen, policía del puesto de Rugbüll -el situado más al norte de Schleswig-Holstein-, se preparó para acudir en misión oficial hasta Bleekenwarf para comunicarle al pintor Max Ludwig Nansen, al que entre nosotros llamábamos simplemente «el pintor» y nunca dejamos de llamar así, una orden que provenía directamente de Berlín: la prohibición de pintar».
El padre de Siggi no solo recibe el encargo de entregarle al pintor la notificación de la prohibición sino también el de velar porque se cumpla. Estoy pensando que Jens Ole Jepsen habría resuelto sin ambages la redacción sobre las alegrías del deber porque se aplica al propio con celo desorbitado y satisfacción malsana. Su hijo llegará a afirmar (o a escribir que lo afirma) para justificar su reclusión: «estoy aquí en lugar de mi padre».

Me vuelvo a atascar. Busco nuevos cabos. Me doy cuenta ahora de que hay demasiados cabos sueltos en este libro y que por eso no funciona tirar de ellos. Hay que tomar distancia como cuando se observa un cuadro. Solo entonces se adquiere la suficiente perspectiva para que cada pincelada y color cobre significado en el conjunto. La luz también es importante. El reflejo.

Voy a hacer trampa. Abro la página 179 del cuaderno. Os enseño un cuadro.
«Ahora tengo que hablar de ti, hombre del abrigo rojo. Al fin te toca comparecer en estas páginas. Puede que aparezcas haciendo el pino en una playa abandonada o, tal vez, bailando cabeza abajo ante mi hermano Klaas, que, casualmente, aunque en realidad no tan casualmente, está a tu lado. Ahora puedes volver a preguntarnos por qué no es la alegría, sino un temor con vetas verdiblancas, lo que domina el cuadro. A ti, con tu rostro viejo, con tu vieja astucia, te ha llegado el turno. A ti te toca contribuir con tu parte, pues supongo que solo por ti no se había oscurecido el taller tal como estaba prescrito. Porque como Max Ludwig Nansen no estaba satisfecho contigo, se veía obligado a modificarte una y otra vez con furiosos movimientos de pincel. Porque, a veces -tanto por la mañana como por la noche-, él se sumergía precipitadamente en la tarea de lograr que te parecieras a ti mismo sin tomar la precaución de salir y dar una vuelta en torno a la casa para cerciorarse de que las cortinas de oscurecimiento estaban perfectamente cerradas. Fuera como fuese, el caso es que estaba tan ocupado contigo, mejorándote y corrigiéndote, que no se dio cuenta de que una de ellas colgaba como una vela al viento dejando escapar la luz, la llamada luz de trabajo.
Así que, de repente, una luz temblorosa apareció sobre la oscura llanura que separaba Rugbüll de Glüserup. No se movía de Bleekenwarf, no se extinguía a intervalos regulares, no se movía del sitio ni oscilaba, simplemente se extendía, adentrándose en la ventosa noche otoñal y haciendo que la suave colina pareciese un barco anclado en el llano bajo nubes grumosas, al amparo del dique. A fin de cuentas, que yo sepa, aquella luz cuya imagen alargada se reflejaba en las zanjas y en los canales era la primera que se veía en aquella planicie desde hacía años. Y quien la divisaba no podía hacer más que preguntar asustado: ¿a quién atraerá primero? ¿Quién, en un ángulo de ciento setenta grados, descubrirá la luz antes que nadie, hará sus cálculos y sacará sus conclusiones? ¿Tal vez los barcos ocultos en la oscuridad del mar del Norte? ¿Quizá algún agente de policía? ¿O serían los bombarderos británicos Blenheim?»
Confío en vosotros, en vuestra capacidad de observación, en vuestro poder de interpretación. Os faltan cuadros, escenas, personajes, cabos que salen de un cuadro buscando otro. Os faltan localizaciones en esos lugares impronunciables del norte de Alemania. La palabra pintoresco acude a mi mente pero no sé si es la más adecuada. Os falta el viento. El viento limpia, despeja aunque incomoda, barre unas cosas y trae otras.

Podría daros más pinceladas pero por sí solas no expresan nada. Tal vez algunas sí, por impetuosas y vehementes. Lo intento:
«El gran arte también contiene una venganza frente al mundo, pues condena a la inmortalidad aquello que este quiere despreciar».
Napoleon in Pontoferraio. Óleo sobre lienzo de Leo von Klenze.

No, esto no funciona. Un mundo caótico es difícil de ordenar. Además, yo no quiero contar, no vengo a eso, no es mi deber. Mi redacción no es la de Siggi, la mía se titula Lección de alemán. Le he dado muchas vueltas al título, a su doble sentido.

¿Qué he aprendido?

¿Qué ha aprendido Siggi?

Comienzo igual que Siggi y acabo como él. De mis cabos y de su cable penden preguntas sin respuestas.
«Mi cable, lo sé bien, jamás se alejaría de Rugbüll. Uno de sus extremos me conectaría para siempre a aquella casa de ladrillo en la que, en caso de que decidiese llamar, contestaría una voz tronante: «¡Aquí el puesto de policía de Rugbüll!». Ningún acontecimiento, ningún maremoto o terremoto conseguirían neutralizar esa conexión. Estoy vinculado de una vez y para siempre, eternamente, con ese lugar. De nada me sirve mirar para otro lado, ni taparme los oídos, ni huir. Me basta con concentrarme y prestar atención para que todo empiece a zumbar, a crepitar, y cuando por fin esa voz me responda, también oiré al fondo el grito quejumbroso de las gaviotas. Cuando esos sonidos me alcanzan, la habitación y el espacio se amplían para ocuparlo todo, la casa y los alrededores se unen bajo el viento y llega hasta mí el ruido del agua espumosa del mar del Norte azotando las tablas del dique. Rugbüll, ese lugar al que ataco con preguntas por todos sus frentes y que siempre me devuelve unas respuestas insuficientes, está irremisiblemente ahí. Pero no puedo rendirme. Incluso con el demente grito de las gaviotas en la cabeza, con el sonido del mar y los crujidos, esos que causa el viento revolviendo con fuerza entre nuestros setos e invadiendo mis oídos, seguiré haciendo preguntas.
Y pregunto cosas como quién llama a la puerta durante las tormentas en nuestra comarca, quién hace salir andanadas de nubes de humo de las chimeneas como si las casa fumasen o por qué subestiman a los enfermos y en cambio se estremecen y hasta se apartan con temor ante un tipo con dotes de videncia. ¿Y quién se ocupa de la oscuridad y de lo turbio? ¿Quién cocina su sopa blanquecina en el agua de los pantanos arrastrando niebla sobre sus hombros? ¿Quién gime entre las vigas y silba entre los pucheros? ¿Quién hace que las cornejas, en mitad de su vuelo caigan en picado sobre los campos? A estas alturas, aún me pregunto todo eso. Y otras cosas como por qué rechazan darse la vuelta a mitad de camino y cambiar su manera de pensar. ¿Quién ennegrece los prados por la noche, quién corre a los cobertizos? Y me pregunto porqué, entre nosotros, vemos mejor y más profundamente de noche que de día y por qué nada es capaz de detenerlos en el cumplimiento ciego de las tareas encomendadas. La voracidad silenciosa, el carácter engreído, los estudios regionales históricos-geográficos en los que incluyen hasta las piscinas. También me pregunto por esas cosas. Y cuestiono hasta su forma de andar, su manera de estar de pie, sus miradas y sus palabras, y jamás me siento satisfecho con lo que saco en claro».
No, no me siento satisfecha. Me gustaría ser Nansen y poder pintar cuadros invisibles. Sonrío al recordar que no hace falta saber escribir ni pintar para ello y que los cuadros invisibles no se pueden destruir ni confiscar. Pero sigo pensando que lo he hecho todo mal. ¿A quién se le ocurre ponerse a escribir sin ser viernes? Hoy es lunes, el día tranquilo, en el que se lee. ¿Tranquilo? Será cuestión de buscarse una lectura más tranquila para la próxima redacción. Seguro que así consigo poner más orden. Es probable, también, que entonces no tenga mucho que contar y menos aún que callar.

The Windmill at Wijk bij Duurstede. Óleo sobre lienzo de Jacob van Ruisdael.






Ficha del libro:
Título: Lección de alemán
Autor: Siegfried Lenz
Traductor: Ernesto Calabuig
Editorial: Impedimenta
Año de publicación: 2016
Nº de páginas: 496
ISBN: 978-84-16542-48-2
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Comentarios

  1. Curiosa tu reseña. No sé si me atrae el libro, no sé si me gustará, en caso de leerlo, pero tu reflexión sobre él atrapa sin remedio: un padre policía, un pintor al que se le prohíbe pintar, un hijo recluido que (no) escribe los viernes. Curiosidad no falta.
    Excelente entrada.
    Un beso.

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    1. Debería pedir perdón o al menos avisar anticipadamente cuando me salen estas reseñas tontunas. Hay libros que no se quieren dejar pasar, que piensas que merecen estar en el blog pero cuya reseña no sabes muy bien cómo encarar. Si te he despertado la curiosidad, satisfecha me quedo. Era lo que pretendía, luego que cada cual decida si leerlo o no.
      Besos

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  2. Buenos días !
    Dos veces he leído tu reseña , atrapda quede en ella , así se invita a la lectura de Lección de Alemán, que no me la voy a perder, porque con tu anzuelo mi necesidad de vivir junto a Siggi Jepsen está experiencia ya no se puede obviar.
    Gracias !!!

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    1. Gracias a ti, Noelia. Espero no haberte creado expectativas que luego no cumplas y que disfrutes su lectura.
      Besos

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  3. Hay un papá del cole con el que me llevo fenomenal, será por que es un entusiasta lector como yo y siempre nos encontramos con un libro en las manos, que me ha recomendado por activa y por pasiva este mismo título... si ahora lo veo en tu blog, Lorena, la cosa ya se pone seria, jeje.

    Uff, diques, gaviotas, cobertizos, pantanos neblinosos, el mar del norte... sabes engatusarme, jaja.

    Una delicia leer tus impresiones, siempre sugieren mucho.
    Un fuerte abrazo!!

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    1. Pues ya sabes, cuando el río suena, agua lleva.
      La ambientación de la novela es magnífica, toda una delicia. Pero hay más cosas por las que merece la pena leerla.
      Un abrazo

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  4. Hola Lorena me ha resultado difícil saber si me atrae el libro o no, pero desde luego tu entrada no tiene nada de tontuna, es fantástico leer estas divagaciones que te dejan buenas sensaciones a pesar de que siempre hay tantas preguntas sin respuestas y quizás la vida trata de eso, de ir buscando respuestas y creando nuevas preguntas para avanzar.
    Besos

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    1. Sí, supongo que la vida es eso, y también la literatura.
      La siento tontuna porque me quedo con al impresión de jugar un poco con vosotros al dar rodeos y no contaros exactamente de qué va el libro.
      Besos

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  5. Me encantó, lo tenía ya leído antes de su traducción y fue una alegría que una editorial como impedimenta viniera con este título bajo el brazo
    Besos

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    1. Pues sí. Hubiese sido una pena que los lectores en español nos lo perdiéramos.
      Besos

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