En la belleza ajena - Adam Zagajewski

Escucho Cracovia y se me antoja una ciudad de ensueño; leo la sílabas que componen su nombre y se abren en mi mente imágenes de cuento. Esto es así porque en mi imaginación la ciudad polaca es la Cracovia de la Sophie de William Styron, de esa mujer atormentada que rememora con nostalgia el pasado anterior al horror. La Cracovia de Adam Zagajewski es también bella, lírica, repleta de esplendor; pero también fea, triste, gris, plagada de contrastes. Comienzo a leer al polaco y pienso en el pequeño milagro que es que lecturas tan diferentes enlacen tan bien (y no me refiero aquí a La decisión de Sophie). Vengo del Tainaron de Leena Krohn preguntándome cuánto de nosotros hay en los lugares que habitamos y aterrizo en el país de Zagajewski (y veremos que el ámbito de la palabra patria la podemos desdibujar a nuestra medida) para descubrir cuánto de los lugares en los que nos toca vivir hay en nosotros. Su París me trae reminiscencias del de Patrick Modiano tras las huellas de Dora Bruder para, más tarde, cobrar identidad propia; su Cracovia, en cambio, me hace permanecer fiel a la de Sophie (salvando las distancias temporales). No, no caigo en lo que él mismo hará hincapié después, recrearse en una belleza estéril, no me alimento tan solo de palabras bonitas ni soy inmune a la realidad; pero tampoco carezco de cierta sensibilidad artística sin renegar por ello de indagar en lo que se esconde más allá, «porque la poesía existe en el mundo, en algunos sucesos, en raros momentos. Y horror tampoco falta».
«Había perdido dos patrias, pero buscaba una tercera: un lugar para la imaginación, un territorio que me permitiera encontrar una salida para mi aún no del todo clara necesidad artística. Había perdido una ciudad real, y buscaba una ciudad de la imaginación. Relativamente tarde -más que en el caso de otras personas- escogí la poesía como campo de mis búsquedas».
Las patrias también se eligen y Adam Zagajewski eligió la poesía como bandera. Las patrias se eligen normalmente cuando la propia no es negada. Zagajewski se crió en Gliwice, adónde sus padres fueron repatriados desde la natal Lvov del escritor. Pasaría sus años estudiantiles y posteriores en Cracovia (ciudad en la que actualmente vuelve a residir aunque todavía no era así cuando escribió este libro que hoy reseño) para trasladarse en su edad adulta a París pasando también temporadas en Houston. Todas estas patrias asoman, aunque en su mayoría tímidamente, por las páginas que hoy nos ocupan, pero es Cracovia la que toma un lugar relevante; la Cracovia comunista, la de la no-vida, la de la Europa del Telón de Acero; también aquella de pequeños «poetas del bien y de lo cotidiano», aquellos que «sabían de la existencia de pequeños reductos de vida que habían quedado relativamente libres, y que había que cuidar». Son los flecos de esa Cracovia los que asoman por los apuntes de Zagajewski porque, como él mismo declara «no fui testigo de la matanza de los judíos, nací demasiado tarde. En cambio, viví el lento proceso de regeneración de la memoria europea, la cual -sin prisa, es verdad, fluyendo más bien como un río de planicie que como un arroyo de montaña- condenó con la mayor severidad el mal del Holocausto y del nazismo, y también, aunque con menos vigor, como no queriendo comprender que es posible tener que habérselas con dos monstruos al mismo tiempo y no con uno sólo, el mal de la civilización soviética».

De su patria elegida, la poesía, también se ocupa y mucho; y también de la literatura. Desgrana a pequeñas píldoras cuál es para él la misión del lenguaje y la literatura. Advierte sobre el peligro del esteticismo («Pobre del escritor que antepone la belleza a la verdad»), diserta sobre la importancia de la introversión y, al mismo tiempo, sobre la imposibilidad de mantenerse al margen de lo que proviene del exterior. Habla del influjo de la época sobre los escritores y no puedo evitar acordarme de algunas de las ideas al respecto de Marina Tsvietáieva, así como tampoco deleitarme anticipadamente al pensar que (oh, otro pequeño milagro; no puedo creerme mi suerte) tras mi encuentro con Zagajewski retomaré a mi Marina y que, precisamente, para ella también la poesía era su patria.

El exterior del que nos habla el poeta polaco no es tan solo un contexto político; es también esa belleza ajena de la que bebemos todos, incluso los poetas. Es la belleza ajena que es partícipe en la creación de una nueva belleza y a la que, en ocasiones, esta última es capaz de revivificar. Es escuchar extasiados una pieza musical, leer absortos un buen libro, contemplar un cuadro y perdernos en sus múltiples interpretaciones, pasear por las calles añejas y a la vez inexploradas de nuestra ciudad; son las personas que pasan por nuestras vidas, incluso las que solo son figurantes en ellas. Es el significado de los momentos los que señalan su importancia, aunque, en ocasiones, solo seamos capaces de darles significado años después. Zagajewski distingue también entre la patria de la juventud y la de la vejez, aparentemente irreconciliables pero entre las que tiende puentes. Escribe sobre sus años jóvenes desde la edad adulta. Advierte en este caso de los peligros de la juventud y, sin embargo, reivindica la vitalidad y el entusiasmo de la misma alegando que «la juventud dura mucho, mientras vivimos, mientras pensamos, mientras creamos, mientras aguardamos con curiosidad el día siguiente».

Adam Zagajewski. Fotografía de Mariusz Kubik
Me maravilla. Me maravilla encontrar pensamientos propios que me cuesta tanto expresar explicados tan fácilmente por otros. Me maravilla y me hace sentirme pequeñita y, a la par, exultante. Me maravilla además porque, a pesar de la rotundidad con la que son expresados, no son dogmas sino puertas abiertas, hilos de los que tirar, y porque me hacen replantearme mis propias convicciones, darles una vuelta, ir un poco más allá, porque, como el mismo Premio Princesa de Asturias de las Letras de este año (sí, en unos días lo recibiremos encantados en mi patria chica) concluye «es precisamente de eso de lo que se trata: no saber dar respuestas a las preguntas más difíciles y, sin embargo, seguir viviendo».

«En general, lo grande no puede ser expresado. / En cambio, lo pequeño sí: se puede intentar». Y es de esos pequeños intentos de los que nace la grandeza de este libro. Cortos relatos de escasas páginas, pensamientos comprimidos en un párrafo, frases fugaces por su brevedad y no por la durabilidad de su brillo, ideas recurrentes aparentemente desbarajadas e inconexas, de todo esto y mucho más se compone esta mezcla de memorias, aforismos y ensayos que es En la belleza ajena.

No sé si es este un libro que guste a todos los lectores, si es que existe alguno así, tampoco me importa en demasía (miento, sí me importa o, más bien, me preocupa). El mismo autor observa que el lector actual no gusta de leer volúmenes de relatos ni poesías, sino que prefiere las gruesas novelas. Lo explica porque la virtud de los primeros «radica en la capacidad de unir momentos fugaces; la unidad de la narración reúne en uno, como en un ramo, las individuales florecillas de los momentos. La profunda, tal vez incluso por completo inconsciente necesidad de síntesis empuja a los lectores a la penosa lectura. Sueñan con la síntesis, con la cremallera mágica que una y cimiente su esencia demasiado disgregada. Los poemas, yacentes solitarios en las páginas de un tomito de poesía, no parecen anunciar eso, lo mismo que las anotaciones, los pensamientos o aforismos; al lector poco atento, un texto así, cortado, le parece que no lleva a ninguna parte. Y, sin embargo, un texto discontinuo a veces puede compararse con los fragmentos de una línea curva; en un primer momento, nada promete ahí totalidad ni consecuencia. Sólo después resulta -¡puede resultar!- que esos fragmentos son trozos de una circunferencia y que con un poco de suerte y atención se puede desde ellos trazar radios que tienden al centro».

Poco me importa. Yo sigo mi curvo camino lector. Yo, que no soy lectora de poesía pero sí de poetas (rectifico: que no soy hoy lectora de poesía en verso pero sí de poesía), quiero desdibujar límites y fronteras autoimpuestas y enarbolar con esta humilde reseña la bandera de la patria de Adam Zagajewsi; quiero izar, con el sutil pero poderoso arte de las palabras, la bandera de la poesía.
«La defensa de la poesía es la defensa de algo que alienta en el hombre, la capacidad fundamental de experimentar el milagro del mundo, de descubrir la divinidad en el cosmos y en otro hombre, en una lagartija y en las hojas de los castaños, de asombrarse y de quedar sumido durante un largo instante en ese asombro. Si esta capacidad se marchita, la especie humana seguirá existiendo, pero empeorada, debilitada, de manera distinta a la que ha existido durante milenios, cuando no había civilización que no pusiera la poesía -en una u otra forma- en el centro mismo de los trabajos humanos».
Wawel. Fotografía de Arcadiuš





Ficha del libro:
Título: En la belleza ajena
Autor: Adam Zagajewski
Traductor: Ángel Díaz-Pintado Hilario
Editorial: Pre-Textos
Año de publicación: 2017 (1ª reimp. de la 2ª ed.)
Nº de páginas: 252
ISBN: 978-84-8191-568-6





Si te ha gustado...
¿Compartes?
      ↓

Comentarios

  1. No consigo disfrutar con la poesía. Y mira que me gustaría poder hacerlo.. pero de momento es algo pendiente.
    Un beso ;)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Éste no es un libro de poesía, Natàlia. Así que tal vez podrías animarte ;)
      Besos

      Eliminar
  2. La Cracovia comunista, la del geto y las masacres de judíos, la anterior a la guerra... Tantas ciudades distintas, y ahora paseas por ella entre turistas de los que eres uno más y buscas los restos de aquellas ciudades históricas y cuesta mucho encontrarlos. Sólo la literatura, me hizo encontrar restos de la antigua Cracovia entre la complacencia de la nueva. Una preciosa ciudad, no obstante.
    Un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Supongo que el turismo es una vía de apertura tras el comunismo. Además, parece que Polonia se ha convertido en un destino de moda. Yo no la conozco. Solo tengo de ella una imagen literaria. Supongo que no real pero tal vez sí me haya llegado de ella una esencia que de conocerla solo físicamente probablemente no hubiese captado.
      Besos

      Eliminar
  3. A mí me haces tú sentirme pequeñita con reseñas tan brillantes como ésta. Me descubres libro y desde luego me dejas con ganas de leerlo.
    Besotes!!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, Margari. Espero que le des una oportunidad.
      Besos

      Eliminar
  4. Tenemos afinidad literaria, muchos libros que encuentro aquí son, al margen de que los haya leído o no, el tipo de literatura que yo mismo busco.

    Hace unos días, curioseando una publicación, me topé con una entrevista actual a Javier Cercas, en donde le preguntaban que libro tenía entre manos, y era, ¿adivinas?, uno de Adam Zagajewski, en este caso “Asimetrías”.

    Después le preguntan:
    ¿Con qué personaje le gustaría tomarse un café mañana?
    ¿Vivo? Con Zagajewski, sin ir más lejos.

    Luego de leer eso me digo: carajo, ¿por qué me suena tanto este nombre eslavo?
    ¡Claro, Lorena! Recordé tu mención a dicho escritor en un comentario que dejaste en mi blog.

    Hace ya tiempo que leo (y me refugio) en la poesía, cada vez la aprecio más. Llevo mucha narrativa a mis espaldas, explorar otros territorios como la poesía, era ya una necesidad intelectual acuciante, y siempre me resulta reveladora.

    Ahora estoy con la poeta cubana Rita Geada, que alterno con un ensayo político de Eric Hobsbawm “Guerra y paz en el siglo XXI”. Una mezcla explosiva cuyas lecturas, sin embargo, se retroalimentan a la perfección.

    Aunque no he puesto el pie en Cracovia, me parece una ciudad bellísima, con ese ambiente cultural de la vieja Europa, y las tertulias en los cafés de elegancia decadente tan encantadores de las ciudades centroeuropeas y del este.

    Gracias por tu bonita reseña, Lorena. Este autor es de “los míos”.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues sí, Paco, por lo que te voy conociendo creo que este autor es de 'los tuyos'.
      Se me resiste la poesía, al menos de momento. Sí me gusta leer poetas cuando escriben prosa. Habrá quien piense que de los poetas hay que leer su poesía, yo qué sé. Aunque si atendemos a la última cita que dejo en la reseña, entonces sí leo poesía. Me gusta la idea de jugar a extender los límites.
      Un abrazo

      Eliminar
  5. Hola Lorena no conozco al autor ni soy una gran lectora de poesía pero entiendo que el libro no es de poesía aunque sí de cómo la poesía ayuda a ser, en este caso a su autor y a aquellos que se acercan a sus letras.
    Me gusta encontrarme de repente con esas frases que me hacen decir sí, es justo esto lo que quería expresar y no lo conseguía, admirarme de lo bien que lo han escrito y agradecer a esas letras y a sus escritores que me ayuden a saber más del mundo y de mi misma.
    Te felicito por la reseña y por la pasión que pones en cada una de tus letras.
    Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Efectivamente, Conxita. No es un libro de poesía aunque habla de poesía y de muchas otras más cosas.
      Es genial esa sensación de encontrar pensamientos propios que somos incapaces de poner en palabras expresados por otros y de manera tan aparentemente fácil.
      Gracias por pasarte a leer la reseña.
      Besos

      Eliminar
  6. Ya que ha sido premio Princesa de Asturias lo pondré en lista. Yo sí leo poesía, cuando me lo pide el cuerpo, que es en ciertas épocas del año o estados de ánimo muy concretos. Me gusta dejarme envolver por los versos. No es nada fácil hacer buena poesía y leer poesía traducida te deja a merced del traductor. Yo tengo una edición de Las flores del mal que me encanta y es mérito del traductor (Martínez Sarrión) porque le he echado un vistazo a otras ediciones y no consigo conectar. Me gusta, como en este caso cuando los poetas asumen la prosa sin traicionarse. He leído que este autor se declara fan de Machado y por ahí debe venir la conexión. Aparte, siendo una lectora tan versátil y sensible creo disfrutas por lo menos el doble que la mayoría. Estupenda reseña.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Estoy completamente de acuerdo contigo en cuanto a lo de los traductores. Su labor es importantísima y fundamental para que nos llegue un texto y más aún en el caso de la poesía.
      No sé si disfruto más o menos que la mayoría. Sí creo que hay autores y libros que nos llegan más a unos que a otros y que, por supuesto, el momento en que se leen también es un factor determinante.
      Un abrazo

      Eliminar
  7. No sé si será para mí, peero gracias por descubrírmelo, porque como mñinimo algo voy a husmear :-) Un besote!

    ResponderEliminar
  8. El libro de Tyron es mi asignatura pendiente, lo peor no es eso, sino que lo empecé y abandoné. Tengo que encontrar constancia para no dejar lecturas largas a medias (últimamente lo que hago es abordarlas cuando sé que les dedicaré toda mi tiempo, cosa que no sucede mucho). Los relatos son perfectos cuando atraviesas esas fases, así que me parecen una buena propuesta la que planteas.
    Hablando precisamente de lectores y de elecciones, creo que todo tiene su momento e incluso que cambiamos y buscamos cosas diferentes según nos surja.
    Otra cosa que me ha hecho pensar tu reseña es sobre esto del esteticismo, estoy de acuerdo en que debe existir una verdad que no se vista solo de belleza, le quitaría el "alma".
    Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ciertamente, sería un texto sin profundidad y vacío de contenido.
      Me pasa como a ti y tengo aparcadas varias lecturas largas por falta de tiempo para emprenderlas. Y sí, es cierto, como comentaba con Gerardo una lectura puede llegarnos más o menos dependiendo del momento en que se lea, así como también es verdad que normalmente se vive una evolución lectora con los años.
      Besos

      Eliminar
  9. ¡Qué gusto me da siempre pasarme por tu blog, Lorena! Me descubres autores cuyo nombre ni me suenan (o que al menos no se me graban en la mente por esa conjura de consonantes impronunciable para mi) y me entran ganas de hacerme amiga de ellos inmediatamente. La belleza que desprenden tus reseñas son como un aperitivo a lo que luego será el libro en sí y eso es maravilloso. Cada vez intento penetrar más en las formas y fijarme menos en el fondo (al fin y al cabo, casi todo está ya más o menos contado) y es entonces cuando empiezo a descubrir un universo desconocido que cada vez me enamora más. Gracias por esta reseña. Ya sé escribir (y casi pronunciar) Zagajewki y estoy deseando poder aprender también a leerlo.
    Un besote.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Reconozco que para mí también era un completo desconocido hasta que le dieron el premio y, en cuanto a su apellido, de tanto escribirlo he acabado por aprendérmelo de memoria.
      Es cierto que está todo escrito y por ello mismo yo también me fijo mucho en la forma, que por otra parte es lo que me suele enamorar de un escritor. Pero si la forma no lleva fondo detrás de poco nos sirve, ¿no crees?
      Gracias a ti por pasarte.
      Besos

      Eliminar
  10. Las patrias también se eligen y Adam Zagajewski eligió la poesía como bandera. Que se lo digan a nuestros políticos :S Besos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. En eso mismo estaba pensando cuando releí la reseña antes de programar su publicación. Que se lo digan a nuestros políticos y, desgraciadamente, no solo a los políticos.
      Besos

      Eliminar

Publicar un comentario

Gracias por tu tiempo.
Participa siempre con libertad y respeto.
Por favor, no dejes enlaces a otras webs o blogs. Si quieres ponerte en contacto conmigo por motivos ajenos a esta entrada utiliza el formulario habilitado para ello en la pestaña Información y contacto.

Entradas populares