Cosecha - Jim Crace

Ellos: lo extraño, lo ajeno, la amenaza. Nosotros: lo cercano, lo conocido, lo que se nos asemeja. Una sutil barrera, a veces firme, siempre movible. El extremo del lazo que cerca el nosotros lo sostenemos nosotros mismos, porque no nos engañemos, somos nosotros los cercados. Tiramos de él o lo relajamos, y en cada movimiento, nunca inocente y siempre interesado, alguien corre el riesgo de cruzar la línea y cambiar de bando. Ay del que coquetee con ese lazo, ay del que en aras del bien común sea sacrificado. El cerco a veces se hace tan estrecho que el nosotros se estrangula y corre el riesgo de perecer ahogado. No importa, cualquier precaución es poca para mantener a raya la amenaza; antes asfixiarnos que renunciar al nosotros y reconocer al ellos. Deshacer el nudo del lazo sería una imprudencia y una traición, la peor. Tensarlo hasta su ruptura en cambio, sería una tonta y estéril inmolación.
"Esta es nuestra costumbre. Vivimos siempre temerosos por nuestras cosechas, y hay épocas, en mi caso al menos y especialmente por las noches, en la soledad de mi frío lecho, en que mi cuerpo termina por resentirse bajo los envites de esta tiranía del miedo. Escucho el azote del viento y su fuerza incansable y, sin saber por qué, mis ánimos se encienden. En los últimos tiempos, me agito en sueños ante visiones de campos arrasados. Me despierto abatido e incapaz de cruzar la mirada con mis vecinos. Deben pensarse que ya no los aprecio, que he dejado de amar este lugar."
La amenaza en este caso se presenta en forma de humo. Son dos las columnas de esta sustancia vaporosa en suspensión las que despiertan una mañana a los habitantes de una pequeña y aislada comunidad rural. Una proviene de la hoguera que han encendido tres forasteros, dos hombres y una enigmática mujer que desde hace varios días se han instalado en las lindes del pueblo. La otra es más cercana y su origen es un incendio en el palomar del amo Kent. Tres muchachos del pueblo estuvieron haciendo travesuras la noche anterior y no sería descabellado pensar que el incendio ha sido el fruto de una de sus fechorías, sin embargo, es más fácil negar la evidencia, proteger a los nuestros y culpar a los extranjeros. Es más fácil y por qué no decirlo, también más conveniente. La sospecha recae sobre los extraños y, con ella, una sombra de destrucción se cierne sobre la pequeña comunidad.

Aunque no se nos dice expresamente, todas las referencias en este libro nos llevan a pensar que la acción se desarrolla en la edad media, en un pequeño reducto de la sociedad feudal. Sin embargo, la historia que nos plantea Jim Crace es demoledoramente atemporal. El ellos y el nosotros es un clásico en la historia de la humanidad, que ciega y sorda a sus propios errores está condenada a repetirlos una y otra vez. La llegada de los forasteros no es la única amenaza que acecha a esta comunidad, sino que es el fin de un modelo de vida y la imposición de uno nuevo y extraño lo que realmente supone un peligro para ella. Poco sospechan sus habitantes que sus malas decisiones serán las causantes de que ese final esté más cerca y sea más abrupto de lo esperado. Poco imaginan que su exceso de celo en proteger lo suyo vaya a desencadenar la consecución de siete días apocalípticos que sellarán su destino.

Siete días y sus siete noches, porque las largas noches de este libro tienen un significado especial. La noche tiene su propio idioma, su silencio se presenta cargado de susurros, crujidos; su oscura luz es precursora de lo que vendrá. La noche no calla el hambre y despierta los deseos. La noche, aunque tranquila, siempre es amenazante, incierta, anunciadora, final e inicio de ciclo; como los últimos días de verano tienen algo de desasosiego, como el final de la cosecha avisa de un invierno aunque plácido, también frío y lento.
"Y por fin me atrevo a dormir, aunque tengo miedo de lo que pueda soñar o de lo que pueda encontrarme al despertar."
Y así, como una noche de invierno lenta y plácida pero cargada de conjuros y amenazas, es la prosa de Jim Crace. El escritor británcio hace alarde de una tranquilidad y aplomo envidiables con los que va ligando sucesos y reflexiones. Habla por la boca de su narrador, al que al principio suponemos un mero testigo tardando incluso páginas y capítulos en saber su nombre y en ir conociendo su historia. Su narración es rica, elegante, sutil, de esas en las que incluso en los pasajes en los que aparentemente no ocurre nada cada detalle cobra importancia. Porque los detalles importan, mucho, y a veces solo el que sabe leerlos es capaz de sobrevivir.

La seta de los pitufos. Fotografía de Maurid80
No es casualidad que siete sean los días necesarios para destruir esa microsociedad, pues siete son los días en los que Dios creó el mundo según la Biblia. Tampoco el calificativo apocalíptico ha sido elegido al azar. Una iglesia no construida, una cruz que no es lugar de oración sino de condena y expiación, la religión tolerada no por fe sino por miedo. No hay ritos cristianos o paganos en este libro (si acaso su origen no es el mismo) pero los mitos de ambas creencias se abren paso por sus páginas como los brotes se abren cada primavera al sol. Acusaciones de brujería, tal vez incluso una verdadera bruja. Ella, la forastera, la extraña. Atracción y miedo.
"Ella nunca duerme. Nos ha hechizado. Nos acecha incluso en los lugares más recónditos de nosotros mismos."
Y el miedo a lo desconocido (y también la atracción) existe desde que el mundo es mundo. Por él nos aferramos a lo nuestro: supervivencia, lo llaman, mejor ser víctima que verdugo. No hay inocencia cuando se sabe perfectamente lo que se está haciendo o lo que se deja de hacer y, paradójicamente, somos tantas veces víctimas de nuestra propia ignorancia... El nosotros a veces se reduce al yo, la soledad pesa. La tierra nos ancla, nos da el sentido de pertenencia. La tierra nos ata, romper con las cadenas nos da el sentimiento de libertad. Todo esto se me ocurre leyendo este libro, todo ello se desprende de él. Y la naturaleza (la tierra, nuevamente), en toda su belleza y esplendor, esos que se olvidan cuando la costumbre nos hace ver tan solo en ella un medio de alimento y de comodidad; ha de venir una mirada virgen a recordárnoslos (sí, sí, lo extranjero también puede ser bueno, lo extranjero puede ser limpio).

"-Esta tierra -dice gesticulando- siempre ha sido mucho más antigua que nosotros. [...] Mucho más antigua que nosotros -repite en un susurro, sacudiendo la cabeza-. Pero ya no." Estas son las palabras con las que el amo Kent se despide en un momento de esta historia de nuestro narrador. Se equivoca. La tierra seguirá siendo más antigua que nosotros; transformada por nuestro afán de progreso, diferente a como la hemos conocido, pero permanecerá, nos sobrevivirá. La tierra estaba antes de nosotros y seguirá tras nosotros; nuestro error es pensar lo contrario. Otros la sembraron antes. Otros vendrán a recoger nuestra cosecha. Y ambos otros, alternativamente, somos ellos y nosotros.
"En noches como esta, en la que la ansiedad se percibe en el aire, se desbordan las ansias por hacer el amor. Entonces la luna es nuestro maestro de ceremonias. Marca el ritmo, haciendo que todos nos movamos al unísono. Nos incita a trinar y a canturrear alegremente en el oído de nuestra amante hasta que las mismas estrellas se hinchan y maduran ante el coro de nuestros gemidos. Como siempre en este lugar, encontramos consuelo esparciendo semillas."
Jesus Cross. Fotografía de Claudio Ungari

Jim Crace y sus libros, inexplicablemente dada su calidad y talento, han gozado de escaso éxito en nuestro país. Abridle el lazo. No tengáis miedo a lo desconocido.


Ficha del libro:
Título: Cosecha
Autor: Jim Crace
Editorial: Hoja de Lata
Año de publicación: 2016
Nº de páginas: 284
ISBN: 978-84-16537-09-9

Comentarios

  1. Me lo anoto. Me gusta lo que nos cuentas.
    Un beso ;)

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  2. No tenía muy claro lo que me encontraría en este libro, y tu reseña me ha convencido de que merece la pena. Además, la edición de Hoja de lata es impecable, como siempre.
    ¡Un abrazo!

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    1. Segundo de Hoja de Lata que leo y otra vez una lectura más que interesante y un gran escritor que descubro. Y ya tengo más títulos de ella fichados. Gran labor, la suya.
      Un abrazo

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  3. Otra vez me llevo anotado un libro desconocido pero que me gustaria descubrir. Un beso

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  4. Me parece que puede ser una historia de enorme actualidad aunque esté ambientada en la edad Media. esa pelea entre ellos y nosotros, la "otredad" que nos permite identificarnos por contraposición a lo extraño. Qué triste que la única forma de defender nuestra identidad suela pasar por anular la ajena y que ante problemas de todo tipo, lo más inmediato sea culpar al extranjero. Una de mis próximas reseñas también tratará ese triste tema. Apunto este libro.
    Un beso.
    Un beso.

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    1. Y los otros probablemente nos tengan el mismo miedo y reaccionen con el mismo rechazo. Así estamos, tristemente, incapaces de tender puentes, alzando sólo murallas.
      Besos

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  5. Qué bien lo has contado Lorena.
    Mientras te leía me llegaban sensaciones contradictorias de esa manera de defender la identidad, ese ellos contra nosotros, casi claustrofóbicas, cerradas, de miedos escondidos, defendiendo a veces lo indefendible porque lo ha hecho uno de los nuestros y ese repetir los errores una y otra vez, muy agobiante igual que que el miedo a lo desconocido como amenaza, sin ver las amenazas reales. Me ha parecido tal y como dices totalmente atemporal.

    Un saludo

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    1. Pues sí, completamente atemporal, no hace falta pensar mucho para que se nos ocurra algún ejemplo. Jim Crace, además, es un gran narrador.
      Saludos

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  6. Ni idea de este libro. Pero si me gusta la mitad de lo que me ha gustado tu reseña, me conformo. Apuntadísimo.
    Besotes!!!

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  7. Posiblemente ese miedo a lo desconocido es lo que nos lleva a blindarnos, a establecer esas barreras entre unos y otros, los ajenos y los propios, y siempre el dedo índice señalará a ellos, los extraños, los desconocidos, los otros. Esto sí que es atemporal, ocurre desde siempre, confundir el protegerse con el acusar a los que no son de los "nuestros".

    Le abriré el lazo. Prefiero mil veces lo desconocido a lo conocido.

    Un abrazo

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    1. Muchas veces, lo desconocido no resulta tan diferente de lo conocido. Si fuésemos conscientes de ello le ahorraríamos tanto sufrimiento al mundo...
      Valiente sé que eres. Abre el lazo, abre.
      Un abrazo

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  8. Yo sí que no tengo miedo a lo desconocido, como sí que parecen tenerlo sus personajes, así que me lo llevo! Además no me he estrenado con la editorial y ya tengo varios títulos anotados.

    Besitos

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    1. Pues te animo a que te estrenes. Tanto el libro como la editorial son a tener muy en cuenta.
      Besos

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  9. Pues sí, tienes toda la razón, independientemente de la época en la que está ambientado la temática es atemporal. Tengo muchos pendientes pero no lo descarto, siempre me resultan interesantes las lecturas que invitan a reflexionar.
    Un besin

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    1. Esta da para mucho reflexionar y, además, es un placer leer a Jim Crace. Espero que le des una oportunidad.
      Besos

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  10. Opino lo mismo, los temas que trata tienen validez en cualquier época y lugar. Otro autor (y editorial, muy bonita portada, le echaré un ojo también) que no conocía y que me llevo anotado, ya he perdido la cuenta, pero te aseguro que en cuanto puedo les voy echando un vistazo y poco a poco van cayendo...
    Saludos.

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    1. Por lo que he leído aquí en España Anagrama ha publicado alguno de sus títulos pero no con demasiado éxito. Para mí también era un desconocido hasta que descubrí este libro en el catálogo de Hoja de Lata.
      De mi lista también van cayendo poco a poco, pero es tan larga (me imagino que como la tuya) que me temo necesitaría varias vidas más para vaciarla (claro que con más vidas apuntaría más libros).
      Un saludo

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  11. Siempre es de agradecer encontrar un estilo narrativo rico ,elegante y sutil, como señalas de este escritor, pues no solo la historia cuenta, bueno para mí, una escritura realizada de forma brillante resulta estimulante, y en tiempos de tanta mediocridad el talento hay que saborearlo como un buen vino.
    Un abrazo Lorena.

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